Disidentes y objetores de la Educación y de la Cultura

 

Sir Ken Robinson nació, como los Beatles, en Liverpool, a sesenta años de la era de los señores de todas las guerras valen, aprovechando la globalización. De 1985 a 1989 fue director del proyecto The Arts in Schools Project, que pretendía mejorar la enseñanza y el aprendizaje de las artes en las escuelas británicas. En 1998, el ministro británico de Educación y Empleo, David Blunkett, lo hizo director del Comité Consultivo Nacional sobre Educación Creativa y Cultura, que llevó a cabo una investigación respecto a la importancia de la creatividad en la educación y en la economía y que alumbró el Informe Robinson (1999), en castellano, “Todos nuestros futuros: creatividad, cultura y educación“. No solo trabajó para el gobierno británico, lo hizo también para el de Hong Kong y el de Singapur, para la Comisión Europea y el Instituto de Artes Paul McCartney. Desde hace unos años, su conferencia “Las escuelas matan la creatividad” para el congreso anual de Technology, Entertainment, Design -TED- sigue siendo una de las más divulgadas con ese contenido. La cámara no pasa por alto que Robinson padeció una poliomielitis en la infancia, factor que sin duda contribuye a que la simpatía que despierta sea aun mayor.

http://www.youtube.com/watch?v=nPB-41q97zg

¿A que resulta un tipo cordial y entrañable? Lástima de público, que más parece de gallinero -cuyos usuarios tan a menudo irritaban con sus risas inoportunas o la valoración en voz alta de determinadas escenas- que de profesionales de la enseñanza, aunque quizá la explicación radique en que, en general, el público que escucha a Robinson suele ser un público siempre fácil.

Lo que importa es lo que dice Robinson y lo que insinúa: su insistencia en que el modelo de escuela que conocimos hasta hoy, el que aún funciona, no solo está caducado, sino que aburre y castra la capacidad creativa de los alumnos, su guasa despectiva hacia la parte más elevada de las personas, la cabeza. La explicación más divulgada al respecto, y no solo por este británico, que se podría compartir o no, pero que en general gusta, se traga bien e incluso se corre el riesgo de considerarla la luz que todo lo alumbra, viene a ser la siguiente: El modelo de escuela que nació en el siglo XIX -la mayor parte de países no instauró un sistema educativo público hasta entonces-, con la finalidad de obtener ‘productos’ adecuados al mundo laboral y social en el que iban a insertarse, era una especie de máquina de hacer proletarios al servicio de su sistema industrial; así que, ese tipo de escuela se nos está quedando obsoleto al ir desapareciendo aquel mundo. Ítem más, considerando que desde hace muchos años -se escuchará clarísima esta lección en el segundo vídeo- la sociedad industrial dedicada a fabricar cantidades ingentes de objetos para el consumo ha sido substituida por otra, la de servicios e información, aquella enseñanza basada en el aprendizaje por repetición debe dejar paso a otra, la de las ideas y la creatividad, en tanto que, además, “no se aprende repitiendo, sino haciendo”, quiero suponer que incluso a escribir otras epopeyas o a erigir nuevas catedrales, pero estas en honor del Becerro de Oro, siempre que nos entreguemos a la escritura o a levantar castillos de arena desde la más tierna infancia en la playa del aula-recreo escolar, o en el parque del barrio. Lo que sí hemos aprendido ya, Robinson, es que los trabajadores del sector que sea no mantendrán el mismo puesto laboral de por vida, ni siquiera durante largos períodos de ella, e incluso consta que muchos carecerán de puesto de trabajo durante largas y jodidas temporadas, durante las cuales deberán reciclarse -¿mediante eficaces cursos del INEM?- para así alcanzar otros de naturaleza más o menos tangencial o sin tangencia que valga. Hay pues que espabilar, y ello se hará estimulando la parte creativa del adulto en ciernes, que nuestros niños y jóvenes aprendan a buscarse la vida inmersos en otro modelo escolar, modelo que me traduzco como de poquita escuela o incluso sin ella. Tal vez porque, con poquita o con ninguna, dolerá menos.

