Acémilas de corazón de bronce

Mi pobre y descerebrada acémila en particular, de una en una, todas vosotras en su conjunto, especializadas en el valor supremo de imponer el ORDEN que les resulta imprescindible a todos los servidores políticos del terrorismo financiero actual, obviados otros terrorismos que pertenecen al pasado, o no, de este pueblo:

Mil veces te habré dicho, cuando, harto tú de saber que eras incapaz de mantener el culo en el pupitre como te correspondía para, transcurrido el tiempo imprescindible y reglamentario, alcanzar el mínimo estado de madurez y civilización propios del ser humano en estado de buena salud mental, me decías, pese a ser tan dramáticamente joven, más que joven, infantil, que tenías meridiano y decidido hacerte policía, es decir, asalariado del poder con salario bajo y un futuro humano más bajo aun, que te equivocabas, por más que la psicóloga o la psiquiatra de la Seguridad Social -o aun los privados, pero del sentido de responsabilidad, a los que pagaba tu propia madre- te hubiera asegurado que una de las fórmulas para remontar tu estado de brutal baja autoestima, de atonía mental -por usar lenguaje propio de quien no quiere bajo ningún concepto entrar a fondo en este asunto, en realidad, en ningún otro-, consistía en orientarte hacia una actividad que conllevara calzar uniforme, sin importar color o actividad, acceder a una profesión que te mejorara los síntomas -te causara esa impresión-, como la de ayudar a los demás o ponerte a su servicio, lo que de inmediato tradujiste para tus entresijos simplones por alcanzar a ser superior a cualquiera que se te cruzara en el camino en su peor momento, en alguno de los muchos de su humana debilidad, en uno de sus accesos de locura o, precisamente, en el desatado valor extremo de, vencidos todos sus miedos, plantarte cara.

Que no solo te equivocabas, que no podías decidir nada peor para ti y para todos, que de ninguna manera debías atreverte a recorrer ese camino, justo en función de ser tú un alumno en extremo ‘conflictivo’, es decir, apocado, vago, holgazán, desmotivado o criado como en una ‘familia desestructurada’ -el léxico de las diagnosis clínicas depende de la neopedagogía de los postpedagogos-, sin que la tuya lo fuera, apenas permisiva en extremo con sus vástagos, y de muy modesta letra, y además, justo en función de toda una infancia delante de la tele y las maquinitas, más la discoteca y el microbotellón -así lo llamabas- que añadiste en la pubertad, es decir, de una infancia prolongada y arrullada por objetos y actividades revientacerebros, sino que, al ser, sin paliativo alguno, inútil y muy borrico en suma, resultarías brutalmente pernicioso y dañino en cualquier profesión que conllevara un ápice de autoridad que pudieras usar contra el prójimo, en tanto que ese poder te convertiría en seria amenaza para la integridad de la ciudadanía y aun para mantener la paz de un pueblo, salta a la vista ahora. Pero no hubo manera, que cuando el borrico coge la linde, coge la linde, coge la linde … la linde se acaba y el borrico sigue.

De que alguien erró, como solo saben errar aquellos que hacen clínica fácil, por decirlo piadoso, de entre tutores, pedagogos, psicólogos, psiquiatras, orientadores diversos y jefes de gabinete varios, curas párrocos y santeros con clínica dotada de recepcionista, y te empujó, con el convencimiento proporcionado por el pago de la consulta mediante tarjeta, en sonante, o con el bien, asimismo contabilizado, de poder justificar el especialista ad hoc su presencia en un centro educativo, a una salida profesional que viniera a coincidir con el remonte de la bajísima autoestima, es decir, de apenas quererte por mil razones, profesión que tradujiste inmediato en vestir uniforme amedrentador y plantarte en la calle a demostrarte cuánto valías, da fe cuanto llegó después.

