Reincidencias

No hace tantos años nadábamos en la abundancia, pero ya se nos ha puesto en nuestro sitio, el sur tremendo de los robados, los burlados y los desheredados. Aún guardo nítidas en la memoria escenas y secuencias de cuando era preciso reservar mesa en los restaurantes de cualquier nivel con días de anterioridad -a mayor precio, no a mayor calidad de viandas y servicio, mayor antelación requería la reserva-, lograr cita en la peluquería, en el nutricionista, entradas para el teatro o el concierto, la frecuencia con la que se obraba en casa, se cambiaba de muebles, de piso, de coche, de televisión, de portátil, de móvil, se viajaba a lugares cada vez más exóticos -es que los que están más cerquita, ¿sabes?, los reservo para cuando el Inserso, solían decir, sonriendo irónicos, felices y a eones de la vejez incluso los sesentones-, los taxis escaseaban y ciertos días ni intentarlo merecía la pena, las tiendas atendían con indiferencia en el mejor de los casos, en el peor, con grosería, los supermercados consideraban con pereza los envíos a domicilio aunque los cobraban muy bien porque, cómo decirlo, faltaban manos… Así que, se las pedimos a Inmigranlandia y fuimos servidos de inmediato, pero hace dos días un nacional quiso robarle la bicicleta a una amiga uruguaya. En fin, todo eso y mucho más hubo hace muy pocos años. Consta que ahora, no solo no ocurre, sino que se puede entrar en la primera tienda o restaurante con que tropecemos donde se nos atenderá como si fuéramos parientes políticos de Urdangarín. Casi todo está desierto, salvo los establecimientos de restauración donde ciertos días a determinadas horas aún se producen llenos, pero me refiero casi en exclusiva a los restaurancillos de medio pelo, a cervecerías, bodegas, barcitos y análogos, muy en especial a sus terrazas, que siempre gozaron de preferencia en la costa mediterránea y más desde la prohibición de fumar en el interior. No sé dónde comerán los que nos esquilmaron, o quienes, no habiéndolo hecho directamente, multiplicaron sus capitales aun durante la crisis, porque las crisis siempre enriquecen a unos cuantos, cuestión, supongo, de selección natural, que favorece a los más vivos, dotados y hábiles. Quizá se vean obligados a comer recluidos en sus cómodas mansiones o en sus lujosos yates, esa penitencia añadida.

He dicho muchas veces a quien quiso oírme que, si esto que está ocurriendo ahora y que cogió por sorpresa a los más, angustia, cuanto le precedió, aquel enojoso y desolador paisaje de nuevos ricos ineducados que se abrían paso a codazos en las paradas de taxis, en la recepción de los hoteles de cualquier ciudad, en los aeropuertos, a la entrada de un concierto o, por ir al detalle, en el restaurante triestrellado Michelín catalán o vasco, no solo me deprimía en extremo, sino que me desalentaba y afligía, que recibía el fenómeno como una prueba más de que este país resultaba tan duro, insoportable e irresponsable en la riqueza como en la pobreza, por sintetizar mis reflexiones de entonces. Fue el tiempo en que los alumnos estuvieron más insoportables -sus padres, quiero decir, las conductas de los niños son miméticas de las de sus progenitores, es el problema o la fortuna que tenemos como padres-, no solo en cuanto a conducta en el aula, sino porque colgaban los estudios para irse trabajar con el papá, como suele decirse en València. -“Lo hemos decidido ayer entre los dos, ¿vale? Y que te lo diga, ¿o tengo que decírselo al director o borrarme en algún sitio?”-, y porque era muy frecuente que advirtieran a sus profesores, cuando lo hacían, que al día siguiente, un jueves, pongamos, ya no acudirían a clase porque se iban con la familia a pasar el fin de semana … a París, a Barcelona, a Londres. No se pedía permiso, qué tontería, se jactaba, chuleaba incluso el pobrecillo delante de sus compañeros. -“Ah, y seguramente no regresaremos hasta el martes, el miércoles puede que ya venga, profe”-, acompañado el consuelo de una sonrisa joven, franca y sobre todo feliz.

