Momento sísmico

 

“El que mira a los demás pierde el equilibrio y cae en picado”.

Gustav Meyrink (Viena, 1968-1932)

 

Fuera de ese pequeño rincón donde pasas horas leyendo está la vida real, le dicen con sorna. Algunos reflejos de esa vida se cuelan, si lo desea, a través de la ventana de un enorme ordenador adquirido muchos años atrás, que resultó algo excesivo para sus necesidades, por lo que quizá seguía respondiéndole como el primer día. Aunque el concepto o la sensación de vida real debe de diferir de persona a persona, la suya transcurría con sus emociones, sus momentos de desasosiego y de tensión, su dosis de frustración, de humor y de placer en los libros, tal como fue durante su infancia, su adolescencia y, a temporadas cortas, ya adulta, las que le regalaba su otra vida real.

Cuando le urgía enterarse de qué ocurría en esa otra vida que no es la de los libros, repasaba en internet titulares de varios periódicos o leía algunos de sus artículos, firmados por nombres que terminaron por resultarle familiares. El ruido y la obscuridad de un mundo enemigo, el del sinsentido, la incoherencia y la sinrazón, se adueñaban entonces de ella, que se decía vagamente que debía de haberse ido quedando ciega y sorda, que quizá estaba agonizando o, peor, que el cerebro no era capaz de ajustársele al ritmo de lo que iba pasando. Pensaba que había titulares con los que habría podido soñar Kafka, Artaud, Beckett, Ionesco, Camus y alguno de sus amigos que nunca le habían encontrado sentido al mundo tal como lo concebían los demás; esos titulares permanecían en su sitio durante unas horas para, poco después, ser substituidos por otros que ponían en cuestión los anteriores o lo desdecían o contradecían. Al menos era su sensación.

Los artículos de opinión, a pesar de que palpaba un esfuerzo considerable por parte de sus autores por decir algo diferente a lo que habían dicho en el anterior, o a lo que había dicho el articulista de al lado, le provocaban hastío antes de lograr engullir las primeras seis u ocho líneas. Así que, se quedaba dándole vueltas, como a un trofeo, a un término mal utilizado, a una forma verbal errada, al descuido oracional por el que cierto sintagma determinaba un núcleo inconveniente, de suerte que el juicio resultante era gloriosamente disparatado, cómico. Aquellas diminutas preciosidades lingüísticas eran las ferocidades de sus propias nanas de la cebolla y actuaban como vínculos sólidos entre su capacidad de ternura para con el prójimo más endiosado y la sonrisa que le despertaba ese mismo endiosamiento. Entonces era capaz de emitir juicios rotundos, juicios consistentes y de intensa coherencia con sus convicciones lingüísticas. Pero se reía de esas convicciones después, se reía de la expresión con la que las nombraba, ese credo o esa fe académicos que la ayudaban a vivir con humor frente a la alegría, también lingüística, con la que escribían firmas prestigiosas. Pero todo aquello le hacía evocar con alguna nostalgia una lucidez que tiempo atrás había estado presente a lo largo y ancho de un periódico, como parecía que lo estuviera en lo que decían los amigos en los felices tiempos en que el mundo parecía tener sentido, mil años de eso.

Cuando salía y veía y oía y observaba, su pasmo se hacía mayor dentro de la enorme bola de niebla que se interponía entre su cabeza y esa otra realidad de la que ya no formaba parte, quizá desde las primeras fugas del sistema. Porque si quisiera metaforizar cómo solía llegarle el despropósito en el que vivía instalada y cómoda, al parecer, la mayor parte de la gente que conocía, ese disparate que hizo casa en cada uno de los más y menos próximos, diría que era tal que si, no uno, sino dos o tres reactores nucleares, hubieran reventado como en Fukushima, horror del que, por cierto, pensaba, ya no supimos nada más, no hubo más noticia a no ser con cuentagotas, en lugar de seguir informándonos de fugas, de niveles de radiación, de qué tal se iban llevado el uranio y el boro con la gente, qué había de General Electric, de Westinghouse o de Tokyo Electric Power Company, de la salud de los japoneses, cómo vivían desde los últimos seísmos, del tsunami, con unas dosis de yodo repartidas como aspirinas para prevenir cáncer de tiroides. Pero estos otros reactores explosionados a los que se refería reventaron como con sordina, de forma que nadie había mostrado síntomas de haber oído o sentido algo fuera de lo normal, ni siquiera parecían haberse enterado por los medios de comunicación, a pesar del derroche de palabras, o quizá porque ese derroche actuó justo de sordina, aunque muchos hubieran empezado a comportarse y a vivir de otra manera. Nadie dijo haber oído el enorme petardazo que ensordeció de por vida a millones de personas.

