La impotencia de José Manuel Castelao Bragaña

 

José Manuel Castelao Bragaña (Valga, Pontevedra, 1941) nació sin duda pobre, más bien muy pobre el pobre, hecho al que suele acompañar casi sin excepción otra pobreza añadida, la escolar, esta siempre del tamaño de un buen miura. Pepiño- que así lo llamarían sin duda sus paisanos, los valgueses, unos pocos miles- hubo de emigrar con su familia a las Américas, en concreto a la Argentina, que como bien sabemos todos es la quinta provincia gallega. Una vez allí, empezó a ganarse la vida como mozo de recados, recados que Dios sabe cómo entendería en los detalles, ya que, a pesar de que por las fechas que atañen a la infancia anterior a los catorce años del rapaz, el naZionalcatolicista genocida general Franco, el monórquido de aflautada voz militar, y aun la más íntima, ya había impuesto en todas las escuelas el castellano -Por el Imperio hacia Dios, ese dios insaciable y sangriento de todos los imperios- sobre el resto de las lenguas españolas, de uso prohibido, emigró sin duda falto de escuela el cativo, como los más de los gallegos por entonces, con su hermosa, exigua en su caso, lengua gallega por todo equipaje. Parece que, con todo, o cativo medrou, que es justo para lo que emigraban los gallegos y emigramos todos, para dejar de pasar hambre y para medrar. Así que, logró cursar con esfuerzo una carrera de las más facilonas, Derecho, y como el rapaz tenía que ser espabilado por fuerza, por gallego, por muerto de hambre, ese morir tan secular gallego, y por haber nacido en los años más duros de la postguerra civil, en algún momento comenzó a vivir de ello, se arrimó a las fuerzas vivas en la Argentina de la emigración gallega y de otras, que esta gente es de natural sociable, abrió despacho y trabajó como procurador, y aun, según dicen las malas lenguas, de notario.

En tales circunstancias, no es de extrañar que Iribarne, el Zapatones, natural de la capital da Terra Chá, Villalba, infatigable y leal cómplice de los crímenes de la Dictadura, le permitiera al leguleyo sin escuela digna de reseñar un acercamiento y una proximidad de los que surgieron intenciones e intereses comunes, resumidas el ansia del uno y del otro en que cuajaran a mayor gloria política de Iribarne y en culminar su carrera Pepiño C. Bragaña  -la C punto sin más corresponde a Castelao, pero se me resiste, inmán Daniel, qué voulle facer, se estou tola– y materializadas una y otra ansia en la astuta estrategia de captar votos de la emigración allá en las Américas. Tarea esta que debió de desempeñar con tal excelencia y de forma tan fructífera el emigrado, que hasta logró seis o siete años más tarde un acta de deputado en el Parlamento Galego por la candidatura de Iribarme Zapatones, lo que lo obligó a abandonar la Presidencia de Ciudadanía Exterior de la que había disfrutado hasta entonces. Deputado hasta 2009, logró granjearse después otra amistad de relumbrón, ese que ciega a los ciegos, tan o más substanciosa, la confianza del sucesor de aquel, Alberto Núñez Feijóo, quien lo puso al frente de la Fundación Galicia Emigración, que por cierto contaba, según el propio Pepiño Bragaña, con mayoría de personal femenino. “Y nunca tuve problemas con ninguna de mis trabajadoras. Al contrario, a la mujer siempre la he protegido”. ¿Miente el machote impotente? En absoluto, las mujeres sabemos que son los que quieren protegernos justo los mismos que nos brean y que nos violan siempre que pueden, y en este puntito parece que andamos de acuerdo psiquiatras, sociólogos, psicólogos, feministas y, con perdón y sin ir más lejos, mujeres a secas como yo misma. Ah, por cierto, también es choricas -llorón-, al parecer, este lingoreteiro -charlatán, y ese algo más intraducible de toda lengua-, algo que tampoco nos pilla desprevenidas, las lágrimas fáciles, digo, a las más avisadas y sabedoras de las mujeres. Pego del diario El País, diario al que no le quito la vista de encima a ser posible, lo que sigue: “Una diputada que compartió legislatura con él cuenta que una vez le llamó la atención -muy correctamente, eso sí- sobre su vestimenta. “Ese día tenía que subirme a la tribuna. Me había arreglado mucho. Llevaba un vestido y, como hacía calor, en un momento me até la chaqueta a la cintura. Cuando él me vio me dijo: ‘Fíjese, con lo hermosa que va usted, eso no hace bonito. La chaqueta ahí no hace bonito’”, recuerda. “Era muy educado, pero tenía una actitud muy paternalista” (El País, 6/10/ 2012). Sin comentarios, vosotros mismos, vosotras mismas, y tanto respecto a ella, como a él, como a los coros en general que tiene que haber siempre en casos como este.

