Inquietantes asesinos de razones

 

Pese a que el general genocida Francisco Franco lleva treinta y siete años muerto -dicen-, pese al logro indiscutible de su obra en lo que respecta a la bajeza, envilecimiento, zafiedad y analfabetismo político de una buena parte de este pueblo nuestro -no su único analfabetismo, y ocurre, en cambio, que hay pueblos que, aun leyendo y escribiendo con dificultad, entienden de política, no solo por la cuenta que les tiene en particular, sino por la que le tuvo al vecino y le tendrá a los hijos de unos y de otros-, más que asombrar, corta la respiración constatar que toda esa gente sigue manifestándose en público de un modo que recuerda a Moisés al bajar del monte Sinaí, tablas en mano, para poner al corriente a los israelitas de lo que su señor había dispuesto en casi todo orden, pronunciándose aquí y allí y sin tregua sobre lo humano y lo divino, tal que si fuera portadora de la única verdad y tal que si le hubiera sido encomendada la tarea evangelizadora de propalarla y hacernos a los demás a su imagen y semejanza, es decir, convertirnos a su propia zafiedad o aun vileza interesada, a su ramplonería y a su ignorancia, producto esta última en las más de las ocasiones de la holgazanería o el desprecio sin más por la educación y la cultura. En suma, a arrastrarnos a su propio naZionalcatolicismo brutal, el que profesan, por más que ni ellos mismos sepan silabearlo, y razón por la cual, esta de ser como son, les concede el privilegio de elevar la voz en todo lugar por encima de la del otro, aunque gente poco avisada o gente extranjera, crea, errando, que gritar y sostener y no enmendar es factor congénito de la idiosincrasia española que se manifiesta en todos y cada uno de los individuos. Pero no. Para que todo ello ocurra, y ocurra además con la alegría sana y soleada con que se da en estas tierras, antes, fue preciso un férreo proceso de preparación, concienzudo, insistente, obstinado y secular, justo el mismo en el que el militar ferrolano de atiplada voz se esforzó a límites que aún muchos ignoran en la parte de la obra que le correspondió, y con un entusiasmo envidiable, tan envidiable, que hizo prosélitos e incluso escuela, no solo en buena parte de la población en general, esta a la que me refiero, sino muy en especial en grupos, religiosos con frecuencia, pero asimismo de otros folclores, en gremios, asociaciones y partidos considerados políticos, cuya sola enumeración se comería el espacio del posteo, pero sirva, a modo de ejemplo, Fuerza Nueva, hoy Alternativa Española, Falange Española, con diversas especificaciones, Alianza Nacional, España 2000, UPyD, la prensa de la caverna -pero hay cavernas más sibilinas-, las parroquias de la secta católica, distribuidas a lo largo y ancho de este país, sus delegaciones, como el Opus Dei, El Camino Neocatecumenal (kikos), los Legionarios de Cristo, Comunión y Liberación (cielinos) y tantos y tantos otros, pero muy en especial, en tanto que logró hacerse con el poder, sin programa, sin méritos, con antecedentes y referencias en absoluto recomendables, el Partido Popular.

No es preciso militar en ninguno de esos grupos, subgrupos, asociaciones y equipos, basta con ser ramita simpatizante y bobalicona de cualquiera de tan robustos árboles para sentir que lo que afirma uno de sus representantes hace vibrar con intensidad. Así, si uno siente que se le despierta una oleada de entusiasmo o un delirio de mismisidad al oír que los inmigrantes nos robaron el trabajo, colapsan los servicios hospitalarios y tienen costumbres tan raras como hablar rumano o chino, que Rajoy va a resolver la crisis, que la fiesta nacional o las Fallas de València son un bien cultural a proteger, o que hay que respetar siempre la opinión de los demás y la diversidad humana, pero el matrimonio gay es contra natura, contra algo aunque no sea natura, que el aborto es un crimen, que debe regularlo y decidir por la mujer y en la tesitura que sea cualquiera con nombre de varón o mujer masculinizada, eureka, usted es uno de ellos, ya puede repanchingarse. Hay que advertir, no obstante, que se dan otras y muy diversas sintomatologías, así, las confesiones vergonzantes que se oyen en ocasiones del tipo ‘he bautizados a mis hijos por no disgustar a los abuelos’, y donde bautizar cabe el ‘vamos a casarnos por la iglesia porque mi clientela no entendería una boda civil’, o ‘la niña hace ahora la primera comunión, ya sabes que no somos creyentes, pero todas sus amiguitas la hacen’, etc. Las variaciones de la melodía son infinitas.

