La agonía de Bernard-Henri Lévy

 

Pues ha ocurrido de nuevo. El País daba cobijo hace tres días a las palabras de otro gurú, dandi de dandis, narcisista entre narcisistas y de esos tan incuestionables que no cabe poner en tela de juicio, sí en cambio que se diga de sí mismo escritor y filósofo, aunque antes de finalizar los noventa, tiempo en el que empezó a declinar su buena estrella, permanecía semanas como primero de la lista de best-sellers aparentones, hecho que quizá se entienda líneas adelante, si la cuestión no es archiconocida. Hablo de Bernard-Henri Lévy -BHL, marca registrada o coña francesa con la que lo conocen hasta los medios de comunicación- y de su deposición a modo de artículo de opinión, palabras en contra, no exactamente, de aquellos versos de Günter Grass que decían “Lo que hay que decir”, sino, y como era de esperar de un payaso millonario que lleva una vida autopromocionándose con la suerte de ora sí, ora no, ora vámonos para Libia a ver si vuelven a hablar de mí, contra el propio autor alemán.

En síntesis, BHL dice que parece mentira que, estando ahí Corea de Norte, Pakistán, la Rusia de Putin, el carnicero de Damasco e Irán, “estados oficialmente pirómanos que apuntan abiertamente a sus civiles y a los pueblos circundantes y amenazan al mundo con conflagraciones o desastres sin precedentes en las últimas décadas”, se le haya ocurrido al escritor alemán señalar a “uno de los más pequeños y vulnerables del mundo, que, dicho sea de paso, es también una democracia: el Estado de Israel”. Apasionado y ardiente sionista BHL.

A esas alturas de comenzar a disparar Lévy, se me habían ocurrido ya unos cuantos peros, y sin embargo pensé que allá cada cual con sus manías, al fin y al cabo vive de ese negocio, y conste que lo de ‘vivir’ es una manera de hablar, nació rico. Así que, obviando él la referencia no solo a lo que calla de tanto que podía haber señalado y matizado, y obviando además no sé qué debate que menta sobre abyecciones literarias (¿cómo era aquello de respirar uno por la herida?), movida por una especie de conmiseración en tanto que consideré que debía de tratarse de un debate más suyo que del prójimo, enfrenté sus ‘anotaciones’, dos relativas a Grass y otra más general sobre los malos pasos que está dando, no sé si Europa, Alemania en particular, o se trata de sutilísima alusión de Lévy imposible de ser entendida. En primer lugar, considera obvia la senilidad de Grass y en concreto una de las causas que lo condujo a escribir para denunciar el apoyo de su país a la carrera armamentística de Israel  -“una especie de anosognosia intelectual hace que todos los diques que contenían los desbordamientos de la ignominia se desmoronen”-, es decir que, en tanto que parece que la carrera literaria de Günter Grass no se ha resentido con la edad, y al respecto hay noticia de uno de sus últimos libros, “Grimms Wörter” (Palabras de Grimm), lo insulta sin ambages, filosófico-argelinos que hubieran sido los ambages. En segundo, ¡cómo pasar por alto la veleidad adolescente de Grass, lo de las Waffen SS, si íbamos por la cuestión de las abyecciones y Lévy es un tipo elegante! Point. En tercer lugar, el antisemitismo. Pero, ojo, no el de toda la vida, no el racista, no el cristiano, no el anticristiano y no el anticapitalista, no, una suerte de neoantisemitismo, caso de que se consiga identificar el  “ser judío con la identidad pretendidamente criminal del Estado de Israel”. Acabáramos, no habla Lévy , pues, de antisemitismo, sino, por entendernos, de antisionismo, ese que comparten tantos judíos. Para terminar, recuerda el escritor a Günter Grass en el cumpleaños de Willy Brandt en 1983 en Berlín, “el rostro mofletudo temblando de una emoción fingida mientras exhortaba a sus camaradas a mirar de frente su famoso `pasado que no pasa`”. Es decir, sigue insultándolo. “Y helo aquí, 30 años después, en la misma situación que esos hombres con la memoria agujereada, fascistas sin saberlo, acosados sin haberlo querido, a los que, aquella noche, él invitaba a asumir sus inconfesables pensamientos: postura e impostura; estatua de arena y comedia; el Comendador era un Tartufo; el profesor de moral, la encarnación de la inmoralidad que combatía; Günter Grass, ese pez gordo de las letras, ese rodaballo congelado por sesenta años de pose y de mentira, ha empezado a descomponerse y eso es, al pie de la letra, lo que se llama una “debacle”. Ignoro si se trata de más de lo mismo, insulta, o levita Lévy. C’est tout. Bueno, no, aún BHL remata en torero sionista, y fanfarrón mandado que fue en Libia, que se derrite si las cámaras lo enfocan, aunque parece que su dinero le costó tanto despliegue en ese país, diciendo que qué tristeza, por Dios. Joder, no por Dios, por Yahveh, a cada uno su dios y a quien dios se la dé, Lévy se la bendiga.