Pues resulta que el paternalista, requebrador, educado, chulo en la intimidad, protector nato de señoras desamparadas y no, exdiputado del PP gallego, hubo de presentar su dimisión como presidente del Consejo General de la Ciudadanía Española en el Exterior cuatro días después de su advenimiento al cargo, por segunda vez, el pasado lunes, día 1, a propuesta el cargo de la muy ilustre Fátima Báñez, menistra de Desempleo e Inseguridad Social de España y de Perejil, incluso mujer al parecer y, cómo no, licenciada en Derecho por la Universidad Pontificia de Comillas, ICADE -una especie de parroquia de gente bien- et caetera, que todos podemos recitar de corrido las letanías que escoltan a un nombre al azar de los que engrosan y engordan el Partido con Mayúscula y por Antonomasia, verbos estos que no tienen por qué ser sinónimos, no obstante, ¿verdad, RAE, DRAE, Santa Sanctorum Lingüístico de este tabernáculo móvil e inmóvil español, académica palanca de mi visión de Castilla, en piropo ripioso, pero a Salamanca, de don Miguel de Unamuno, que no todo gran escritor ha de ser poeta al tiempo?… Uf… Huy … Estoooo … Vaya, empezaba a despistarme. Pero, no, íbamos con Pepiño Manoel C. Bragaña de Valga Zapatones.

Andaba el valgués setentón todo él puesto en reclamar el acta de la reunión a la Mesa de Educación del Consejo que representa a los emigrantes, pero velahí que faltaba un voto a Dios para terminar de formalizar el documento. Pero qué caray, iba a arredrarse un gallego, y de la emigración, amigo de Iribarne, de Feijóo y del Santo Adalid, Patrón de las Españas y amigo del Señor por un votito de nada. Así que parece que tronó, para tranquilidad de todos los presentes: “¡NO PASA NADA! ¿HAY NUEVE VOTOS? ¡PONED DIEZ! ¡LAS LEYES SON COMO LAS MUJERES, ESTÁN PARA VIOLARLAS!” ¿Se hizo acaso entonces uno de esos interminables y densos silencios, tal que adjetivan los silencios todos y sin excepción nuestros más premiados narradores y narradoras patrios y patrias? Pues no lo sé, los periódicos descuidan el detalle, van, como de hábito, al grano. Aunque no importa, porque él mismo, respecto a lo que pareciole a todas luces una grande desgracia, d’aquesta guisa fablaba, bien oiréis lo que decía: “El dolor que tengo es como si uno tiene una flor en su casa y la cuida todos los días y se le marchita igual. Eso duele más”. ¡Ay, que si duele, digo la retórica!