Fue justo cuando me dijiste, soñándote sheriff o cowboy urbano, con una especie de solemnidad y condescendencia sobrevenida: ¡Voy a ser policía, lo tengo decidido! ¿O fue guardia civil? No lo recuerdo, pero sí que todos tus compañeros te miraron entre burlones y piadosos, te sabían tan pusilánime, tan cobarde… Lograste romper, con tan simplona decisión, no solo mi corazón de educadora, sino mi fe y la esperanza terca en que, con todo, podría hacer de ti, de la gente como tú, una persona formada y digna. En ese momento, mi imaginación, espoleada por tu decisión, también te anticipó en la calle cómo yo bien me sabía, revestido con la licencia correspondiente de autoridad delegada para reprimir, aturdido, pero bien protegido, armado y brutal, frente a cualquier ciudadano al que temieras, o aun sin temerlo, por ese gusto tan de los menores en cualquier sentido de ser cruel gratuitamente, desprovisto de todo cuanto debe haber en la cabeza y en el corazón de una persona cuando lo es, más esa pizca de, no, ese hartazgo de arrogancia que otorga a inmaduros como tú la suma de todas las circunstancias desgranadas que preceden. Y una que no quedó reseñada, esta: no hay manera de que aprendáis más lengua que aquella con la que os amamantaron, ¿por qué será? Ni siquiera la hay de que respetéis a quienes son capaces de hablar cinco, cuatro, tres, dos, al menos, esas dos de los bilingües, porque quieren, porque la ley los ampara y, sobre todo, mi salvaje, porque pueden. Véase cómo tan aburridísima y vieja cantata sigue ahí, año tras año, lustro tras lustro, década tras década y, así, por los siglos de los siglos de este país de los olés y los viva la madre que te parió.

http://www.levante-emv.com/comarcas/2012/11/13/juzgan-profesora-denia-defendio-policia-alumno-hablara-valenciano/951522.html

De haber sido ministra -me dije aquella vez, pero hubo otras- habría exigido a quien así quisiera acceder a tan triste profesión como tendrá este, la de apacentar o apaciguar multitudes con frecuencia, si no una licenciatura en Lenguas Clásicas, y por muertas que anden, en Románicas, en Anglogermánicas, en Arquitectura, en Física, en Filosofía, en Oratoria, en Teología, etc., y tras oposiciones durísimas de trescientos y pico temas muy bien dominados, tener que superar una prueba oral de varias horas ante un tribunal pausado de ancianos sabios que firmaran la aptitud de un ser que, más tarde, poderoso y armado, saldría a ganarse la vida en la calle, tantas veces a indicarle al prójimo cómo debe conducirse de acuerdo con las órdenes que le dieron, salvajes o menos salvajes las órdenes y sus dadores, pero ya a su aire, además, de cuando el ánimo se calienta en la parte de arriba o en la parte de abajo. Tú no sabes, ni sabrás nunca, bestezuela, cuán delicada ha de ser la vara de encauzar y aun la de poner orden, cuando quien alza la voz tiene hambre o tiene sed, literal o metafóricamente entendiendo. Pero consta que, a lo largo de la historia, todos cuantos portasteis vara, arcabuz, cañón, porra, fusil, escopeta, pistola para apaciguar mestas y mesnadas, fueron, sois, seres crueles y cobardes, considerablemente enfermos, de forma que todo vuestro patrimonio a horas de hoy se resume en una catadura moral a ras del suelo y una formación y actuación propias de legionario franquista por actualizar. Y como habéis llenado de cólera, de ira, a millones de personas, y solo en este país, dirigida no solo contra vosotros, sino contra quienes os mandan y los que mandan a esos mandados y así sucesivamente hasta llegar al primer motor que todo lo mueve, que, contra el creer del de Aquino, no es dios, se lo cree, vosotros y ellos, andaos con mucho cuidado, mis bestias familiares, porque un día, al parecer no tan lejano, seremos tantos millones contra tanta salvajada, que entonces os acordaréis de quienes quisieron haber hecho de vosotros personas, con fuerte y obcecada oposición por vuestra parte, al tiempo que contra aquellos que os mandan, más de lo mismo y carne a ser juzgada, sentenciada y enchironada, si fuera el caso, pero como da toda la sensación de que no hay jueces aquí… pues mala cosa, en especial para ellos, porque los jueces sí saben qué hacen las más de las veces.

