La Crisis de todas las Crisis (serial sureño sistémico)

 

“El corazón de todo escritor alberga una esquirla de hielo”
Graham Greene (1904-1991)

 

Del serial La Crisis de todas las Crisis -de factura norteamericana no al uso, ya que se trata de un género indefinido hasta el momento, cuando llevan producidos y exhibidos miles de capítulos de obvia querencia postmodernista y, al tiempo, guiños a diversos clásicos europeos, en particular alemanes-, con el que llevan hurtando el tiempo y las ganas de vivir la vida todos los medios de comunicación a la ciudadanía, choca no solo que siga manteniéndose en escena, sino que atraiga a un público a todas luces excesivo que, por otra parte y como raro suceso, ha devenido en estado de estupor y semicatatonia, multitudes paralizadas por este síndrome patológico frecuente en muchos esquizos, sin que al parecer, consultados expertos psiquiatras, pueda hablarse de esquizofrenia como enfermedad colectiva, dado que precisamente en ese caso tumbaría el concepto que la psiquiatría tiene de esquizofrenia y de quienes la padecen. Es la noticia de las noticias, apenas hay otra, el serial y los muertos vivientes, por así llamar a todos estos espectadores dormidos, querida María Ostiz, nunca poetas, ni de puerta adentro, ni de puerta afuera.

Y uno se siente irritado, más que molesto. ¿Qué tiene esta serie autocomplaciente con la vileza neurótica de su trama y de sus personajes que no hayan tenido otras que ya vimos y que vieron incluso nuestros antepasados? ¿Por qué tanto suspense, si estamos todos ya muy creciditos, aunque admito que no tan informados y educados como debiéramos? ¿Qué nueva y extraña patología se ha apoderado de gentes que no hace tanto tiempo apenas leían prensa o escuchaban informativos? Lo cierto es que no sabría responder a estas preguntas con el rigor requerido, sí llamar la atención, como resultado de una exhaustiva observación, sobre el lenguaje de los personajes y el del propio narrador, y esto ya desde el primer capítulo, tan ambiguo como alarmista, y en el que, a medida que los capítulos se suceden, arrecia el tremendismo con el que los más de ellos empapan sus anómalas intervenciones lingüísticas cuajadas de personificaciones, sorites, pleonasmos, eufemismos, hipérboles, concesiones, intertextualidades, paradojas, glosolalias… ¡qué sé yo!, a la procura de un ambiente de ficción truculento y catastrofista, decantándose siempre por superlativos que superen a los utilizados en el capítulo que precede. Qué sería esperable oír, me digo, después de haberse comulgado expresiones como ‘al límite de la miseria económica’, ‘al final de Europa’, ‘al borde del colapso’ o ‘de incierto resultado planetario’ y demás. En todo caso, no hay dios que lo aguante, nos hallamos ante bazofia populista y demagógica y, sin embargo, hasta los más eximios intelectuales, no solo ven este serial y aun alardean de ello, sino que escriben reiterados y plúmbeos comentarios con análisis y críticas sobre este o aquel otro aspecto. La metáfora más cercana, en la geografía y en el tiempo, que se me ocurre respecto a cómo avanza la trama sería el reciente y devastador incendio de estos días pasados en el País Valenciano, cuando el cielo se mostraba apocalíptico, el aire era irrespirable a más de sesenta kilómetros a la redonda, la ceniza enterraba los objetos y los libros, la ropa que vestíamos, pero absolutamente ninguno de nuestros gestores movió un dedo durante horas y horas y horas, en tanto que el viento de poniente jugaba a su aire con las mil lenguas de fuego desatadas y la población se preguntaba despavorida quiénes se harían cargo de aquel caos infernal, mientras que unos por falta de órdenes y los que debían darlas, sin darlas, el incendio progresaba a la suya, llevándose por delante más de cincuenta mil hectáreas de bosque con sus ecosistemas, casas, coches y enseres de todo tipo, y ello sin considerar a sus pobladores -recuerden que hace ya tiempo que, en las enumeraciones, a las personas conviene ponerlas al final, en el caso ineludible de tener que considerarlas-.

Personajes con nombres que juzgo abstractos, personificación de la infamia, sofisticados y no exentos de una buena dosis de marrullería, en general pluralizados  por influencia de alguna neolengua, como Mercados, Agencias, Bancos, Finanzas, Bolsas, Primas y Rescates, se adueñan del ánima de casi todos los ciudadanos del sur, que no piensan sino en no perderse el capítulo diario, el que rara vez rumian, sino que, vacíos, permanecen expectantes y ansiosos hasta ver el siguiente para, una vez visto, caer de nuevo en la ansiedad y en la angustia en obvia reiteración del proceso, razón sin duda por la que los episodios se lanzan por todos los medios y simultáneamente en varios países, aunque cada uno de ellos difiera del de al lado en cuanto al número de episodios engullidos, a saber, Italia, Grecia, Portugal, España, pero incluso, al parecer, un ejército de irlandeses, franceses, y aun británicos y alemanes, no son ajenos al serial y han visionado -en este caso, de uso pertinente este ‘visionado’ por relacionado con ‘visión’, en tanto que, mientras son espectadores, pero en especial a posteriori, consideran reales imágenes y fantasías producto de sus enfebrecidas mentes- varios capítulos con obsesión también visionaria.