Como gallega, como conocedora asqueada de los regímenes fascistas vencedores, como experta en tanta escuela, la que hubo durante y después de Franco, y que no se sabe si hay o no hay en la actualidad, pero muy en especial en la que dejó de haber siempre en estas tierras de salvajes y ágrafos caciques sin desasnar, además de como ser humano, mujer sufridora de todo ello, me consta con constancia gallega que este machote, y solo para sus entresijos, se acordó rabioso y al tiempo de la infancia pobre y franquista en su aldea, de su padre, del cura de su parroquia, del abuelo y de todo ascendiente o ancestro sin más, machotes todos ellos, que contribuyeron a formarlo antes, en y aun después de la emigración, sin exceptuar, hubo de confesarse a sí mismo, a las mujeres que en su entorno, no solo predicaban más de lo mismo, sino que lo acataban en silencio porque lo juzgaban prístino, coherente y lógico, a los barones del PP, a las mujeres del PP, a los más de los hombres y las mujeres de todo partido político o equipo de fútbol, españoles o no, esa panda de educadores que, en su conjunto, lo habían empujado a decir lo que pensaba, en realidad, lo que piensan los mentados. Y no solo respecto de las mujeres, sino, ¡ay!, sobre la Ley, las leyes en general, a la misma altura las unas y las otras, en síntesis, cosas que ‘están para violarlas’. Y nosotros que lo íbamos sospechando, mira por dónde.

Respecto a lo que siguen pensando de las mujeres los machotes, tuve siempre la sensación de que lo poco que lograba en el hermoso, con todo, mundo de las aulas, se me arrebataba en el momento mismo en que el educando pisaba la calle, su hogar, sus amistades, por lo que, cuando me estalla delante uno de estos… ¿disparates?, valga el eufemismo, que es a diario, y salga o deje de salir en los medios de información, más que pedirme el cuerpo un discurso didáctico al respecto, lo que me exige es que cuente paciente una vieja anécdota ejemplificadora y que aún encuentro divertida. Uno no está siempre de humor para amenazar a la humanidad sobre los malos pasos en los que anda o para enarbolar a modo de advertencia cualquier versión de Los cuatro jinetes del Apocalipsis.

Allá, en el verano de mis veintitrés años gozosos, es decir, cuando el mundo era todavía una nebulosa en la mente del Señor, que dice Wenceslao Fernández Flórez, gallego asimismo, solía frecuentar bares y tabernas coruñesas en compañía de mis niños de entonces, lugares donde, no solo se comía un marisco que hoy pagaría a peso de oro en el mejor restaurante de esta ciudad, salvo que no lo hay, sino que disfrutaba del ambientito y el buen natural de los mozos, mozas y dueños de aquellos lugares acogedores y calentitos en todo sentido. Fue en uno de ellos, el más visitado y concurrido, donde gocé como testigo de excepción de una escena, repetida poco después con otro parroquiano, según me contaron, a cargo de una actriz, una de las mesoneras que dominaba el papel y dominaba la escena, junto con un coro tabernario y espontáneo de mujeres, más un par de clientes dados al desenfreno del vino, bien distintos en apariencia, edad y profesión el de la novatada y el reincidente, pero al tiempo, cuspidiños entre sí y cuspidiños -clavaditos- a ese otro endividuo del Partido Populista Corrupto y Antidemocrático hasta la Medula, es decir, a Pepiño o Xosé Manoel C. Bragaña.

