Juan Roig tiene pesadillas con el de Marinaleda

 

Hay un Mercadona a menos de cinco minutos de casa, que así de bien trabaja esta empresita. Y aunque desde siempre esos lugares me producen idéntico rechazo al de los tanatorios, no los cementerios, por pereza a desplazarme más lejos, a dedicar tiempo a comprar en dos o tres tiendas diferentes lo que puedo en una sola, he claudicado, supongo que como los más. Hace algún tiempo, a temporadas, en especial en el período de vacaciones, solía irme a comprar los alimentos a la plaza del mercado, allí donde la relación humana, la vida en los rostros y en los gestos, el pescado fresco recién llegado ‘de la playa’, que dicen en València, el marisco deslizándose fuera de las cajas y la fruta con aspecto de haber colgado del árbol en algún momento me ayudaban a creer que  éramos aún seres palpitantes y humanos. Me ha fallado esa querencia por la parte de querer alimentar y ver disfrutar a los míos, hoy lejos de casa. Así que, sufro tranquilamente comprando en el súper, aunque procuro reducir el tiempo de sufrimiento, no paseándome, sino actuando rápida y precisa. Luego, pago y salgo a la calle, donde el alivio, el respirar hondo y el regresar a su ritmo habitual mi corazón.

Esos lugares con aspecto de sepulcros blanqueados, los productos paranoicamente ordenados en estantes pulcrísimos, ese puto orden contra la vida, el blanco repetido de abandonad toda esperanza, esto es un súper, un tanatorio, me llevó en una ocasión a perder el conocimiento pero, aunque el malestar se repita tantas veces como entro, no llego ya a ese extremo, hice un especie de pacto con Satanás. Aquella vez, amanecí sentada en una de las sillas de playa que vendía el propio supermercado, pero la doctora que me examinó después, en la ambulancia como en el hospital, no encontró causa ni para el intensísimo dolor de estómago que soporté con estoicismo hasta llenar el tercer carrito, justo antes de desmayarme, ni para el desmayo: No te encuentro nada en especial, al menos en apariencia estás perfecta, no sé qué pudo haberte pasado. Yo sí lo sabía, siempre lo sé, y eso aun a pesar de que ni una sola vez compré pescado, menos, comida preparada, lo que habría sido aspirar al suicidio.

El primer supermercado que recuerdo, introducido con calzador en mi vida, fue el que pusieron debajo de nuestra casa en Avilés, pequeño, pero una revolución de alegría para todo el barrio, no para mí, y eso que cualquier parecido entre aquel súper y los actuales es mera coincidencia imaginativa. El día del entierro de mi padre, lo cerraron, lo que sin duda lleva sin más a colegir que mantenía aún modos y costumbres pueblerinos y bárbaros, que a ver a quién se le ocurre en la actualidad cerrar un supermercado por el hecho de que se haya muerto el vecino de uno de los pisos de la finca.