Todo lo anterior queda escrito en razón de que me contaron que ese mosso tarraconense del vídeo eres tú y el que te echa una mano, tu hermano. Probablemente. Sin embargo, me queda una sombra de duda en tanto que no alcanzo el número que debiera identificaros para estar bien segura yo, número que, según muchos ciudadanos que estuvieron cerca de ti y de tu hermano el día de autos, o no llevabais, o escondíais. Lástima, sabes que me encantaría llamarte por teléfono para retomar aquellas conversaciones nuestras del Instituto, cuando tu cabeza a duras penas alcanzaba la altura de mis hombros. Lo siento, ya ves que no puedo hacer nada por ti en esta ocasión.

¡Ah! y conste, mosso, que no sabía que habías optado por las cuadras catalanas, en lugar de por cualesquiera otras, aunque supongo que las españolistas constituyen el súmmum de todas vuestras aspiraciones profesionales, más que nada por lo de ‘la monolingüez’, que solías decir tú. Y en ese sentido, fíjate que vuelve a resultar impronunciable España, a tan solo unos cuantos años de la vez anterior; no tengo ni idea de cómo te apañas en Catalunya. En fin, a lo que vamos. Observa el vídeo con los ojos muy abiertos, sin apartarlos un instante de la escena, mira el detalle de tu comportamiento, del de tu hermano, con ese niño de trece años y la jovencita que reclama. Ese ser con la porra semirrígida, ¿o era la de hierro?, el chaleco antibalas y antitraumas, el casco con la visera bajada, los guantes anticorte y antipinchazos, las protecciones en los codos y los antebrazos, el escudo protector, las botas Gore-Tex, los grilletes metálicos y de lazo y, sin duda, a buen recaudo, los gases lacrimógenos y vuestras ilegales pelotas de goma, pelotas de goma, pelotas de goma… que golpea brutal el cráneo de un chiquillo y que golpea las piernas de la muchacha que se os enfrenta, ambos desnudos frente a vosotros, bestiales y ridículos robocops de pacotilla, eres tú, es tu hermano, esa bravura que se suma a la tuya.

Para terminar, un par de advertencias. Una: no debes tomar a mal ninguno de los apelativos, epítetos o expresiones a ti dirigidas en este texto, derivan de un afán descriptivo por ayudar a que te reconozcas, te identifiques también tú, que le exiges al paisanaje que lo haga siempre que te lo pide el cuerpo. En ese sentido, recuerda que el juez del Olmo sentenció en su día que ‘llamar zorra a la esposa no constituye menosprecio o insulto, si quien utiliza este término lo hace para describir a un animal que debe actuar con especial precaución’. Según aquella sala, la palabra entre adultos no tiene por qué considerarse ofensiva, si se hace para destacar, por ejemplo, la astucia de la esposa; en mi caso, destacar tanto que te caracteriza, mero y riguroso afán descriptivo, insisto. Dos: ¿has observado qué poquitas mujeres son policías antidisturbios? ¿Será en función de su debilidad física frente a tanta fortaleza vuestra? ¿Debilidad física, tal como vais de protegidos y armados? No, por Dios. Se trata de que, en general, a la mujer le cuesta arrearle al prójimo sin más y porque sí, qué decirte si a un chiquillo, un anciano, un ciudadano cualquiera que grita por la justicia y la libertad. Es más, si ella fuera de otra manera, se os pareciera algo, puedo asegurarte que el 90% de los casos de malos tratos que soporta del macho con tanta frecuencia quedarían solucionados de una vez por todas.

Acaba de llegarme la noticia de la creación en Madrid de los Bronces, cerca de cuatrocientos agentes para que los antidisturbios no os sintáis tan solitos. Es seguro que, si Mas llegara a ganar, en otro caso quien lo logre, se pedirá lo mismo para Catalunya, fuera de todo seny catalán. ¿Y qué querrás pedirte tú, payaso, dime, de entre los Bronces? ¿Centauro, alazán o zodíaco?

El vídeo-testimonio de tu actuación:

http://www.youtube.com/watch?v=T5PXdLgOANo

 

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