Uno de aquellos machotes del teatrillo que digo -y me refiero a la vez que asistí, el día del estreno, el reestreno me lo contaron poco después-, un abogado cincuentón harto conocido y con despacho que sin duda le reportaba pingües beneficios, había lanzado una oferta, su excelente disposición viril o anuncio de lo que era capaz de llegar a hacer si lo dejaran, en muy parecidos términos a los de este otro barbaján, ¿pelín más descarado quizá el empujón invitación de aquel, dirigido a cualquier mujer, a todas las mujeres que asistíamos al espectáculo, obviamente, hembras sin más para el leguleyo? En todo caso, más intrascendente, pues se abstuvo de tocar las leyes, que Franco, vaya por delante, se ocupaba de todo ello él solito. A lo que una moza de la casa, de mediana edad, guapa y con los redaños que siempre aspiré a tener, puesta en jarras delante del impotente, los ojos pícaros y sabios de quien no precisa que la proteja ni Dios, mucho menos un tipo de la abogacía, y ni en su casa ni fuera de ella, se dirigió a él en función especial para todos nosotros, los parroquianos, y en los términos que siguen pero na doce fabla da nosa terra meiga, modosita e irónica al tiempo y con una carga de fondo, o explosivo de barrenar, que ya quisiera el torpedo de un submarino alemán en pleno recalentón nazi: -¡Ou, don Manoel, non me diga que hoxe imos ter home na casa por fin… Ai, mire qué ben, que xa me tardaba un carallo a cousa, os máis dos días, nos, as mulleres, sentímonos tan soias e tan valdeiras sen un home na casa coma manda Deus, que os nosos xemidos de fame escóitanse nas Américas! Ollade, boa xente, imos ver onde chega o tesouro do picapleitos iste… (risas, gozosa audición). E imos tutealo tamén, ¿non sí?, máis que nada por non facelle de menos a don Manoel… Hey, Manoliño, sácaa fora, home, non teñas vergonza, somos os teus amigos de tódala vida e alguns destes aínda clientes do teu bufete… e ti levas un pipote enteiro de viño no corpo, sácaa fora, andaaaaa .. (ataque de risa floja de la parroquia femenina, entre dientes y medio sofocado la de sus mohínos acompañantes).

Y en vista de que el licenciado en Derecho permanecía como santo de Compostela advenido, hiératico y silente, ella avanzaba decidida hacia él, un paso adelante, dos, tres…: Imos a sacarllea ó verballoas iste (lenguaraz, deslenguado), temos que ollala, non ha de haber cousiña máis inorme nin máis agarimosa nin na Cuba do Fidel… Adiante, veña, rapazas, moita ledicia que hoxe hai festa racheada na casa, a cousa ten que merecer a pena…  Don Manuel, empezó a perder su habitual sonrisa de perdonavidas, al poco le mudó la color, después reculó, aspiró el infeliz, tartajeando, a rectificar la inicial chulería de patán con bufete, chamullando palabras ininteligibles, a querer restarle importancia al envite que tan contentas nos había puesto a las clientas sin excepción, grosería inadmisible, según nuestros caballeros andantes -el mío en concreto un neumólogo cuarentón al que quería mucho, en especial por cuarentón-, ahora clavados en el suelo y muy enfurruñados por habernos negado las chicas al empellón o sopapo viril de macho a macho que ventilara la cuestión en una nada, frustrados en su afán protector de tanto casto oído profanado por una mala bestia…. Así que, mientras la moza, sin perder pizca de su natural obstinación, ya estaba casi pegadita a él, que seguía retrocediendo al tiempo que mendigaba con los ojos una sonrisa cómplice de sus hermanos de sexo, que no halló, todas nosotras, las asiduas de la casa, empezamos a corearle el estribillo: Veña, Manoel, non sexas así, nos tamén queremos ver qué tes entre as pernas … Las compañeras de la mesonera, en pleno ataque de risa y elevando el volumen de voz, de manera que se alcanzaba a oír en la tasca de al lado, la siguiente estación en la procesión de tacear el largo verano, coreaban también el estribillo que aprendieron de niñas y que cultivaron en los largos años de servir ribeiro, tapa incluida, a los señoritos: Do que falaches fai un anaco de tempo, ¿qué, Manoel? Non se ve e nos tamén queremos veloTi, imos chamar a ama… ¡Maruxa, Maruxaaaaa, corre, ven, hai un cliente que vaise sen pagar o estocado e máis o consumido!… ¡Maruxaaaaaaaa..!  Maruxa, que hacía buen rato que se sabía de memoria la escena, aun en la cocina, salió al fin. Era una mujer aún joven, gruesa, pizpireta y cachazuda, a juzgar por la sonrisa de maestra dispuesta a poner al payaso de la clase en su sitio, que se dirigió a don Manuel, asiduo de la casa desde que era Manoliño sin más y que ahora había retrocedido hasta la puerta que trataba de abrir con la torpeza rabiosa del macho corrido: ¡A ver, homiño, ¿non andas ouvindo o é que non queres ouvir? Eicho dicir eu agora… Andaaaa, saca a cousiña que non che deixa pensar, que quero poñerlle un laciño, o da miña neta máis cativa, a Rosiña, ¿non sabes?… Pero non te vaias, home, agarda, ti non maxinas o que ten que ser a túa cousiña ben enfitada có lazo rosa da miña neta…* El muy respetable abogado salió definitivamente, se alejó trastabillando, según las malas lenguas a vomitar, no se sabe si el vino o las palabras que hubo de tragarse, o todo junto y producto de una arcada única.

