¡Ah, de los considerandos y otrosíes! (Stultitiae Laus)

¿Qué excipiente, qué conservantes y qué colorantes, qué veneno, qué abyecta substancia desencadenante de la enfermedad, llevan incorporados los alimentos, la televisión, la prensa, el cine, la música, los productos académicos, la prosa y el verso de nuestros más eximios laureados, que agonizamos sin que, no ya nosotros,  alguien, un intelectual visionario, diga haber escuchado una respiración anhelosa y ronca, los estertores de la agonía, observado la cianosis en los rostros, la enfermedad y sus síntomas? ¡Qué silencio atronador! ¡Qué nostalgia de aquellas ruidosas y rítmicas Remington y Olivetti de las salas de prensa del cine joven, de la vida bullendo en el cerebro! ¡Qué mundo este el de las insulsas wikis interminables, semidescebradas y silenciosas, de artículos de opinión de todo consenso con lo mediocre, lo estúpido y aun lo abyecto! ¡Qué dolor el tiempo ido, el de las palabras palpitantes, cada una con su significado y con su cadencia, el de la sintaxis hermosa en la que latía un ser peculiar, distinto e identificable! Desleimientos, desconstrucciones, desubstanciación, despersonalización, muerte y muertos aspirando a ser resucitados a codazos por la noticia que no desencadena sino un torrente de palabreo, salmodias piadosas para con la propia paz de quien se las arracima ávido, algarabía y condumio con que llenarse la panza! Ya nunca más tomar la información con pinzas el escritor, el lector, el conferenciante, el conversador, el vecino del quinto, el de la mesa de al lado en la terracita, analizarla y vérselas con ella, pelearle el significado real, vomitar luego, prístinas las palabras, un juicio elaborado propio.

Manipular en política, en el mercado, en el mundo de la religión, el ocultismo y otros entretenimientos, en el de la información, para distorsionar la verdad y la justicia en beneficio de intereses particulares, pertenece a un estadio menos grave de la enfermedad, ahí anda aún un ser que piensa cuando aplica malicia a la materia con la que trabaja, alguien que sabe qué hace y para qué. Ningún ejemplo más adecuado, en este país y momento, que el del Gobierno y la prensa, toda ella a su servicio, a excepción de algún regalito que muy de cuando en cuando se nos lanza con magnanimidad displicente, esos restos para los animalitos domesticados que, por fortuna y para facilidades todas, somos desde hace tiempo, ni le sacaremos provecho. Y por supuesto, siempre incluyendo a los colaboradores, no, a los colaboracionistas, estómagos agradecidos que se pavonean por sus pasarelas, las de la prensa digo, escapándole -yo- al sintagma abreviado ‘medios’. Casi todos ellos, pues, seres aún casi humanos porque piensan en su beneficio y saben cómo hacer caja. Pero, ¿y los ciudadanos? ¿Qué ha pasado con nosotros? Si nos manipulamos encantados, indudablemente nos jodemos, pero nos manipulamos casi todos y en todo. Y no me refiero en especial al autoengaño piadoso para seguir adelante, trastabillando, pero adelante; no, me refiero al engaño que nos perjudica más cierto que la luz del mediodía, porque nos convierte en imbéciles militantes contra nosotros mismos. Y si no, ¿qué enfermedad padece, por ir a un ejemplo simpático, un profesor de la Enseñanza Pública, a la que defiende con uñas y dientes, razonablemente anticlerical, pero cuyos hijos estudian en un colegio del Opus? Se me dirá que es un hipócrita, que lo que pelea a muerte, en especial en estas circunstancias críticas -no hay más crisis que la creada con meridiana intención-, es su puesto de trabajo en entredicho y, al tiempo, otra educación para sus hijos. Pero no. Los he conocido por docenas en muy otras, siendo su puesto laboral, suyo de por vida, y muy consciente de ello el propietario, su anticlericalismo hundiendo las raíces en experiencias concretas, pero que deseaba que sus hijos fueran ‘educados’, se distanciaran lo posible de los malos modos de los alumnos que había en sus propias aulas.