Toda esa gente que constituye lo que se dio en llamar la España nacional o azul, una de las dos Españas, la que siempre hiela el corazón, cuando habría sido más traducible a cualquier lengua y entendida de inmediato por quienes de los nacionales cursaron con provecho una EGB, una ESO, una licenciatura, con o sin doctorado, llamarla España zafia a secas -en determinados contextos se usa España sin más y se entiende al punto-, debe de andar en torno al 75% largo de la población total, quizá pelín más, y su vida podría resumirse en nacer, crecer, alimentarse, recibir poca escuela, reproducirse, estar pendiente de puentes, vacaciones y otras misas, celebrarlos con los medios a su alcance o préstamo mediante, ver cuanta más tele, mejor, ir a misa o no según los casos, bautizo y boda a cargo de la secta católica, depende, pero aun en los declarados no creyentes, siempre, eso sí, con administración de santos óleos al final del trayecto, o cuando el síncope, por curarse en salud, aunque importa, más que el haberlos recibido, que así conste en las esquelas que al efecto redacta un pariente dado a la lírica elegíaca y al ditirambo para general conocimiento, correr a las rebajas de El Corte Inglés, aunque se admiten otros almacenes y aun tiendas de barrio sin más. Respecto al fútbol, toros y otras fiestas de guardar, como la de contemplar cómo se enfrentan bestia con bestia, siempre más bestia una que otra, uno puede consagrar su ocio a un solo espectáculo, a dos, o a todos ellos. Como salta a la vista, lo normal, lo que se dice una vida plena de seres con convicciones, dogmas y axiomas políticos, religiosos, económicos y sociales pintorescos, tan arraigados, que tratar de educar a sus vástagos en la libertad de pensamiento, el análisis y la crítica suele ser tarea perdida.

¿Y quién es uno para interferir en esa manera de ser o para denunciarlo? Nadie, una vez que con ellos fracasó, no un sistema educativo, varios, los esfuerzos de la otra España, la llamada vencida, los siglos que se llevaron la esperanza de tantos, el trato diario, su terquedad en quererse así de salvajes y de romos. El problema es que no se limitan a ser como son, arden en deseos de que seamos todos tal cual, convictos y conversos estultos, en que adoremos a sus mismos becerros o asnos. Porque ahí, tal que los dejo descritos sumariamente, hay que considerar en especial su hábito de pronunciarse en público, en las antesalas de cualquier despacho o consulta, con el periódico delante, por móvil, al otro lado del cual siempre escucha un sordo, en cafeterías, bares y restaurantes, en general de medio pelo, aunque el grado de bondad del establecimiento es fortuito, con la excepción de los muy caros que incluyen en la cuenta el silencio, colas del bus, de taxis, farmacias, lugares de curro, portales y ascensores de las casas que habitan o a las que acuden, vuelos, cruceros, en fin, lugares en los que van pasando la vida sus pronunciamientos infatigables sobre lo divino y lo humano. No existe en ellos tradición alguna de reflexión previa al acto de hablar, de lanzarle a los demás, con el desafío y el desplante de la tauromaquia -cuyo aporte a la civilización no es posible cifrar- lo que les exija una lengua que se desata sobre toda cuestión. Lo que expresan es sistemáticamente producto de su particular intuición o, más exacto, del ramalazo incontenible mamado de quien los criaron, en todo caso, ‘algo’ que fue desarrollándose y ocurriendo natural y ajeno a la consciencia, a modo de un absceso o cáncer agresivo que los invadiera.