Si me lo hubieran contado, lo habría creído a medias, pero yo estuve allí, burlona, satisfecha, amando a mis hermanas, las esclavas del zafio macho torpe, y con un brillo de aquiescencia durante la escena entera que me valió un conato de bronca neumológica a la salida:

_¡Por Dios santo, qué inadecuado todo! Qué broma tan pesada, ¿no? No parecías tú …

_¡No me digas! ¿No parecía yo? Pues, mira qué casualidad, porque tú tampoco parecías tú, tan a la defensiva, tan protector como los demás, tan tonto, luego,  tan… no sé, ¿avergonzado por mi conducta y la de los demás… perdón, las demás? Tú no oíste a Manuel, estabas en el aseo, y no entiendo por qué era preciso que le partiera la cara otro machote. ¿Para qué, dime? ¿Para divertirnos todos más aun? Por un momento, hasta dudé de tus atributos, querido, esos que precisamente hacen tan fácil nuestra amistad …

Me miró con ese gesto entre ancestral y varonil de los que no entienden, o fingen no entender, una palabra, mucho menos respecto a la cuestión de los atributos, de los que veníamos, por cierto, aunque este santo varón sabía que ni de broma me refería a lo mismo. De todas maneras, qué habrá querido decir con todo ello la ladrona esta, encima de haberme estado quietecito contra mi gusto, de no haberme dejado poner al primate en su sitio… No estoy acostumbrado a que, en mi presencia, una muchacha, por muy terminados que tenga sus estudios y sus andanzas, sea víctima, ni auditiva siquiera, de tamañas groserías.

Y sin embargo, por aquel entonces, no solo no había leído yo aún “Der Mann ohne Eigenschaften” -El hombre sin atributos- de Robert Musil, sino que no tenía referencia alguna de la obra, una metáfora, dicen, de la quiebra del Imperio austrohúngaro y de sus valores, una alegoría de la fractura del sistema estatal y cultural austríaco, en realidad, de la cultura europea, montañas de páginas que vendrían a poner en tela de juicio tantas cuestiones, incluida la de lo que hasta entonces se había entendido por progreso. De tantas y tantas interpretaciones que leí después sólo respecto al título, qué pretendía querer significar Musil con su ‘hombre sin atributos’ -traducido también ‘por hombre sin cualidades’-, nada me pareció más convincente ni más hermoso que lo escrito por Juan José Saer, ese argentino inteligente y excelente escritor, en su artículo “Genealogía del hombre sin atributos”, publicado por El País el 1 de enero de 2005, fecha en la que ya me había leído cuanto se había publicado, dos densos volúmenes, y aun sabía y ansiaba cuánto se había quedado sin publicar; no sé a estas alturas, porque el camino de la lectura mía fue siempre formando curiosos meandros. En realidad, mi frase a aquel amigo de entonces nada tenía que ver con el título de esta, no sé si novela, aunque la prefiero ensayo, y sin embargo y a modo de joven intuición, no andaba tan lejos yo de la de Musil, a miles de kilómetros, en cambio, de lo que el común habría entendido por atributos en frase irónica dirigida a un varón en el the end de una puesta en escena bárbara, se la mirara por donde se la mirara.