Suponía que la explicación podría hallarse en que el estímulo excesivo, el sobresalto diario, termina por ir desconcertando cada vez menos, porque lo cierto era que no se vivía vivaqueando, sino habiéndose instalado los más, como para una vida, la tienda de campaña definitiva en el camping de la amenaza diaria, del castigo y del miedo, pero sin reconocerlos ni nombrarlos, a fuerza de haberse tuteado con todo ello el tiempo suficiente, ese tiempo que juega a favor de una confianza que cree con fe ciega que nunca llegará a pasar mucho más. El exceso de estímulos provoca que dejen de actuar como tales, muerta la capacidad, no hay reacción. Si se convierten en hábito las noticias más inquietantes, entran a formar parte de nuestra vida, de suerte que, si lo inquietante y lo amedrentador cesara de pronto y amaneciéramos en un remanso de tranquilidad, entonces sí nos inquietaríamos de verdad. Se puede vivir desesperanzado, sin alicientes, con el miedo asumido y en constante humillación, ignorar que ocurrirá al día siguiente, si uno se acostumbra a ello. Y dicen que el hombre es un animal de costumbres.

El día anterior había sido uno de esos días de contactar con la realidad del exterior de la nave, la de la gente normal y saludable. Había estado comiendo en la terraza de una cafetería con unos amigos. En la sobremesa, miró el reloj y dio un respingo: -Las seis menos veinte, ¿no habíais quedado a las cinco? Cundieron las prisas, se levantó la gente y ella les tendió con gesto apresurado las llaves de un coche que ni era el suyo. -Lleváoslo, venga, daos prisa… Al quedarse sola, respiró con alivio y comenzó a meter en el bolso con total parsimonia las gafas de sol, la cartelera Turia, el móvil, el tabaco… Pero, antes de levantarse, un titular la incitó a abrir un periódico abandonado en el asiento de una de las sillas vacías. Leyó perezosa por encima sin entender, o sin querer hacer ese esfuerzo, lo plegó y, a punto de irse, le llegó nítida la frase de una de las dos personas que se habían sentado en la mesa contigua. Tensó el oído y enseguida decidió hacerse la remolona como si, ya dispuesta a irse, la asaltara el capricho de prolongar la caricia del vientecillo que se había levantado de pronto. Miró con discreción a quienes había juzgado por encima de los sesenta y le sorprendió que a uno como a otro les quedara sobre una década para alcanzarlos. El timbre de aquella voz, la del varón, era hermoso, y el habla de ambos, la entonación, ponía de manifiesto cierto grado de educación.

C. No lo sé … Pero hace tiempo que me cuesta vivir … Quiero decir que lo más nimio, salir a comprar, llamar a alguien por teléfono, quedar para unas cañas, decidir qué comer o a dónde ir, se me hace tan cuesta arriba, que termino renunciando a lo que hace nada hacía de forma inconsciente. Y lo de dormir, pues ya sabes, un par de comprimidos.

J. Sí, me pasa otro tanto. Trato de controlar, de seguir viviendo como siempre, a pesar de que no hay dónde poner los ojos, le doy vueltas a esta situación. ¿Te das cuenta de que no la habríamos anticipado nunca? Acaso muchas otras, pero esto … A los que nos negamos a maldecir como único exorcismo, nos ha dejado sin palabras, o con palabras que acuden como excepción a la llamada, y la mía es tan desesperada, que no encontrarlas me parece otra catástrofe. No es que me esté aturdiendo el miedo como les ocurre a algunos, es como no ser capaz de entender qué sucede, o qué me sucede a mí en particular. Y cuando uno es incapaz de saber qué le ocurre, dime cómo se puede salir de vacaciones o telefonear para quedar, si además estás harto de saber que aquellos con los que coincidías en todo casi entienden menos que uno mismo. Así que le escapo hasta a la compañía … De hecho, contigo he hecho una excepción (mirándolo con una sonrisa). Y es malo, supongo. De lo único de lo que soy capaz es de currar, de hincharme a leer periódicos, a escuchar música… Trato de evadirme, de animarme, pero reconozco que nunca me llega aquella facilidad de vivir que tenía, siempre está ahí esa puta inquietud.