Algunos contamos con la desagradable experiencia de que haber leído en un libro, escuchado de un anciano, un maestro, un amigo, un compañero, lo que nos arrebató aquella evidencia, torció este convencimiento, conturbó, confundió, alumbró, cambió, hizo crecer, descreer, callar, repreguntar, ahondar con desconfianza en las luces más íntimas y cegadoras. Pues bien, en general, toda esa otra gente acumuló experiencias de muy otra naturaleza, más satisfactorias siempre, a saber, la de haber disfrutado en cierta ocasión de una paella irrepetible en una casa rural que, aunque trataron de buscarla en varias otras ocasiones, jamás encontraron, hasta que un día un cuñado, que vive en Suiza, que se llama Vicente y que es ingeniero técnico industrial, casado y sin hijos, dio en recordarlo con pelos y señales, lo que permitió repetir ya todos juntos, más Vicente, aquel mismo sitio del que, no obstante, en esta ocasión se salió defraudado, no era esta la misma paella aquella. Y si hay algo que admiro en ellos sobre todas las cosas es su capacidad de orientación en las callejuelas más laberínticas, cual Teseos redivivos sin la ayuda de Ariadna alguna.

Guardo recuerdos imborrables de algún empellón intentado, por fortuna ceñido a lo verbal, de alguno de esos seres vestiditos de azul nihil obstat, aunque quizá uno de ellos prevalezca sobre el resto, que ya se va desdibujando, razón de que sienta inmenso agradecimiento por el hecho de que sigan intentándolo aún, en ocasiones con la suerte añadida de encontrarme con poco ánimo para ejercer la pedagogía, la cual exige una fortaleza física y moral que no siempre acompaña. Por encima de todo recuerdo, este que sintetizaré a mayor gloria de Ratzinger, de sus obispos y ovejas. La última visita papal a València durante los días 7 y 8 de julio del 2006, en lugar de traerme a la mente la imagen de un recio y bondadoso Anthony Quinn con sus sandalias de pescador en la mano, me trae, no solo el crujido de los millones de euros de la corrupción pepera, casi toda ella en manos de los jerarcas de esa otra España, la que hiela el corazón, sino también el doblar las campanas a muerte y la jarana de los asesinos de razones. La ciudad era una fiesta amarilla, los balcones exhibían, ora banderas del Vaticano, ora banderas españolas, varias con el corazón de Jesús en el centro, el Totus Tuus y toda esa parafernalia tan de aquí, del sur, a pesar de las cuarenta y tres personas fallecidas y las cuarenta y siete heridas en el accidente, tres o cuatro días antes, de Metrovalencia, estación de Jesús, sin que hubiera faltado el homenaje religioso a sus víctimas que atrajo a la ciudad a políticos de todos los funerales y laya, a los que hubo que sumar los propios, más los Reyes, con su coronita de espinas. En la ciudad bullía la gente, el calor, las lágrimas por esto y por lo otro, las risas de los que se sentían protagonistas de tanto jolgorio, junto con las otras lágrimas, sonrisas y besamanos institucionalizados, PERO también, con infinita menos presencia y contento y satisfacción, les enganxines -pegatinas-, pancartas, banderines, camisetas, chapas y carteles en ciertos balcones y ventanas con el ya cuajado entonces, y definitivo para el futuro, JO NO T’ESPERE, pintado incluso en la espalda de algunas mujeres y hombres desnudos que acudieron a una marcha ciclista contra la visita de los negocios del PP aquí, en la tierra. Miles de personas acudieron al funeral en la catedral, si contamos a los que entraron y a los que permanecieron fuera, para seguir, a través de una gigantesca pantalla, el discurrir por el templo vestimentas y vestiduras, gestos, reverencias y saludos reales y de toda jerarquía religiosa y política muy honorable. Así, Camps, el no culpable, Rita Barberá, Pedro Solbes, Jordi Sevilla, Manuel Marín, Mariano Rajoy, José Blanco, Eduardo Zaplana y un largo etcétera. En el altar del sacrificio yacía un sistema de seguridad insuficiente en aquella línea del metro, el del frenado automático puntual que se sirve de un sistema de balizas que actúan como puntos de información para el maquinista, pero que en la curva del accidente no había, balizas, por lo que, circulando a velocidad, no pudo contar con la interacción que pone al tren bajo órdenes tajantes electromagnéticas. ¡Qué desgracia tan grande, Jesús! Después, se supo que por cinco chavos no las había,  con esa responsabilidad tan de aquí, del sur, para con todo aquello que utiliza el pueblo y jamás uno de sus representantes políticos, religiosos o empresariales.