Años comprando en Mercadona me permiten conocer ese supermercado, sus productos y a sus empleados con mayor detalle y a fondo que el propio Juan Roig, que ya es decir. Y aunque no voy a ocuparme de tantas y tantas vertientes comentables y escandalosas de la empresa, sí quiero decir que, por ejemplo, esta masoquista y martirizada cliente llevaba mucho tiempo consumiendo su crema hidratante corporal Deliplus -con aloe, detallito a considerar-, producto que Mercadona acaba de retirar, junto con otros diez de la misma marca, ya que la legislación vigente considera que no deben venderse productos en los que se asocien dos de los ingredientes que contiene dicha marca. Se trata de la trietanolamina, que actúa sobre el PH, y del conservante bronopol, en tanto que la combinación de ambas substancias puede producir una tercera, la nitrosamina, inductora de tumores cancerígenos. Por supuesto, no se me ocurrió acercarme para que me cambiaran el último envase adquirido y aun sin abrir, entre otras razones porque lo consideré un acto ridículo en relación con el que me apetecía con pasión femenina de trinchera, denunciar a Mercadona. Pero ya la Agencia Española del Medicamento puso un pie en la puerta de los Roig por si alguien como yo pretendiera empujarla, advirtiendo que, a pesar de lo dicho, los productos Deliplus retirados no conllevaban peligro alguno para la salud, pero que, no obstante, la legislación indicaba que no debían venderse productos en los que se asociaran dos de sus ingredientes, aunque la mencionada Agencia declinaba emitir alarma sanitaria alguna sobre su uso. He llegado a la conclusión de que este tipo de contradicciones que podrían parecer escandalosas no lo son, apenas se trata de una especie de contradicción histórica patria, algo entrañablemente español o sureño. En este sentido, hace años, mi hijo me señaló en la etiqueta de una botella de leche -cuya marca voy a callar, que hoy voy solo de Roig-, redactada en varias lenguas, la advertencia de que no debía consumirse después de equis días abierta; pero si el plazo que se indicaba en castellano era de cuatro o cinco días, en francés lo limitaban a cuarenta y ocho horas, así que convinimos que los franceses son capaces de denunciar cuando los envenenan, mientras que nosotros soportamos el envenenamiento, entre tantas otras cuestiones, como una desgracia fortuita o un caso de mala suerte. Pues con lo de la leche corporal, al parecer, ocurre algo similar, está legislado que no deben usarse asociados dos de sus ingredientes por la posibilidad de que generen una substancia cancerígena que, a pesar de cancerígena, no conlleva peligro alguno para la salud, lo que viene a ser, como decía, esto es España, yo me llamo Roig, usted con quién cree que está hablando, por Dios, si pinta menos aun que mis propios empleados, en particular, empleadas, soy juez y parte en la Sanidad de este país -hay que suponer-, pero esto no me lo vaya a repetir, porque podría salirle muy caro; el PP o la secta católica no son sus únicos enemigos, entérese, hay muchos más, el delito de la iglesia y el del PP se limita a tratar de mantenerlos a ustedes en la más crasa de las ignorancias y sumisiones a todo cuanto consideremos muchos de nosotros, incluido un guardia urbano a las órdenes de Rita. Quiero aclarar, con mucho gusto, además, que la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios es un Organismo autónomo, pero dependiente del Ministerio de Sanidad, y que su Presidente, el de la Agencia Española del Medicamento, es el Subsecretario de ese mismo Ministerio de Sanidad y Consumo.

Dicen que después de treinta años desde que abandonó el negocio de la carnicería y demás, que era lo suyo, Juan Roig ha llegado a facturar casi dieciocho mil millones de euros anuales, que factura quizá más que El Corte Inglés, o incluso que Inditex. Como sea, la empresa ocupa el número cuarenta y dos en todo el mundo. Con estos antecedentes, pero hay más -solo entrar a echar un vistazo con google para Mercadona-, ayer, como de costumbre, bajé a comprar a la tienda de los Roig. Esta vez me esperaba una sorpresa. En cuanto entré, descubrí, entre pasmada y divertida, que tras años y años sin haber visto un solo segurata en ninguno de sus centros, había uno plantado justo a la entrada. Canijo, con los ojos perdidos en el suelo y con aspecto de ser incapaz el infeliz de rematar una cucaracha que se interpusiera entre el encargado y un proveedor, me extrañó, pero decidí realizar la compra con un regocijo burlón que me bailaba en el alma, ¡qué pequeños, desvergonzados y estúpidos son los advenedizos!, regocijo impropio del ferragosto valenciano, pero sin dejar de considerar al tiempo que, por el aspecto, el pobre segurata probablemente prestaba sus servicios de amedrentador profesional por un bocata por almuerzo y una limosna mensual fija. Tenía toda la pinta de haber pasado hambre y el uniforme le caía como a Cantinflas.

