Un rumor de siemprevivas

Cuando amanezco y me penetra lento por entre esa especie de neblina meona del despertar lo que dicen que ocurre y parece que ya muy en serio en este país, el que durante tanto tiempo creímos nuestro, me ocurre exactamente lo que a lo largo de la vida al salir del sueño, si devenida dueña con anterioridad de algún suceso terrible o, por el contrario, inusualmente hermoso. Antes de abrir los ojos del todo, creo haberme hecho cargo de lo que parece estar sucediendo, pero se trata de una vaga imagen, más se presiente que se le da crédito a lo que sea. ¿Podría ser que nos la hayan vuelto a jugar?

Después del zumo de naranja y el café, me vengo al ordenador, busco un periódico, cualquiera, ¡y ahí está, como la puerta de Alcalá! Leer noticias políticas y económicas es siempre muy a mi manera desde hace unos dos años, casi nunca llego a pasar de los titulares, como no sería capaz de escuchar a ninguno de los dignísimos representantes del gobierno. Busco un segundo diario, un tercero, qué ruido y qué más de lo mismo, qué algarabía esa miscelánea de noticias que podrán corresponder a un mundo real, pero que siembran incredulidad y un monótono alejamiento de la realidad a la que supuestamente describen o de la que informan, idéntico encanallamiento en la línea editorial que se pone por delante, haciendo mucho, mucho ruido, ruido de tijeras, ruido de tenazas, ruido de amenazas, ruido envenenado, ruido de mentiras, silencioso ruido, desgastado ruido. _Profesora, ¿puedes decirme más ejemplos de ruido? Sé que vas a ponerlo en el examen._  Cómo, no, querido. Mira, todo tú eres un ruido que impide la comunicación; tu pregunta, también lo es, ruido digo_. Pero, a pesar de la algarabía presente en todo diario nacional, el vocerío que busca, y que logra, un ánimo lector entre confuso y aterrorizado, se escuchan nítidos los gritos de algunas víctimas, se oyen aunque no estén transcritos, como se presienten ojos buscando puertas imaginarias y manos húmedas y huérfanas de amparo, como se toca piel de irrealidad y se tiene regusto de catástrofe en la boca. Debe de ser mi estúpida imaginación, todo esto no le está sucediendo a nadie.

Huyo con la disculpa de recoger por encima la cocina que dejé como siempre, a hacer como que arreglo mi dormitorio, y luego, me ducho, me visto y salgo; entonces, me siento algo mejor. En la calle, aún se tiene la sensación de que todo funciona como antes, como hace cuatro, tres, dos años, cuando se vivía en paz, descontadas las catástrofes que decidíamos naturales y despreciado el que fuera a haberlas inducidas, al menos en un tiempo inmediato; pero hace más de un año largo, la vida empezó a saber diferente, como a presagio de un escalofrío que, en todo su alcance, debía de estar por llegar. Una de las ciudades más ruidosas del país, València, ha mejorado en ese sentido, así que, de buena mañana, alcanzo a escuchar desde mi propio dormitorio, como durante el largo verano de la infancia, el taconeo rítmico de una mujer camino de su trabajo, los timbres alegres de las bicis de unos y de otros, incluso en ocasiones el gorjeo de los gorriones ahí abajo, entre la copa de los árboles. Yo misma, al caminar por la calle, palpo esa mejoría, aunque haya algo triste en el progreso ciudadano que esperé durante cursos y cursos de enseñanza encaminada a rebajar decibelios, el tipo de tristeza de las infancias desprovistas de la mínima luz que les resulta imprescindible también a los niños, el paisaje en el que debieran jugar confiados pero juegan a tientas, instalados en una especie de desazón melancólica a la que aprenden a calzarle nombres o expresiones que le llegan de cualquiera de los mundos cercanos mientras juegan; así, la tristeza de la paz, palabras que llegan al azar. Pero la paz no debiera ser triste, les advierte su lengua de trapo, todavía lo recuerdo, no tendría que serlo, me digo ahora, ignorando esos niños que no hay paz, hay silencio de complicidades que oculta sumideros de sangre y sentinas de órganos aún palpitantes.