Este país nuestro siempre tuvo muy mala suerte. No llegó a gozar del privilegio de que al menos tres generaciones seguidas hubieran logrado terminar con éxito su educación, ni nombro la superior, como ha venido ocurriendo en los más de los países europeos. La Guerra Civil interrumpió la esperanza de llegar a alcanzar esa educación familiar que luego pasa de padres a hijos y en la que se apoya siempre con éxito la escuela, y en la actualidad la perdimos -ni el PSOE ni el PP tuvieron grandes pretensiones al respecto ni siquiera cuando la “riqueza” o camino de ella, no soñaron con una escuela pública gratuita, de calidad y laica, esa que curiosamente se reclama sin saber los más qué significa calidad o laica-, ya antes de que se nos echara encima el mundo encarnado en Merkel, o fuera desplazado el universo por los mercados. Lástima, porque ese fracaso podría explicar tantísimas cosas que no se entienden, entre ellas por qué se ha votado con total irresponsabilidad al PP en el País Valenciano, donde todos sabíamos a qué punto nos había burlado y arruinado gente peligrosa de la peor calaña e inexistente educación, por más licenciatura en Derecho, ese universitario mínimo, o en Economía que hubiera habido. O por qué unos fulanitos que deletrearán el catecismo del Padre Astete con dificultad se permiten buscar al juez hecho a su semejanza capaz de aceptar una denuncia contra Javier Krahe por ser persona, qué contradiós, mientras unos y otros, la Iglesia Católica y adictos, la Justicia, despiden con una palmadita en el lomo a sus delincuentes cuando se van de viaje a blanquearse en las playas de ciertos paraísos.

Pero no comencé a escribir con la pretensión de profundizar en este tema, sino con la de describir algo muy curioso que desentrañé ayer, a lo tonto, que es como hacemos los grandes descubrimientos con frecuencia; pasan por ahí, nos percatamos con total lucidez de que así es y atrapamos uno al vuelo. Desde hace muchos años, al comienzo de esta era en la que casi todos se habían lucrado ya de la bonanza económica, vengo siendo testigo consciente y privilegiado de cómo se iba inflando la indiferencia por las cosas importantes, mientras en proporción inversa crecía el desparpajo, la irresponsabilidad, la chulería y el nuevorriquismo, al tiempo que la costa, la mediterránea en especial, desaparecía entre grúas y moles de cemento, y a mí, me amedrentaba la posibilidad de que la fiebre alcanzara la tierra en que nací, herida de muerte que había sido ya por los hilitos de plastilina del Prestige de Rajoy and Company, años que vengo diciendo que ese espectáculo ya lo había vivido, pero no sabía cuándo, quizá en otra vida. Por fortuna, a mi tierra llega casi todo tarde y mal, excepto los caciques, porque nacen allí mismo, entre sus fragas, rías, ríos, pazos y ante el mismísimo apóstol Sant Yago, los cría robustos la tierra de Pondal, Rosalía, Castelao, Ramón Cabanillas, Celso Emilio Ferreiro, Antonio Manuel, Álvaro Cunqueiro y tantos y tantos otros fillos da terra; y al tiempo, crece vigorosa la pobreza moral y educacional de los gallegos que van engordando las redes clientelares, a cuya sombra arraiga y se eterniza el caciquismo. Los dioses se lo regalaron casi todo a mi tierra, incluido un clima que no agrada a la mayoría, más inclinada al sol que calienta la playa hasta medianoche y aun a las carreteras y autopistas rectilíneas y agobiantes. Y además llueve, y que siga lloviendo por muchos años. La fiebre llegó más tarde y menos agresiva, pero llegó, y una pequeña muestra, aunque feroz, la constituye el complejo de viviendas de lujo que ciertos políticos del PSOE se atrevieron a construir en Arousa, una isla no hace cuarenta años casi virgen, un complejo de viviendas de lujo conocido como Villa PSOE, levantado a veinte metros de la orillita de una mar tan transparente, que pareciera mentira, pero se ordenaron al tiempo piscinas en su interior, porque dedicarse a la política no salva de ser palurdo de por vida.