Hube de comprar más de lo que suelo porque, precisamente por el rechazo descrito, mi nevera congelaba el alma al abrirla. Ya frente a la cajera, a la que elegí con enorme cuidado y una buena dosis de intuición basada en mi experiencia docente, procuré mantener un tono de maruja, bajito, ajeno y desinteresado, la mirada fija en los productos que iba metiendo en el carrito, al comentar: _¡Huuuy, vaya, tenemos segurata, no recuerdo un segurata en Mercadona! ¿Sueña Juan Roig con ovejas eléctricas?_  Me miró desde unos dos mil kilómetros de distancia, así que añadí inmediata, sonriendo: _Bromeaba, quiero decir que el hombre debe de tener pesadillas con el alcalde de Marinaleda, ¿no crees?_  Esta vez se puso levemente en guardia: _Claro, es que como están pasando todas esas cosas…  _¿Qué cosas? No me digas que eres de los que condenan alegremente el gesto de solidaridad de ese pedazo de hombre._ Sonrió con cierta extrañeza aún, pero añadió convencida: _Bueno… a mí no me gustan ciertas cosas, por ejemplo, que se robe…_  Esta vez la miré franca a los ojos tal como solía mirar a mis alumnos: _¡A mí, tampoco! No me gusta que nos estén robando desde hace un montón y a manos llenas los bancos, ciertos políticos, la iglesia católica, la monarquía o los supermercados, me es igual quién sea el ladrón, tendrían que meterlos en la cárcel, que para eso están… Y que a ti te estén robando la juventud y la vida con horarios y exigencias de un país tercermundista tampoco me gusta._  Me extrañó que el síndrome de Estocolmo con el que cargan casi todos los pobres empleados con cierta estabilidad laboral, siempre a cambio de conductas y fidelidades que para sí quisiera Rajoy dentro de su propio partido, siguiera mirándome sonriente, quizá era en exceso joven, de hecho, una de las últimas en haber entrado en la empresa. _Huy, lo olvidé y ya te he firmado la compra… pero dame dos bolsas, por favor, te las pago ahora mismo … Los que entraron a coger comida ni son ladrones, ni roban; en realidad, además de implicarse en denunciar la pobreza, el hambre, diría que ayudaron, aun sin querer, a detener acciones más… no sé, directas y agresivas, porque hay hambre, ¿lo sabes, verdad?_ Bajó la vista:  _Tenga, la vuelta… A mí, lo que me parece mal es que tiren comida todas estas tiendas … (debe ser una orden y un ritual insufribles, querida, lo entiendo), pero al segurata lo han puesto sobre todo por las pintadas._  ¿Pintadas? Daría cuanto llevo encima por conocer el mensaje de esas pintadas, pero esta pobre no puede más. Entonces, tuve un golpe de suerte, pero deseché aprovecharla para interrogarla acerca de ello. _Usted, ¿es profesora, verdad?_  Busqué afanosamente entre los productos ya metidos en el carrito y le sonreí. _Vaya, se me ha caído la tarjeta en algún sitio… Lo era, sí, pero me he jubilado…_  Me miraba paciente y mucho más tranquila cuando me dijo que, aunque me hubiera jubilado, un profesor lo es para siempre, que no tuviera prisa, acababan de cerrar y yo era la última cliente de su caja. _En efecto, tienes razón. Así que te diré lo que durante una vida les decía a mis alumnos: debieras reflexionar sobre la doble moral con la que nos obligan a vivir, los ladrones de verdad pasan por gente honrada y ejemplar, la gente honrada, por ladrones con excesiva frecuencia… ¡Ya está, ya la tengo!_  Le mostré triunfal la tarjeta que en un momento concreto de la conversación había dejado caer dentro del carrito.  _Qué casualidad, hoy en el almuerzo, un compañero dijo algo muy parecido… hablando de la comida que había sacado ese alcalde._  Le sonreí: _Pues diría que ese compañero tuyo no es nada tonto, tendríais que volver a ocuparos del tema, ¿no crees? La gente vive sin pensar y eso es muy peligroso._  Hubo cierta complicidad en la sonrisa del hasta mañana, gracias.

Me fui empujando el carrito, después de haber encendido un cigarro, canturreando mentalmente moralidades de las que nos enseñó Juan Roig a todos los españoles hace muy poco tiempo, me las sé de memoria, un poco lo que me ocurre como los poemas de Quevedo, de Miguel Hernández, de Lorca o de Marzal, aunque confieso no haberlo conseguido con los de Luis García Montero. “Tenemos que cambiar, y ponernos a trabajar más todos porque, de lo contrario, España será intervenida”.  “Nos falta ponernos las pilas y ponernos a trabajar. No sé si es necesaria una intervención, pero el nivel de vida no se corresponde con el nivel de productividad de todos los españoles, o pegamos un cambio o nos van a intervenir”. “Por supuesto los bancos también son responsables. España se ha pasado como país treinta pueblos, incluidos los sindicatos, los empresarios, los bancos, los políticos”. “Vamos a estar mucho peor, porque tenemos que cambiar, ponernos a trabajar más todos, en plan global”. ¡Plan global, hay que ver lo que sabe este hombre! “Hay que tomar medidas para incrementar la productividad, aunque sean impopulares y molestas. El sector privado las tomó, porque las tomas o te barre el mercado y suspendes pagos. El sector público empezó a tomar medidas tímidamente en 2011 y en 2012 se están empezando a tomar más, no todas las que hacen falta, esperemos que (las) continúen tomando.” “Cada uno de los españoles tiene que preguntarse qué puede hacer por España. La crisis durará más o menos años dependiendo de si los españoles cambiamos nuestra actitud y pensamos más en nuestros deberes y menos en nuestros derechos”. Me entró un ataque de risa al entrar en el portal de casa. Por las pintadas, por el de seguridad contratado por Roig para enfrentarse a los que tienen tanta hambre como él, por la acción del alcalde de Marinaleda, por las decenas de valencianos que se autoinculparon en los asaltos a supermercados en señal de solidaridad con el SAT -por su acción “de desobediencia civil pacífica, sociopolítica y comunicativa brillante” que ha conseguido “poner encima de la mesa el debate sobre la exclusión social y el aumento vertiginoso de la pobreza”-, mediante documento entregado en el registro de la Delegación del Gobierno del País Valenciano. Ay, mira, Juanito, me digo ya en el ascensor, que si en lugar de haberte titulado en Económicas entre carnicería y carnicería, te hubieras limitado a cursar un buen bachillerato, otro gallo te habría cantado y nos habría cantado a todos, ¡porque anda que no eres bestia, caradura y sinvergüenza, cony! Cómo serán de profundas las enseñanzas de Juan Roig, que una buena parte de ellas se las publicó, justo en vísperas de las últimas Fallas, El País, ya saben, quizá uno de los periódicos españoles más peligrosos que existen, incluidos los de la caverna, que estos no engañan a nadie, excepto a los ágrafos de cuerpo y alma, ágrafos íntegros, pues. Ahí, debajo, están, por si alguien gusta de Séneca.