En esa aparente normalidad, busco síntomas de anormalidad y los encuentro, pero como a través de un cristal empañado por el vaho de quien mira desde detrás, esperando. La sensación se acentúa por la noche, si salgo a caminar curiosa y sola, otra vez olisqueando. Y entonces, también me sorprende que no seamos tampoco ya la ciudad de mayor contaminación lumínica, que casi hayamos recuperado la noche en València. Hace años, mi hijo solía permanecer en su dormitorio, horas después de haber cenado, con la luz apagada, tumbado pensativo sobre su cama o incluso charlando con sus amigos. _¿Qué ocurre? ¿Por qué estáis sin luz?_ Y siempre la misma respuesta, la queja airada que salía de la boca de un jovencísimo científico en ciernes, un ecologista en pie de guerra, al punto que terminé por dejar de preguntar: _¡Cómo que sin luz, mamá, si esto parece una discoteca!_  Era cierto y exacto. Entonces vivíamos en un primero, sigo viviendo, no lejos de allí, en un primero, pero desde hace un año largo ya no molesta la luz entrando a raudales de derroche por las ventanas, ni se cambian por enésima vez las farolas de mi barrio, así que en la calle anda, como en la infancia mía, la noche en la noche. Y sin embargo, toda esta educación consistorial surgida tiene mucho de venganza, de rabia, rabia y venganza que están presentes también en las farmacias empobrecidas de fármacos, escondidas y en guardia tras los carteles de rebeldía burguesita ante la atrocidad de que ellos, los farmacéuticos, no puedan seguir enriqueciéndose a puñados -“La administración nos debe dinero. No podemos adelantar los fármacos que ustedes necesitan. Si desea información, entre”-, como si ellos mismos fueran los que precisaran hacer latir su corazón al ritmo del acenocumarol, ese temor a los coágulos que va engendrando la miseria moral de los privilegios. La ministra Mato en Sanidad seguramente lía ahora sus cigarritos de maría con pan ácimo cuando le provoca malestar el hueco en el que a los demás les bombea un cerebro y, sin duda, bebe vino sin consagrar para encarar una rueda de prensa a trasmano. Pero Andrea Fabra, en cambio, no se limpia el culito con una teja, como la vieja pelleja de Federiquito, tampoco se lava la boca con lejía, se limpia y se lava con billetes de lotería de su papá, aun antes de que se los haya tocado la nada caprichosa rueda de la fortuna o Dios mismo encarnado en niño de San Ildefonso.

Nada me asusta, nadie me asalta, sin embargo, de noche en la calle solitaria, en la boca de lobo del viejo cauce del río, el jardín del Turia y de Bofill, ningún payo hambriento viene a darle un tirón a mi bolso, nadie quiere amedrentarme cuando me cruzo con un rumano, un valenciano, una latina, unos muchachos chinos, una parejita italiana o portuguesa en vacaciones de baratillo, payos como gitanos desprecian mi cartera de señora suficientemente alimentada; a simple vista, mucho peor cualquiera de ellos. Me pregunto durante esos paseos si esa gente tiene miedo a la ley -para ella, la hay-, o puede permitirse todavía el no molestar a uno, incluso el lujo de seguir siendo honrada. Como sea, ni un solo incidente, algo que, más que sorprender, me maravilla vez tras vez. Así que, no debe de pasar nada, excepto que sigo siendo la niña de mente más calenturienta de la clase; pasa por leer tonterías en lugar de estudiar.