Si en el siglos XIX y buena parte del XX convenía que maestros y profesores colaboraran en producir un proletariado homogéneo de hábitos y costumbres rígidos -sigo con la lección que, expresa o sugerida, anda en uno u otro vídeo-, acostumbrado a obedecer y a ser borrego para estar en condiciones de entrar a formar parte de una familia laboral tediosa y denigrante, pero bastante segura, debiéramos empezar a sospechar que aquella formación que lograba castrar a los alumnos para introducirlos en un mundo industrial de tareas muy especializadas -la de enroscar tornillos, por ejemplo, o apretar el mismo botón, larga jornada tras interminable jornada, tarea que, cuando se le pillaba el truco, que era de inmediato, se ejecutaba cada vez en menos tiempo, recayendo sobre los amos como agua bendita tanta multiplicación de panes y de peces-, ya no nos resulta necesaria, es más, estorba, dado que aquel mundo ha desaparecido y la escuela actual ni siquiera intuye qué nuevos trabajos les estarán destinados a los que ahora son sus alumnos. Lo único seguro es que, cuanto menos piensen, se cuestionen, mastiquen y refunfuñen, mejor para todos, para la sociedad en su conjunto y para ellos mismos, el tiempo de los melindres es ido. Y si no estamos de acuerdo con Robinson -que no nos proporciona todos estos aburridos detalles, naturalmente, tampoco el de que algo habíamos caminado en Occidente, pero que se coligen- es en razón de que empezamos a sospechar, por los síntomas, que se les prefiere cuanto más bestias, mejor, al margen de la memoria, de la creatividad, de los eurekas escolares y de lo que digan. De ahí la enorme urgencia en retorcernos las creencias y la fe de antaño, el que los nuevos patronos hubieran tenido que hacerse con ejércitos de eficaces e ingeniosos cruzados que nos catequizaran a toda leche con la buena nueva.

Oí esta conferencia hace algunos años, y volví a oírla tiempo después, de este mismo y de otros varios apasionados divulgadores. El mensaje es el mismo, el mensajero no importa, y es el mensaje el que despierta sospechas. La primera vez que lo oí no dejó de agradarme la enorme simpatía con la que vehículaba su mensaje, su capacidad de puesta en escena, aunque obviamente no estuve de acuerdo con Robinson, es decir, no logró convencerme el caballero inglés. Queda meridiano, después de oírlo, que lo que mata el desarrollo del potencial del niño o del adolescente es la escuela. Pero, ¿qué escuela? ¿La escuela mediocre? ¿Aquel tipo de maestro o de profesor de la exaltación de la bondad de la memoria casi en exclusiva que todos hemos sufrido? ¿El tedio producido por la escuela de algunas infancias, no la de todos? Analizar las causas de la mediocridad y del aburrimiento inherentes a una parte de las escuelas o de ciertos profesores para corregirlos es algo que rara vez se hizo. Robinson tampoco se lo plantea, va a lo suyo, suyo de ellos, sencillamente considera que la escuela, toda escuela, no es mejorable, es substituible, o más exactamente, y aunque no llegue a decirlo, es incluso prescindible.

Desde hace tiempo, venimos admitiendo la universalización y la gratuidad de la enseñanza, un derecho y una obligación de padres y tutores, en una palabra, la democratización de la escuela. Pero esa democratización supuso que la mayoría de profesores, familias, sociedad, pedagogos, etc., entendieran y admitieran que democratizar significaba igualar a la baja las oportunidades de los alumnos, rebajar la calidad de la enseñanza así como la exigencia del aprendizaje, y a hora de hoy no sé de nadie que sostenga que, con todo y eso, dicha democratización habría tenido que conllevar la misma calidad de antaño y similares exigencias, excepto quien escribe, pero la muestra es tan pobre que carece de interés. A pesar de ello, y tras una vida en la enseñanza, sigo creyendo que si de verdad se hubiera dotado a la escuela de cuanto necesita, mucho más que hace cuarenta, cincuenta o sesenta años, en especial de buenos maestros y profesores, no solo podría sino que debiera haberse mantenido, al menos como aspiración, la misma calidad y exigencia. A esto se le llama, supongo, quedar obsoleto uno y sus convencimientos, ignorar qué se cuece frente a los que lo saben, como sir Robinson y tantos y tantos que se entregan con pasión a desmontar la escuela que hubo -uso escuela por enseñanza con frecuencia y en todas y cada una de sus etapas educativas- y de la que apenas queda sino un melancólico simulacro.