Ah, y antes de poner el punto final, leo, feliz, en la Cartelera Turia, las últimas líneas del editorial de esta semana: “El intento de criminalizar al diputado de IU Miguel Sánchez Gordillo y otros sindicalistas andaluces por el requisamiento de viandas en un par de supermercados para saciar la necesidad perentoria de un puñado de familias es un amargo e indignante sarcasmo, si se compara con la quiebra del orden social causada por las finanzas delictivas y una selecta relación de cómplices. Empezando por un gobierno que rescata bancos y garantiza la impunidad de sus responsables, a costa de aprovechar la coyuntura para engrosar el paro, facilitar las prácticas feudales y esclavistas, rendir personas y sacrificar sus derechos como trabajadores y ciudadanos. ¿Qué son unos carros de productos básicos comparados con las estafas bancarias, el asalto de las compañías eléctricas o el fraude fiscal? Ni más ni menos que la diferencia entre una sustracción con atenuantes y auténticos crímenes contra la humanidad. Que claman justicia.” De hecho, el titular del artículo es precisamente ese: CRÍMENES CONTRA LA HUMANIDAD. Gracias, Turia, qué sería València sin vosotros, que seguís hablando claro aun en el desierto moral de todos los ponientes y desesperaciones por la modestísma cantidad de un euro con ochenta céntimos semanales. Salut.

http://economia.elpais.com/economia/2012/03/08/actualidad/1331201161_641529.html

Ya puesta, de paso, un artículo de Juan José Millás, también sin desperdicio.

http://cultura.elpais.com/cultura/2012/08/13/actualidad/1344875187_015708.html

 

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3 comentarios en “Juan Roig tiene pesadillas con el de Marinaleda

  1. Os invitamos a pasaros por nuestro perfil de facebook: Mercadona Acosa, lugar donde no existe la censura y donde se habla de la verdadera cara de Mercadona, antes de opinar lo mejor es informarse, no permitamos que los medios de comunicación nos vendan sus intereses.

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  2. Mi abuela odiaba los supermercados. Mi padre odiaba los supermercados. Yo odio los supermercados. Usted odia los supermercados. Y creo, aunque no estoy seguro del todo, que mi hijo odia los supermercados. Sin embargo, los cinco, y alguno más, seguimos yendo a ellos. Pero de eso depende la talla final, en miles de millones de euros de pulgadas morales, que alcance el señor Roig. Le propongo un pacto entre caballeros. Dígame usted que se propone dejar de acudir a ellos y yo le prometeré lo mismo.
    Un saludo desde el carnicero de la esquina, hoy un chino de todo a euro.

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    1. No se hable más, Alberto. La gallega que soy será caballero en porfía de ganarle a la pereza para perder a los Roig que en el mundo son y han sido, tiene mi palabra de honor; y si no logro, se lo haré saber por este medio, así que haga el favor de irme contando, a partir de ya, entre los suyos, y puestos a contar, a mi hijo y mi nieto, porque en Melín caminan hasta las tiendas de los turcos por no entrar en un súper, y mire que Melín es un disparate de ciudad, como sabe (¡o solo verle la cara a Herr Merkel). ¡Ah!, y gracias por mentarme lo del chino: mañana tengo que ir a romperle la crisma al que me vendió la sartén antiadherente en la que quise hacerle esta noche una tortilla de camarones a mi nietín. Grrrrrr…

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