Y sin embargo, llegaron ciertas noticias a aportarme tanta luz, que concluí para mis entresijos que los augurios que advertían que algo tremendo ocurría no engañaban y que eso que ocurría nos atañía a todos con una urgencia ineludible y clamorosa. Porque si el alcalde de Marinaleda participó del gesto comprometido de acercarse al supermercado, no a comprar, sino a mostrar el valor añadido de la fuerza de su compromiso con la pobreza -pobreza infligida a fuerza de ser despojados con tozudez, tal que quedó enumerado por la prensa de una y otra ideología, incluso por la desprovista de ideología, más los despojos y latrocinios que, indecibles, se quedaron en el cajón-, y el ministro de Justicia, Ruíz-Gallardón, el de los escapularios introducidos con violencia en los úteros, ha pedido al Fiscal general del Estado, Torres-Dulce, “que investigue lo ocurrido en ese mismo asalto a dos supermercados en Andalucía”, y además, por multiplicar el hierro de la dureza y la fuerza del ORDEN, el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, ha ordenado la detención (?) de los autores de los asaltos a dichos supermercados “en los que participó el alcalde de Marinaleda y diputado por IU, Juan Manuel Gordillo”, pero ni el uno ni el otro dieron antes, ahora, o darán después, orden alguna, que se sepa, respecto a que se tomen medidas, exijan con urgencia amparo para este pueblo, dejado de la mano de la Justicia, en razón de que un ejército de gansters muy bien organizado, armados y con domicilios de todos conocidos, incluidos sus DNI, compraron jueces, dignatarios, próceres, eximios políticos de más de un partido, obispos y párrocos, realezas, clientes de alta y de baja cuna, compraron, pues, cuanto se puede comprar, pagando en especie, en promesa jurada o en contante, para poder entrar por la fuerza en nuestras casas, escuelas, hospitales, residencias de ancianos, jardines y bosques, puestos laborales, centros de dependencia, bancos, instituciones de toda índole, en especial las pomposamente denominadas por el mismo ejército culturales, et caetera, et caetera, en tanto que resulta imposible enumerar tanto bien arrebatado por la fuerza a más de cuarenta millones de personas, legales como ilegales -según denominación y clasificación del propio ejército, no a embriones de seres, sino a embriones cuajados en personas-, llevándoselo absolutamente todo, ¿qué viene a querer significar? No tengo sino una respuesta, que al menos dos ministros del gobierno puedan estar al servicio de ese mismo ejército de mafias que nos despojaron de todo bien y que, por lo tanto, estemos gobernados por gente de nada dudosa reputación, sino por eficaces cómplices, en el mejor de los casos, mamporreros en el peor, de una tropa de mangantes, chorizos, cuatreros y saqueadores, ni siquiera melindrosos en el gesto, sino de gesto romo, groseros y de actividad perseguible, punible y apaleable por la justicia que tiene que haber en alguna parte; en otro caso, me remito a la compra de jueces tal que dejé indicada, haciéndola extensible a su totalidad de no mediar en contra, no esperanza, sino logro eficaz  de una justicia ejerciendo de tal, dado que jugar al pimpón, pelotear expedientes judiciales, por gruesos que sean, depositarlos en contenedores de basura sin destruir por aliviar la carga de los juzgados aún no se considera justicia impartida.

Por si todo ello fuera poco, ayer mismo leí un par de noticias en la prensa, titulares sin más, sin entrar al meollo o medulita de los asuntos. Una, la de que “El BCE predice fuertes caídas de los salarios en España”, otra, inmediata en la portada de todo papel consultado, “Bankia se dispara un 19% y el Banco de València, un 135%”. ¿Por qué un periodista inteligente y piadoso no nos las sirvió juntas, de forma que al lector que se abandona se le provocaran las consiguientes sinapsis, le chisporroteara a modo de traca fallera el cerebro con facilidad hasta la alarma de la propia pareja que, bobalicona, lo observara desde su sillón, para que cundiera la alarma de la pareja e hicieran sonar los timbres de todas las puertas del vecindario español, catalán, vasco y gallego, extensible al resto de autonomías de segunda, tercera y cuarta categoría? Aunque la sinapsis de todas las sinapsis, su producto, el resultado inamovible de un pueblo aficionado a pastar por más timbres que suenen y se oigan. Así que, tendrán que tocar a fuego como antaño las campanas de todas las iglesias de Ratzinger porque la patria de Rajoy arde por los cuatro costados como la ciudad de los gitanos de Lorca. “Tienen, por eso no lloran, de plomo las calaveras. Con el alma de charol  vienen por la carretera. Jorobados y nocturnos, por donde animan ordenan silencios de goma oscura  y miedos de fina arena. Pasan, si quieren pasar,  y ocultan en la cabeza  una vaga astronomía  de pistolas inconcretas”. Una banda de ultranaZionalcatolicistas entró a saco para demoler y prenderle fuego a la España de Franco, como la Guardia Civil en la ciudad de los gitanos del de Granada. Por contarlo, mataron a Lorca, por contarlo, el juez Garzón anda en el exilio, para seguir contándolo hay más teclados y alcaldes de Marinaleda de los que caben en la cabeza y en la lengua de Soraya Sáenz de Santamaría. Que se jodan.

 

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