A lo que iba. No solo me sonaba a vivido, sino que debo confesar que me asqueaba, y por mucho motivos, ese tiempo en el que unos robaban a manos llenas y otros cobraban salarios de cátedro universitario con todos los sexenios a cuestas, a pesar de ser a duras penas escayolistas o peones de albañil o fontaneros de escasa o ninguna formación en su oficio, y por lo mismo, sin que sonara alarma alguna en ninguno de ellos, muy al contrario, ellos y nosotros, sus clientes, jugando al juego del “Bah, che, tú, sin IVA, ¿no?”, al del alta en la Seguridad Social racaneada, al te pago en negro de los negreros, y a otros muchos juegos que avergüenza deletrear y que se cuentan en otros países europeos a modo de anécdotas folclóricas extrañas a su civilización. Pero, ¿realmente había vivido todo eso antes? Sí, al menos algo tremendamente parecido.

Siendo una niña, mi padre decidió trasladarse con toda la familia a Asturias, allá cuando Ensidesa, Empresa Nacional Siderúrgica Sociedad Anónima, instalada en Avilés años atrás, aquel monstruoso “evento”, como director de la Compañía General de Carbones. Cuando la Compañía se lo propuso, estuvo reflexionando durante mucho tiempo, y habiéndole encontrado ventajas sin precio, como la de poder vivir junto a su mujer e hijos de continuo en lugar de semana sí, semana, no, terminó por resolver que nos trasladábamos de inmediato. Mal paso, muy en especial para mis padres, los niños se amoldan a casi todo, fue aquel traslado a la California del oro que era Avilés por entonces.

Ese Avilés que encontramos, no la villa que había sido de poco más de veinte mil habitantes, a pleno rendimiento Ensidesa a ambas orillas de la hermosa ría que fue antes de la instalación de la empresa siderúrgica, casi llegando a alcanzar Gijón sus catedrales de acero, era casi idéntico a uno de esos pueblos del Oeste tal como nos los mostraba el cine gringo. El dictador Franco llegó a poner en libertad a miles de presos comunes -los presos políticos tienen más peligro para algunos- para abastecer de mano de obra aquella monstruosa industria. Tardaron meses en terminar la finca en uno de cuyos pisos habríamos de vivir, así que pasamos meses en un enorme chalé de un pueblecito de veraneantes próximo, a donde algunos, los más privilegiados, como ingenieros y directores de empresas de todo tipo, se habían trasladado por escapar de Avilés, la villa tranquila que había sido, su ría meciendo los pesqueros, sus calles de soportales que recordaban los de Santiago de Compostela o los de la Plaza de María Pita de Coruña. Después, con Ensidesa, comenzó la locura que gobernó la vida de todos. No era posible mantener blanco el trajecito veraniego, se volvía gris en horas, olía de forma nauseabunda, en los cafés, bares y restaurantes no se podía entrar, estaban a rebosar, y a rebosar de gente tremenda, caminar era hacerlo con frecuencia sobre polvillo de carbón y algo más que lo impregnaba todo. Lo que habían sido confortables cafés, caprichosas joyerías y pequeñas y cuidadas tiendas que abastecían a una clase media y no tanto, había mudado de la noche a la mañana en un lugar poblada de gente poco exigente y derrochadora que procedía en especial del sur, de la cárcel, analfabeta de casi todo, pero no solo los forasteros, los anfitriones, conformaban un total que arramblaba con cuanto se podía disfrutar. Por esa oportunidad sobrevenida del inmediato enriquecerse, los comercios terminaron por convertirse en lugares siempre desabastecidos donde atendían casi de misericordia aunque cobraran como ladrones lo más insignificante, precios acordes con la demanda, las cajas registradoras de algunos comercios surgidos de cualquier manera al calor del empujón de esa demanda no eran sino simples cajas de cartón a rebosar de billetes. Solía haber una violación por semana, con frecuencia de niñas, en vista de lo cual, y a pesar de que en Galicia ya habíamos empezado a ir solos al colegio, en Avilés regresamos a la época de hacerlo acompañados. El servicio doméstico, aquella ayuda imprescindible por entonces, era casi inexistente, y las chicas y menos chicas duraban en las casas lo que tardaba en llegar otra propuesta mejor remunerada de otros sectores. En los cines, aun en la sesión infantil y con carabina al lado, si la butaca quedaba desprotegida, se podía vaticinar lío seguro, acorde con el ardor del primate de los que llamaban coreanos los avilesinos, que se sentaba en la contigua. Las imágenes de desolación de la guerra de Corea llenaban la actualidad, así que los recién llegados, vinieran de donde vinieran, esencialmente del sur y de las cárceles, eran coreanos (como es natural, hoy nadie lo es, sus hijos son tan avilesinos como quienes vienen siéndolo desde generaciones atrás), coreanos que, junto con ingenieros y técnicos de todo tipo, hicieron duplicar la población en seis o siete años. En fin… podría pasar horas describiendo los detalles de aquella durísima experiencia, excepto el dulce tiempo de los días de clase en el Instituto, público y mixto, por cierto, donde conocí a la mejor amiga que recuerdo haber tenido, huérfana, con varios hermanos, de padre minero, ojos de un azul casi gris, la risa, la luz y la inteligencia en la boca, más las escapadas en coche con mi padre a lugares aún hermosos y verdes, muy alejados de la ciudad. Pero conviene rematar.