¿Se puede vivir así? Por supuesto. Millones de ciudadanos están siendo perjudicados en los intereses de su día a día, de su vida y la de los suyos, observan cómo otros son tratados como criminales, cuando no ellos mismos, al menos sospechosos de robo y de crimen, cómo se escupe y apalea a personas que acudieron de tantos y tantos países en el momento en que los llamamos para que se hicieran cargo del trabajo excedente, menor y sucio, y todo esto y bastante más por un Gobierno inculto, brutal en los modos y en las querencias, talibán y filofascista, y no obstante y sin recato alguno se dice que lo que ocurre es que a Rajoy le está costando sacar el país adelante en razón de tanto que gastábamos unos y otros, en especial los otros, los pobrecitos, siempre los pobrecitos irresponsables, y lo mal que lo hizo Zapatero. ¿Qué significa esto? Que el cerebro no trabaja, que no fue petroleado con mimo, que se infeccionó su tierra a saber con qué, que cayó enfermo, tal que quedó dicho al comienzo de esta constatación alarmada.

Hace muchos años, menos, y casi a la vuelta de la esquina, pude observar en los metros, en los tranvías y buses de otros países europeos, en los bancos de madera de sus avenidas, en los bares, en las escaleras de los museos, o apoyados en el mismo muro que su bicicleta, a la espera de alguien o de algo, a gentes armadas de libro o de periódico. Aquí llama la atención ver a uno y medio, a casi uno, en trayectos de idéntico recorrido, en esparcimientos al aire libre, en las paradas de los bares para tomar aliento, en los parques al sol, y no exijo los lunes precisamente. Apenas podría testificar -y me es igual que suene a lo que sé que ha de sonar- un espectáculo similar al de las diócesis foráneas en Catalunya. Y pare usted de contar.

¿Sabe más el que lee? ¿Se informa mejor ese ciudadano que se ensimisma en un libro ajeno a lo que pasa, ajeno a lo nuestro -pero no hay esa clase de libro, hablo de libros, no de panfletos-, que revisa la prensa, siendo que acabo de describirla siquiera por encima, y no solo en este país, seamos sinceros? Creo que debiera formularse al revés la pregunta. Es decir, que precisen leer es síntoma de que los ciudadanos de otros países no están enfermos, al menos de que no lo están al punto y modo nuestros, de que saben más y, en especial, saben mejor lo que saben. No tengo la menor duda. Porque tampoco la tengo respecto a que este país nuestro no gozó de lo que gozaron otros, de al menos tres generaciones consecutivas de ciudadanos con un bachillerato reluciente bajo el brazo. Y cuando digo bachillerato, digo licenciatura en lo que fuera que haya sido, porque, en realidad, me refiero sin más a tres generaciones seguidas de gente civilizada. Es sobre todo la pescadilla centroeuropea que se muerde la cola la que envidio, a esas gentes que saben que lo del toro de la Vega es en España, no en su país, que el gobierno de Rajoy, pese a los suyos tremendos, es en España, que la Iglesia, la que puede dictar leyes, es en España, que los Al Capone ex y sin ex representantes políticos que se pavonean en sus yates o en sus ferraris -sus, pero nuestros-, y sin que un juez los haya despeinado, son en España. Ellos disfrutan de razones y de circunstancias que a nosotros se nos negaron siglo tras siglo, que siguen negándosenos. Y sin dudarlo, en mucha parte de las gracias y los laus deo por los bienes alcanzados, anda un pueblo zafio y ferozmente decidido a apenas leer, a leer casi nada, nada si puede ser, a seguir prefiriendo el ¡Jesús! para el estornudo del ladrón, del criminal y del juez comprado y vil, al ¡me cagüen tu puta madre, caradura sinvergüenza! Que es justo para lo que mandan a sus criaturitas a colegios donde los educan así de bien. No hay inocencia en esa urbanidad que ocupa el lugar de la educación, en esos muertos tan vivos que pasan por seres humanos.

Mi amigo de Haití, Antonio Fraguas de Pablo

http://elpais.com/elpais/2012/09/10/vinetas/1347299149_848871.html

Mi amigo Manuel Vicent, el valenciano de estos vientos de alegría

http://elpais.com/elpais/2012/09/08/opinion/1347120571_293885.html

Hasta en la prensa se puede encontrar trigo candeal si rebuscamos.

 

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