Hoy me digo que, sin duda, lo que no cambió en absoluto después del imperio austrohúngaro, de las dos guerras, respecto a los siglos anteriores, es la conducta y las convicciones íntimas, pero exteriorizadas a la mínima oportunidad, del macho de la especie humana, razón por la cual cuanto hemos caminado las mujeres, poco para el empeño que pusimos en ello, fue sin más ayuda que nuestro propio coraje y con todas las zancadillas puestas, no solo las de los varones, ni hablar. Y soy muy consciente de que he utilizado a Bragaña como si en verdad perteneciera a la raza humana, siquiera a la del macho, pero su anécdota y él mismo me venían al pelo hoy. Musil, aquel varón inteligente, sabio al modo renacentista, irónico, inquieto e incansable en su búsqueda y en la integridad con la que buscaba, con todo, tampoco habría podido comprender que me refiriera a ese rudo pepero, pero ni como curioso ejemplar digno de estudio. Y es justo, mientras las consideraciones bobas se me cruzan con lo leído en tantos literatos varones, en especial los clásicos, como el propio Robert Musil, cuando me pregunto entre curiosa e irónica, al modo del austríaco, a qué punto incluían a las mujeres al escribir ser humano y si a idéntica altura de quienes consideraban sus iguales. En cualquier caso, es su problema, jamás el nuestro.

*NOTA. No traduzco las frases en gallego por dos razones. Una, quien sabe castellano entiende, en especial en lengua escrita y con solo un pequeño esfuerzo, el resto de lenguas románicas españolas, es decir, el gallego y el catalán. Dos, he llegado recientemente a la conclusión de que las lenguas son intraducibles. Con todo, me disculpo ante cuantos disienten de lo uno o lo otro.

Lo que sigue es una parte del artículo citado de Juan José Saer:

“¡Qué bien le cuadra esa muerte al discreto mentor del hombre sin atributos! Morir, podría decirse, en plena salud, y experimentar, no temor, sino una sorpresa irónica ante la irrupción imprevista de la muerte, es tal vez la confirmación irrefutable de sus teorías. Porque el hombre sin atributos es aquel que, desembarazándose de todas las convenciones, las posturas sociales, los contenidos intelectuales o morales, las máscaras identitarias, los sentimientos y emociones calcados de los que difunde el medio ambiente, la sexualidad canalizada por los diques de lo socialmente permitido, volviendo al grado cero de la disponibilidad, construirá su vida oponiéndose a todo automatismo y a todo lugar común de la inteligencia, de la vida afectiva y del comportamiento.

En el Imperio Austrohúngaro declinante, agobiado por las pomposas pretensiones de la Corte y por las constantes reivindicaciones del archipiélago de pequeñas y grandes naciones y las culturas que lo componían, ser un hombre sin atributos, reivindicar solo la propia disponibilidad, sin previas adhesiones obligatorias a supuestas causas, sagradas o no, a determinadas normas de conducta, dictadas de una vez y para siempre y destinadas a regir la sucesión de generaciones fugitivas, supuestamente idénticas unas de otras, representaba no una forma de egoísmo o una manera de volverle la espalda a la realidad, sino una sana desconfianza hacia lo consabido, lo no reflexionado, lo impuesto por la inercia aplastante del mundo.”

¿Algún varón aspirante a hombre sin atributos por ahí? Que levante la mano, por favor… Porque mujeres que encajen en la descripción de Saer de ese ser sin atributos conozco a más de una.

 

¿Una imagen del varoncito pepero? ¡Cómo no! Clicar aquí:

http://sociedad.elpais.com/sociedad/2012/10/06/actualidad/1349542697_436203.html

¿Otro espécimen macho-pepero? Pues no faltaba más, pero vaya por delante que no son especie en extinción, todo lo contrario, se reproducen como conejos y casi igualitos y producen un cansancio secular de no contar:

http://www.levante-emv.com/comunitat-valenciana/2012/10/08/ferrer-disculpa-congreso-conducir-ebrio/942342.html?pCom=2#EnlaceComentarios

 

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