Para cuando Ensidesa languideció, la ciudad era desde hacía muchos años un infierno para la salud, los valores guía admitidos para algunas substancias apenas fueron rebasados por los de ciudades ignotas para el común de la gente, como Katowice, en Polonia. A finales de los años setenta, los valores en materias sedimentables superaban en trescientas veces el valor máximo permitido. Así que, en 1981, Avilés fue declarada Zona de Atmósfera Contaminada. Por entonces, ya hacía largos años que habíamos abandonado aquel paraíso de productividad franquista, excepto mi padre, que se quedó descansando en el cementerio antes de haber cumplido los sesenta; y creo que más por la contaminación del alma que por la del cuerpo, por las metástasis de la salvajada en estado puro que hicieron presa de su sensibilidad y de su educación, sensibilidad y educación con las que había vivido fuerte como un roble en Londres o en París. Hubieron de pasar muchos, muchos años, para que lentamente Avilés recuperara parte de lo que fue, pero quizá los protagonistas no lo lograron hasta la siguiente generación, la de los hijos de dentistas que nunca soñaron con empastar y extraer muelas durante todo el día, la noche si hubieran querido, de abogados con más pleitos que jamás hubiera soñado leguleyo, de dueños de cafés hermosos y antiguos que convirtieron en lo más parecido a un western saloon. En fin, todo y todos, a escala, Avilés fue esa España que hubo durante unos años y hasta hace un rato, una pesadilla en la que todo era Ensidesa y en la que Ensidesa lo controlaba todo pero no velaba por las personas, esa España de nuevos ricos cuyo camino no llegamos a recorrer entero porque se nos cayó del cielo algo llamado crisis por quienes conocen muy bien su naturaleza y por quienes sufren cuanto les cae encima sin saber nunca de qué se trata.

Aquel Avilés que siempre llevé en el alma se había quedado también en el subconsciente y afloraba a la vista de los monstruos de cemento que se comían la costa, sus playas y chiringuitos de madera, los paisajes arbolados de grúas de construir sin descanso, las torres inhumanas, las ciudades de cemento, hierro y prestigioso, por ladrón, arquitecto, llenas de nada y llamadas con los mil nombres que se inventan las mafias, de las artes, de la luz, de la justicia, de las lenguas, de las ciencias, los campus brotados como lechugas en los campos sobre los cuales se construyeron para cursar carreras de coña. Yo qué sé, inventos y eventos para dar y tomar, mientras los más, embrutecidos, se daban el gran atracón con una fiesta continuada al modo de cresos infantilizados en un mundo ubérrimo de frutos inacabables, incluido el del analfabetismo, también el moral, de los políticos y de las redes clientelares que crecían a su amparo, un mundo del que nadie es consciente de nada hasta que logra salir de él. Durante ese tiempo, escuché cómo se inflaban los proyectos para hoy, para mañana y para cuando me jubile. Este país era Jauja, pero ya hemos regresado a la posguerra.

España parece Avilés después de la grande bouffe y, por salir algo del guión, no gratuitamente, he leído en algún lugar que en EEUU el pueblo empieza a comer ratas mientras el Gobierno se prepara para otra guerra. Las guerras las planean y las declaran aquellos que elegimos en las urnas, y por eso, y por mucho más, o de carácter más trascendente, debiéramos considerar la necesidad perentoria, no queda mucho tiempo ya, de dejar de ser el pueblo de brutos desescolarizados que nos incitan a ser. Y conviene tener muy presente que las teorías a favor de la desescolarización surgieron en el contexto del máximo desarrollo económico y el optimismo tecnológico. Seamos pesimistas ahora. Tengamos el seny de serlo.

 

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