En la solapa de mi chaqueta llevé prendida durante días una minúscula chapa con el Jo no t’espere, ajena a tanta fiesta y, no solo porque todas mis fiestas son privadas, sino porque por aquellas fechas quedaba todavía por delante un mes de preparación del curso siguiente, de reuniones, de acomodación de horarios, de burocracia y de rutina. Uno de aquellos días, al terminar, fatigada y sedienta, me senté en la terraza de enfrente al Instituto a tomarme un respiro y una cerveza, mientras ojeaba el periódico. No había nadie más que yo. Sin embargo, tras de un buen rato enfrascada en la prensa, al levantar los ojos molesta sin saber por qué, observé que en la mesa de al lado -proximidad que busca siempre esa España que duele con dolencia crónica y secular-, cinco o seis señoras entre los sesenta y los setenta largos charlaban con viveza, elevando tanto la voz, que me iba resultando difícil concentrarme en la noticia. Lo de siempre, me dije, nuestro natural espíritu gregario. Con todo, traté de seguir leyendo. Al cabo de un rato, supe que la tormenta se cernía amenazadora. El aviso me llegó al haber elevado aún más la voz las damas de esa media España, que en realidad es casi media, más cuarto y mitad. Y no solo gente de edad y clase media, sino gente de toda edad, cualquier clase, imagen o hábito, muchachos de menos de treinta con su tatuaje, su piercing, su jerga, su cualquier hippismo de nuevo cuño o representantes de banda callejera, universitarios, empleados de comercio, bancarios, profesores, trabajadores por cuenta propia, abogados, médicos, bomberos… Se disfrazan de mil maneras, son así.

– Y es que el Papa es el Presidente de un Estado, no es solo el Papa, y hay que recibirlo como merece …
– Por eso está tan bonita València, es una suerte que nos haya  escogido…
– Sí… pero siempre hay alguien que viene a desentonar, a estropearlo… ¿Te has fijado en esa grosería del yo no te espero?
– Sí, hay gente para todo… Es el colmo de la desvergüenza… Quedaremos mal por cuatro gatos …
– Cuatro desgraciados, más bien… Y desgraciadas, por cierto …

Alcé la vista y la dirigí mansa a las señoras castellanohablantes en una especie del revisión del ejército enemigo y seguí leyendo. No fue posible, el ataque era un hecho.

– Por ejemplo, esa señora de ahí lo lleva …
– ¿Qué lleva?
– El Yo no te espero …
– ¿Estás segura? No puede ser, mujer…- Y haciendo como que bajaba la voz, sin bajarla, siguió: -Ah, sí, tienes razón… Y creo que es profesora.
– Claro que tengo razón, la conozco de vista… Viene mucho aquí, tiene que ser profesora…
– ¡Pssssh..!  Perdone… ¡Psssh..!  ¡Eh, usted..! Dispense un momento …
– Es dirigeix a mi? – Con la atención que uno dispensaría a un niño de pecho en la consulta de un pediatra.
– Sí, a usted… ¿Cómo es que lleva en la chaqueta una chapa que ofende al Santo Padre?
Dispensi, no entenc gaire res… Sóc estrangera
– ¿Extranjera? Pero si yo la conozco… Usted, ¿no es profesora de ese Instituto?-, señalando en la dirección adecuada.
– Li estic diguent que no l’entenc… Que sóc estrangera …