Curiosamente, a pesar de que la ideología machista está presente en todos los episodios, los protagonistas más visibles de esta serie no son precisamente los citados, sino personajes intermediarios, con frecuencia incluso femeninos, jamás sumisos a los varones; por el contrario, es habitual que los sometan y los hagan víctimas de vejaciones, humillaciones y aun malos tratos, pero me resisto a llamar al fenómeno maltrato de género, dado que el género de estos personajes, en apariencia femeninos, como acabo de decir, resulta de dudosa clasificación y nada dudosa reputación, en cuanto que al parecer la perdieron. Nombres recios, como Christine Lagarde, lo más opuesto a una francesa tal como se venía concibiendo aquí abajo, más al sur, en cuya boca el guionista pone, después de unas cuantas docenas de capítulos con la pretensión que haber logrado hacer creíble al personaje, que “habría que bajar las pensiones de las personas jubiladas por el riesgo de que la gente viva más de lo esperado” -y considérese o téngase muy en cuenta en relación a la innovadora filosofía que el personaje en cuestión aparenta unos sesenta y tantos años bien llevados, aunque la actriz asegura no pasar de los cincuenta y seis-, o Angela Dorothea Merkel, de unos sesenta largos peor llevados, de tópica derivación desde su entregada militancia en la Juventud Libre Alemana y en las Juventudes Comunistas de la RDA, a un entusiasmo repulsivo por la ultraderecha capitalista más antiestética, agria y fascista, con el desagradecimiento propio de cualquier cristiano demócrata hacia el sistema y la universidad que, no solo la educó y formó y donde cursó sus estudios de gracia o de balde, sino que le facilitó además un doctorado, la Universidad de Leipzig, ciudad perteneciente por entonces a la RDA. Al parecer, se trata de un fenómeno curioso que se repite desde hace décadas en todas las culturas occidentales, el hecho de que personajillos procedentes de la izquierda más radical dan en metamorfosear en fascistas, fenómeno muy presente por cierto en el Berlín actual en el caso de berlineses nacidos, crecidos y educados en el este y devenidos fascistas años después de la caída del muro, aunque merece la pena recordar que el fenómeno también se registra aquí, a casa nostra, piensen, si no, en el paradigma que al respecto es Rafael Blasco, esa cosa, y ciertas repugnantes sabandijas de la prensa de La Caverna, siempre al servicio del filofascista Partido Popular, presente, pero ya veremos por cuánto tiempo.

No me importa confesar que he visto algunos de esos capítulos, cómo poder escribir sobre ellos si no, e incluso admito haber sentido cierta desazón y angustia cuando demoré el abandonarlos. Se ha corrido la voz de que se trata de un remedo solemne y manipulador de la nueva situación económica, política y social, aunque, a poco que contrastemos, no se halle coincidencia digna de reseña entre esa trama y estas vidas; tampoco parece ambiciosa la intención de la ficción, si acaso la tuviera. Me consta que no soy la única, sino que somos muchos quienes no logramos ver nuestro día a día reflejado en esa producción despreciable. Es posible que, si un producto tan ambicioso hubiera sido concebido con cierta credibilidad en la trama y en los personajes, servido como género bélico, por ejemplo, y con los tintes realistas inherentes al género, desencadenantes, circunstancias, declaraciones explícitas, estrategias, tácticas, sacrificios y víctimas de uno y otro lado, la sangre sugerida al menos, es decir, la progresión de un conflicto bélico postmodernista, intuido un planteamiento, nudo y desenlace -algunos somos muy rigurosos en este tipo de exigencia-, podríamos considerarlo y tratar de hallar y declarar alguna verosimilitud en esa multiplicación de desastres. No es el caso.

Y sin embargo, a pesar de los porcentajes cuasi fabulosos de seguidores, en la calle la vida parece seguir más o menos como siempre. No sé muy bien cómo, pero tras de cada episodio de la serie, la gente trabaja y cumple casi con sus responsabilidades, por otra parte tal que siempre ha ocurrido, y el sistema funciona, un poco a medias tal vez, un poco con la languidez de la resignación y la pereza del ensueño, pero la prensa no ha dado noticia alarmante al respecto, obsesionada en exclusiva con el folletín al que vengo refiriéndome. De otra manera, los abducidos, por así llamarlos, siguen siendo los ciudadanos cuerdos y responsables de siempre, debiendo ser interpretadas cordura y responsabilidad con las limitaciones propias de la humanidad a lo largo de su historia. Es cierto que, a veces, alguien desaparece, al poco, otro y otro, y que cuando, interesándose uno por esas ausencias, pregunta, la respuesta suele ser vaga, una brizna evasiva o con algún misterio depositado en las palabras seleccionadas con delicadeza, como si se tratara  de una ausencia temporal que, por lo mismo, no merece la pena comentar. Así que, algunos de quienes no estamos enganchados a la serie hemos llegado a la conclusión de que probablemente algo debe de estar pasando. Sí, ¿pero qué? Esa es la cuestión, sin duda. Y por cierto, antes de que comiencen las suspicacias tras la lectura de este texto, indicar que resulta rechazable dejar constancia, por su rotunda obviedad, de que los gobiernos de varios países occidentales, por no decir de todos, a pesar de haber perdido todos los nortes, insisten en que cada uno de los capítulos emitidos es verosímil y excelente, pero sin que se acompañe a la valoración argumentación o razón alguna. ¡No son tiempos de usar la razón, es el progreso, imbécil!, parece que dijo alguno de ellos en la intimidad de su despacho. Es decir, que el valor del producto se considera per se, sin más, y es tolerado para todos los públicos.

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s