C. Pero, ¿qué es lo que está ocurriendo? Digo, aparte de la crisis, o llámalo como quieras, de esta catástrofe económica, del cinismo, de los atracos y la prepotencia de este gobierno de mierda o de coña. Pero, hombre, siempre supimos cómo son, y además, no es la primera vez que gobiernan. El problema es económico, ¿no? Estamos ante una crisis brutal, frente a la que no tienen idea de qué hacer. ¿O es una cuestión al margen de los políticos y de la política?

J. ¿Al margen? ¿Cómo que al margen? No hay nada al margen de la política, Carmen, lo que llamas crisis económica también es política. O dale la vuelta, algo se ha movido, se mueve, para fumigar dirigentes políticos e ideologías. Aquello que llamábamos representantes del pueblo, aun con mucho descreimiento, se transformó de la noche a la mañana, aunque ya hubo mil síntomas de que quería ocurrir, en nuestro enemigo más brutal, mendaz e hipócrita. Sobre todo porque están, como está Merkel y el poderoso mundo que manda en ella, instalados cómodamente en tu casa. La educación, la sanidad, los servicios públicos, los proyectos de vida, todo voló o terminará por hacerlo … ¡Ale hop, voló! No se trata de que desconfiemos de los políticos a la vieja usanza, estamos permitiendo ser aterrorizados a diario por unos o por otros, de aquí o de un país extranjero, y cualquiera, cualquiera, fíjate, que no sabes de dónde coño ha salido, nos dice lo que tenemos que hacer. Y siempre espero que mañana sean capaces de llegar aun más lejos … Nos prescriben ricino para hoy y más ricino para mañana, y digo, mañana, lunes, no aquel mañana que había en la lengua cuando nos creíamos dueños de nuestra vida y hacíamos planes de futuro. Este mañana que te digo, este lunes, martes o miércoles es otro día más que nos trae peores noticias que las del día anterior. Y a ver quién es capaz de moverse o de hacer otra cosa que estar pendiente de toda esta locura.

C. Pero la gente está reaccionando. A ver cuándo tú o yo, o nuestros amigos, habíamos acudido a una manifestación. No sé, un par de veces quizá. Y nunca imaginé que compañeros, amigos, no sé … vecinos, gente que jamás se movió por absolutamente nada, esté acudiendo a cada manifestación a exigir el final de todo eso. Y están en twitter, en facebook, en las redes sociales…

J. (cortándola) Demasiado tarde. El sistema o el régimen engulle todas esas procesiones que resultan beatíficas, beatas… Ninguno de los sinvergüenzas las teme, forman parte del día a día, del paisaje. Actúan como los partidos de fútbol, como las salidas a celebrar que ganó el Barça o el Atlético. O como el botellón. Sí, mira, últimamente me veo en la calle como a los chicos del botellón, y estamos hartos de saber lo bien que les viene a todos estos que la gente, ya que escasea el dinero, canalice por ahí su tiempo, su desesperación o su rabia. ¿Cómo decirlo? Al menos, animan la tristeza de una paz aparente que apesta, es el lugar donde quedar, al que salir, el lugar de encuentro, un sitio de rabia y de consuelo compartido. Respecto a las redes sociales y demás, ¿recuerdas aquellas serpientes de verano de cuando éramos chicos? Pues eso, al menos duraban un verano, un par de meses, pero las movidas y éxitos de las redes duran una semana, un par de días. Le siguen otras que vuelven a captar todo el interés y nadie recuerda de qué iba la anterior.