Primero, hubo silencio, después, ahora sí, un bisbiseo rabioso. Sin duda, empezaban a dudar entre someterme a un duro interrogatorio, sentarse a mi mesa sin más o no, insultarme o no, quizá contratar a un matón para que me diera un susto al entrar o salir de clase, dudas que consumieron los minutos de rematar lo que leía y mirar el reloj. Se había hecho tarde. Dejé el importe de la cerveza en la mesa, me levanté y, al rozar su mesa, les dije suavemente, deteniéndome: -No teniu res més a fer que donar-li a la llengua, cridar i molestar el veí, colla de marujas?- No hubo reacción, al menos no inmediata, así que con un ‘Que vagi bé, molta sort’, en catalán ortodoxo, me alejé en dirección a casa. No debió de alcanzarlas del todo mi desprecio burlón, sí el haberlas obligado a entender sense problemes una lengua que no era castellano, la única lengua digna de hablarse, tampoco valenciano, el de ‘no lo entiendo porque en casa no se habló nunca’, sino quizá catalán que entendieron a la perfección y que, quizá por lo mismo, no les permitió reaccionar por no ponerse a mi altura. Al fin y al cabo, no las había engañado, era extranjera.

Lo realmente fascinante no es que los idiotas hagan y digan idioteces, sino el hecho probado de que, si uno de ellos eleva la voz como el idiota que es para afirmar, en el saloncito de un café-pastelería o en la consulta del ambulatorio, que Rajoy está intentando sacar adelante este país porque no es como ‘el otro’, este es un señor que sí sabe gobernar, además de muy serio, trabajador y educado, dirigiéndose a uno mismo, buscando la complicidad, el asentimiento, y uno le responde, entre tanto que podría, que seguramente no sabe lo que dice, que de hecho sus palabras prueban que ignora qué pasa en el mundo, en este país, quién es Rajoy, qué el PP, qué su crisis y tanto más que hay, lleva todas las de perder, porque, no solo son los más, son bárbaros, y entonces una manada de borricos obligará a callar a cualquiera que sepa algo, o sencillamente ahogarán su voz los graznidos de la brutal zafiedad. Y si uno desea, bajando la voz cuanto es posible, mantener una conversación de persona a persona, aguzarán el oído, leerán en los labios como sordos, adivinarán como arúspices hambrientos de entrañas palpitantes que alguien no pertenece a su manada para, en adelante y en lo que a ellos concierne, tal vez negar el saludo, tal vez insultar, quizá condenar al ostracismo, quizá agredir. Todo lo cual podría resumirse en una pregunta y un dios verdadero: ¿Por qué en este país siguen hablando los mismos, esa media y cuarto y mitad de España? ¿Por qué los demás, los mermados en número por vencidos -tal vez el resto de descendientes de los que se hallan en fosas ocultas y los más de los descendientes de los más civilizados vivan en otras patrias-, han de bajar siempre la voz hasta el susurro, hablar en el lugar más apartado o en privado? ¿Por qué unos siguen hablando sin ser molestados y otros deben mantenerse callados desde hace casi ochenta años? ¿Tanto que hubo nada cambió? ¿Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie, con Lampedusa? Diría que, por fortuna, desde que nos descubrimos de nuevo pobres, nuestro estado natural, somos muchos más quienes estamos convencidos de que así fue, así es. Hasta para permitirse buenos sentimientos uno, ya lo decía mi padre, es preciso tener dinero. Y todos esos lenguaraces de la zafiedad y la estulticia han debido de sentir que la crisis económica los hará más pobres aun de lo que son y han comenzado a exhibir con mayor tranquilidad, frecuencia y a voz en cuello su sinvergonzonería y necedad ancestrales. La prensa, esa su luz reflejada, también.

A modo de colofón. Consultar los resultados de las elecciones celebradas ayer en Galicia y en el País Vasco. No dejar pasar un solo día sin viñeta de El Roto. Lo uno y lo otro ilustra. El viñetista es una de esas rara avis que, muy de cuando en cuando, surge como un milagro no se sabe de dónde ni cómo. Larga vida para él.

elpais.com/elpais/2012/10/21/vinetas/1350846836_430245.html

 

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