Desde hace tantos años que ni recuerdo ya, con enorme timidez al principio, después con la alegría del que anda de vuelta de casi todo, el discurso que empezó a sonar con indiscutible éxito fue el de que la escuela era, no solo un dinosaurio extinto, sino que debiera cuestionarse su papel en la sociedad actual. Los libros blancos y muchos otros, también blancos, que al respecto redactó un ejército de pedagogos, muy bien remunerados, por cierto, me hicieron regalo de tanto escándalo como de delicatessen -el Drae también ha recibido en su seno, a pesar de la pintiña merkeliana, ese delicatessen– para gozo de mis horas más bajas; solo las palabras y expresiones para nombrar cada hallazgo hacía mis delicadezas … perdón, mis delicias, me inspiraron gozosas anotaciones marginales y fueron mi ración diaria de diversión, y no solo del mío, del de muchos de mis alumnos, encantados con tanta benevolencia paternalista. A nadie le gusta que lo llamen tonto, y mucho menos, de hoy para mañana, la tontería hay que currársela.

En fin, como sea, esto no es un ensayo, apenas la catarsis imprescindible frente al desafío de un ataque por las bravas a mis viejas trincheras, así que recogeré velas. Yo iba a Robinson y a otros que forman el nuevo ejército de evangelizadores al ritmo del estribillo de anatemizar la escuela como sea. Curiosísimo, pero en la primera parte de este otro vídeo -ambiente y público otros- se repiten, casi literales, las palabras del maestro inglés, aunque ya desprovistas de gags, y conste que gag también figura en el Drae porque hace tiempo que también la RAE decidió ponerse a la altura de la democratización general.

http://www.youtube.com/watch?v=9iyI9GFfFWU&feature=related

Uno piensa en la posibilidad de que cientos de miles de máquinas con aspecto humano repartidas por todo el mundo y con la única finalidad de desprogramarnos para introducirnos la nueva programación se hayan puesto en marcha en varias lenguas y al tiempo, los amos de toda esta caterva de charlatanes pueden darse por satisfechos. Porque, además, debo admitirlo, hace tantos cursos que he olvidado la primera señal de alarma, ya muchos de mis compañeros dedicaban sus clases a desarrollar la creatividad de sus alumnos, convertidos de pronto en protagonistas de privilegio de sus aulas -no clases, aquella cosa tan antigua-, cada uno de ellos a la búsqueda airosa y desenfadada de su particular capacidad creativa bajo la bonachona y algo bobalicona mirada de su profesor. Me habría encantado, eso sí, que aquellos loables experimentos en bien del alumno y de la sociedad se llevaran a cabo con decibelios más soportables para la clase de al lado, justo la mía, a fin de que los anclados en el pasado con terquedad rayana en el delito gozáramos al menos de la mitad de la libertad que tenían ellos.