Este periodista de sí mismo antes que de nadie y por delante de la causa que él diga ser muere por una camisa fina, desabotonada hasta medio pecho, justo donde la cámara le pilla el vello y los collares, aunque no sé si la máquina alcanzará el perfume a madera fina de África que exhala por la parte del negocio que heredó de papá y vendió en una pasta hace unos años. Se gusta, y se gusta porque es casi lo que se diseñó, un atractivo argelino como envoltorio del intelectual comprometido que no es de ninguna manera y aun sin saberlo él, pero sin serlo de todas maneras a poco que se escarbe sin remilgo en teclados, cámaras, colegas, detractores, chismosos y prudentes, aunque se salva por la parte de la amistad, por ejemplo, la de Sarko, con quien jugó como pareja en asuntitos como el de Libia, o la de Strauss-Khan, en cuya defensa gastó expresiones de viejo encanallado sin pelos en la lengua contra la camarera, víctima o no, pero Strauss-Kahn, sin duda ninguna el impresentable que es.

A BHL, cualquiera podría despacharlo en un par de líneas. Evitaré esa grosería, soy mujer, siento un inmenso agradecimiento por el gesto de Günter Grass y, además, necesito escribir, estoy tensa. Es inmensamente rico, formó parte de una despreocupada promoción ‘marcada’ por Mayo del 68, del que tantos réditos obtuvieron, adora su imagen de perdonavidas de peli en la que gasta tiempo de no decir. Pertenece de hecho y derecho al lobby judío francés, es chevalier servant del capitalismo y, desde la poderosa editorial Grasset, en la que trabajó desde principios de los setenta, lanzó una gran operación, un negociazo: la creación de un artificio mediático de nombre rimbombante, ‘les philosophes nouveaux’, grupo de, cómo decirlo, ¿escritorzuelos?, donde él brillaba con luz propia y especial. Al menos como gesto, es obsesivo antimarxista, anticomunista y anti antiamericanista -todo él fue siempre un ‘anti lo que se terciara’ a mayor lucimiento de sí mismo- y está enamorado hasta las cachas del libre mercado y el consumismo, fuentes dispensadoras de felicidad, como sabe un tonto. Activista internacional humanitario de ya ni recuerdo las marcas, aunque Becob, la empresa familiar creada por su padre con maderas preciosas en África, fue denunciada por organismos internacionales, incluso por el gobierno canadiense, por estar manteniendo en condiciones de semiesclavitud a sus trabajadores, africanos. Especuló en el mercado de valores, para lo cual utilizó información privilegiada, posee empresas fantasma en Europa y en EEUU, tuvo importantes problemas con el fisco, pero el camarada Sarko, cuando era ministro de Finanzas, le ‘apañó’ con generosidad el agravio, razón, entre otras más íntimas, como una ambición y un narcisismo rayanos en el ridículo, por la cual Sarko fue siempre el político, pero no el único, a cuya amistad se entregó con pasión. De hecho, dicen lenguas peores que la mía que la cuestión de la lealtad no es lo suyo; desde luego no la lealtad a las mujeres, pero esta parte resulta más bien insípida. De hecho, en su momento, habría apoyado a Francois Mitterrand en su carrera  hacia la Presidencia (resulta ilustrador bucear en los orígenes de SOS Racisme, asociación que nació muy próxima al partido socialista para luchar contra el racismo, el antisemitismo y todo tipo de discriminación; hay quien señala el mismísimo Palacio del Elíseo, y desde luego, este sitio, entre un montón de ellos, no  desmiente, suaviza la cuestión: “On a beaucoup dit de SOS Racisme qu’il avait été «béni» par François Mitterrand. C’est possible. Mais l’association, au total, a toujours su rester indépendante des partis et des pouvoirs politiques. Bernard-Henri Lévy est l’un de ses membres fondateurs)  http://www.bernard-henri-levy.com/sos-racisme-3786.html

Seguramente, BHL nació espabilado y seductor, pero ni lo uno ni lo otro suele bastar si no hay poder y dinero a disposición de la agudeza y el encanto y, por otra parte, tampoco parece como producto el tipo que pasó horas delante de los libros; lo suyo es de este reino. Pero su fortuna hizo amistades no solo entre los más poderosos políticos, sino en la industria de la cultura, por ejemplo, la de Jean-Luc Lagardère, dueño de nada menos que la editorial Hachette y Hachette Filipacchi Médias, la mayor empresa de revistas del mundo. De estos y otros amigos obtuvo réditos como el haber sido presidente del consejo supervisor del canal de televisión ARTE TV. Obtuvo la presidencia de la comisión gubernamental que proporciona subvenciones al cine francés y desde ahí autofinanció productos, equivocados, películas con actrices como Arielle Dombasle, su actual mujer, como protagonista, más las de amigos y simpatizantes de sus causas, la esencial e indispensable, él mismo.