C. Pero, ¿qué dices? Los fulanos esos se ponen de los nervios, saben que los móviles, internet, las redes sociales logran que las protestas se vean en el mundo entero. En Europa, en Alemania en concreto…

J. (risas) ¿En Alemania? ¿En el mundo entero? Venga, no seas boba, coño, háblame de un sistema que ha estallado sin que se hayan enterado arriba de … no sé, ¿unos miles de personas en este país? Vayamos de verdad al origen, a cómo ocurrieron las cosas, por y para qué, al mundo de la banca y de las altas finanzas que jugaban con la responsabilidad y el sentido común de un lactante o con la avaricia de un idiota. Y respecto a ese mundo en el que crees, Alemania, Europa entera, entérate de que les vienen muy bien los sinvergüenzas que nos gobiernan, lo que no les venía bien era Syriza, por ejemplo, joder (ríe). Además, primero tendrían que saber distinguir entre algarada y algarada … Sí, si hablaran castellano dirían algarada o puta procesión; hay que haber nacido aquí para poder diferenciarlas. Hoy, los estudiantes o el orgullo gay, mañana el 15M, pasado, los antiabortistas, el domingo, las víctimas de unos o de otros reclamando lo suyo. ¿Ante quién? ¿Hay alguien en alguna parte? Víctimas del paro, de la minería al carajo, de accidentes de tren, de la sanidad, de la enseñanza… ¡Buuuf! Creo que nos estamos empujando al despeñadero, a la rutina como mínimo. Se trata de protestar, perfecto, pero ni por el lenguaje con el que se protesta se diferencia una protesta de otra, usan el mismo hasta los fascistas, los lameculos, los obispos y su parentela, apelan a la justicia y a la democracia con las mismas palabras. Hemos terminado en un infierno en el que todo vale, vale lo mismo una actitud que la contraria, estar tomando unas cañas, como nosotros ahora, o caminar durante horas por las calles para reivindicar lo que sea.

C. Cállate, cuando te pones a decir tonterías, eres de sobresaliente. No crees lo que dices o no sabes lo que dices.

J. Me callo, de acuerdo, aunque lo cierto es que quería ir bastante más lejos.

C. (?)

J. En una de esas protestas por la enseñanza pública había un chico muy serio con la cara pintada que me llamó la atención. Estaba clavado en su sitio contra los que avanzábamos y sostenía un cartel: “Mandan porque obedeces”. ¿Lo recuerdas?

C. No…

J. Sí (más risas), no vayas a asustarte, por Dios, hace un tiempo que la gente se asusta ante lo único que no debiera, pero actúa y vive como si lo más natural del mundo fuera que nos lo robaran todo, absolutamente todo, incluido el lenguaje y la esperanza, que se enriqueciera a costa nuestra una gente a la que no presentarías a tu familia… Y no hablo solo del PP, conste, aunque merezca una obra en varios volúmenes, o del PSOE, hablo de la gentuza que se enriqueció en todo el mundo, estos también, por supuesto, pero robando de una manera más… tradicional. Y cuando el juego no les siguió funcionando, pensaron en nosotros, que les pagáramos las pérdidas y el montaje de sus juegos, y con modos peores que todos los Al Capone del mundo.

C. ¿Nos vamos? Tengo frío …

J. (titubeando desconcertado, pero levantándose enseguida, con resolución, seco) Sí, vámonos.

Los vio alejarse mientras contenía un impulso adolescente. Decirle a aquella mujer que no se marchara aunque tuviera frío, que le prestaba el suéter que la acompañaba aun en verano. Tenía algunas cosas que puntualizar y otras que añadir a las que le había dicho su amigo, que realmente no había hablado para ella, porque unas tres veces la mirada de aquel hombre se había cruzado con la suya y así se lo había dado a entender. Se levantó por fin y caminó despacio en dirección a casa, donde pensaba comenzar otro libro. Le había encantado El Golem, El rostro verde, quizá menos, El dominico blanco. “¿Usted cree que todos aquellos que están circulando ahora mismo por estas calles poseen un Yo? No poseen nada. Son poseídos en cada momento por un fantasma que desempeña en ellos el papel de un Yo”, recordó haber leído en alguna de las páginas de Gustav Meyrink, el lúcido y adorable austríaco.

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s