¿Comenzó todo esto a mitad del XVIII con aquel “Laissez faire, laissez passer, le monde va de lui même”? No es posible, aquello fue antes de la enseñanza generalizada, venía a ser el preludio del liberalismo económico, de un neoliberalismo que recoge ahora sus escuchimizados frutos para brindárselos a los profesionales en birlarnos hasta la educación. ¿Se pretende prescindir de una enseñanza que metamorfosea a los infantes más canijos en adultos robustos, cada uno de ellos con su propia visión de sus asuntos y de los ajenos? ¿Por qué no apuran la didáctica simpática y hablan más claro? ¿Sobra la escuela? ¿Por qué? Exijo una respuesta, pero sin chistes y sin empatías. Nuestro viejo temor de que nos iban a convertir la escuela en una simple guardería mientras los padres ociaban o laboraban esperando que un día sus vástagos -a los que solíamos surtir incluso de clínex o támpax-, “insoportables”, los dejaran en paz, fue el preludio o avanzadilla de todo esto. “La cebolla es escarcha cerrada y pobre, escarcha de tus días y de mis noches, hambre y cebolla, hielo negro y escarcha grande y redonda”, ¿podrá volver a ser pan que haga personas capaces de conmoverse, además de gente avisada, o los amos de todos estos listillos lograrán borrar todo vestigio de un saber que no es que no interese, no conviene? Insistamos: no es que la escuela concebida como en los mejores tiempos esté obsoleta, es que resulta peligrosa en tiempos criminales.

Y por cierto y a propósito, ¿sabemos qué pretenden los autores de El infarto de la Cultura o El infarto cultural, “Der Kulturinfarkt”? ¿A qué suena ese titular, ya antes de entrar en materia? Suena a panfleto y, cómo no, suena a más de lo mismo. ¿Y qué pretende toda esa gente? ¿Son meras alegrías para sobrellevar la crisis con algún entretenimiento, o debiéramos rastrear hasta hallar la mano que mece nuestras cunas? Sus autores, tres alemanes y un suizo, Dieter Haselbach, Armin Klein, Knusel Pío y Stephan Opitz, han lanzando la propuesta de cerrar las instituciones culturales subvencionadas por el estado alemán, los museos de arte y los teatros en especial, como medida indispensable ante la recesión económica, la crisis de todas las crisis. Resulta inadmisible, al parecer, tanto derroche de bienes si los disfrutan solo unos pocos. Pero en una carta abierta, con el respaldo o la bandera de la “Akademie der Künste”, Academia de las Artes, artistas como la pintora Rosemarie Trockel, el presidente de la Academia de las Artes en Berlín, Klaus Staeck, el cineasta de origen checo, Harun Farocki, el guionista, productor, actor y director de cine, Wim Wenders, además del Nobel de Literatura -Merkel nos lo guarde muchos años, en otro caso, el Piratenpartei Deutschland o PIRATEN sin más, el Partido de los Piratas-, Günter Grass, lo consideraron violación de cuanto es intocable, algo que pretende destruir la base de la financiación pública de la cultura: “Es un intento sin precedentes de desacreditar la ayuda a la cultura con fondos público”, añadiendo que se trata del último estertor del pensamiento neoliberal.

Aquí lo dejo. Descanse en paz el ser humano. Y sin embargo, siempre ocurre, sé de al menos un niño de siete años que ya lee y escribe con cierta soltura latín y griego, que se tutea con las viejas mitologías, que no sabe de más dioses que aquellos, que acude con sus padres a los museos, que frecuenta la escuela pública de un barrio berlinés, junto con niños turcos, italianos, latinoamericanos y alemanes, y que ha de saber ya que de ciertas sectas o clubs religiosos, políticos y económicos conviene alejarse. Su hermana, de tres, está iniciando el mismo camino. ¿Y qué significa? Significa que, pese a todo, unos cuantos, quizá muchos más de los que sospecha el mundo neoliberal con sus ideólogos, sus politiquillos y sus ejércitos de habilidosas abejitas apañándoles toda la miel, exigirán, exigimos, erre que erre, otro mundo, un mundo de personas para personas, jamás otro, ni de muertos vivientes, ni de obedientes autómatas, y todos esos mártires se van formando, no para alcanzar el paraíso de la huríes, sino para divulgar y ser modelo de esta otra querencia, porque además y a pesar de todo vivirán mejor y podrán enfrentar al enemigo con el arma más poderosa de la que haya noticia hasta el momento, su propio cerebro, nunca el de otros que todo lo cuentan por bulerías abyectas.

http://www.youtube.com/watch?v=rV4KXd2m39Y

 

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