Seis meses antes de estallar el conflicto en Libia, BHL se reunió con Mahmoud Jabril -jet privado, más cámara profesional y mucho dinero desembolsado, ¡espejito, espejito, dime quién es el más hermoso mediador!- para discutir la formación del Consejo de Transición y deponer a Gadafi y sostuvo una reunión privada en Bengasi con Mustafa Abdul Jalil, exministro de justicia convertido en líder de los rebeldes y presidente del Consejo Nacional de Transición. BHL llamó a Sarkozy y logró realizar sus sueños, los de uno y los de otro, que recibiera a los líderes de dicho Consejo en una reunión que se celebró en el Palacio del Elíseo. Como informó Le Figaro, Sarkozy anunció acto seguido su reconocimiento al CNT como único representante legítimo de Libia, junto con el nombramiento de un embajador francés en Bengasi.

Pascal Boniface, prestigioso geopolitólogo francés y creador del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas, ha acusado a BHL de dirigir una compleja red que controla el mundo de la edición, la prensa, la radio y la televisión cultural en Francia. No es el único. “Es más fácil criticar a Sarkozy que a BHL”, dice Boniface, lo que debe de ser cierto porque su propio libro “Les Intellectuels faussaires” fue ampliamente contestado y él mismo considerado un personaje controvertido, pero añadiría que infinitamente más enterado, claro, coherente y entendible que Lévy. Los periodistas Nicolas Beau y Olivier Toscer publicaron otro, “Une imposture française“, en el que se muestra a qué punto utiliza todas sus influencias para obtener críticas favorables a lo suyo, en especial a sus libros, así como para silenciar a quienes disienten. En otra investigación reciente, “Le Ba-ba du BHL“, los periodistas Jade Lindgaard y Xavier de la Porte indican redes, contactos y métodos de venta del que llaman “el príncipe de los medios”. El redactor en jefe de Le Monde Diplomatique lo ha llamado impostor lisa, llanamente y con total cierto. Además, el libro de Lévy “¿Quién mató a Daniel Pearl?“, 2003, aparte de ser acusado de pobreza en la investigación, recibió un varapalo de la crítica, y la propia mujer de Pearl aseguró que muchos de los episodios del libro eran inventados. El New York Times ridiculizó en 2006 su “American Vertigo“, radiografía de la cultura yanqui, por parcial y de escasa lucidez en lo que acierta. Lo más divertido llegó con la publicación de “De la guerre en philosophie”  en 1910, que vendió como una aportación de valor inconmesurable a la filosofía y en la que, a modo de referencia y sin asegurarse de las fuentes, citaba las conferencias del filósofo Jean-Baptiste Botul para arremeter contra Immanuel Kant, esa minucia prusiana. Mala suerte. Botul, ‘el autor’ de “La vida sexual de Kant“, es una invención del periodista, escritor, profesor de Filosofía y humorista Frédéric Pagès*. Escándalo, chanza, bulla y solo unos cuatro mil ejemplares vendidos, lo que para HL podría haber significado un suicidio, al menos uno pequeñito delante de las cámaras. Por fortuna para BHL, andaba Libia por medio para darlo todo de sí mismo.

Solo lamento que probablemente a Günter Grass no le haya negado noticia de su primera muerte a boca de BHL o que, de haberle llegado, haya carecido del interés y las ganas reírse que tenía yo cuando leí el obituario del propio BHL.

*De Wikipédia, Frédéric Pagès  http://fr.wikipedia.org/wiki/Fr%C3%A9d%C3%A9ric_Pag%C3%A8s

Bernard-Henri Lévy, dans son ouvrage De la guerre en philosophie, paru en 2010, cite sérieusement à l’appui de son argumentation Jean-Baptiste Botul, La Vie sexuelle d’Emmanuel Kant, éd. Mille et une nuits, 1999. Cette citation a soulevé une polémique et des rires dans le milieu littéraire, le nom du «philosophe» Jean-Baptiste Botul, n’étant autre que le pseudonyme — à fin de canular — de Frédéric Pagès. Celui-ci raille un « BHL victime d’un auto-entartage»

La deposición (para su repaso analítico y comentario)

http://internacional.elpais.com/internacional/2012/04/13/actualidad/1334332699_881121.html

 

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