Prohibido vivir más de lo esperado por el FMI

 

Recuerdo uno de los primeros síntomas de senilidad de mi madre. Me llamaba por teléfono y me obligaba a permanecer escuchándola hasta casi el desfallecimiento. A mi hijo, un adolescente por entonces, al llegar del Instituto y verme escuchándola al tiempo que cocinaba, le encantaba hacerme perder los nervios encerrando el inalámbrico en el congelador, mientras a mí me entraba un ataque de risa histérica al forcejear con él para rescatarlo. -Te juego algo a que no se entera-, decía. No se enteraba, en efecto, así que cuando lo lograba, ella seguía explicándose sin haber echado de menos mis síes, mis noes, mi sí, mamá, pero… aquel “pero” con el que pretendía hacerla entrar en razón, locura que dura el tiempo de no querer admitir la realidad; al fin y al cabo, me decía, ella siempre fue así… que claro que no. Poco después me la traje a casa, y al cabo de una temporada difícil, pedí la baja para atenderla mejor, para recuperarme y sobre todo para pensar cómo podía resolver aquel conflicto, qué hacer. Una tontería, porque sabía perfectamente qué podía hacer y qué de ninguna manera.

Aquel adolescente que, mientras, había culminado sus estudios en la Facultad, se había hecho un hombre y se había marchado a otro país buscando lo que le negaba este, en una de sus visitas a casa me dijo: Una de dos, mamá, o ingresas a la abuela en una residencia o te doy un par de meses en el mundo de los vivos, no distingues el día de la noche. Con un par de empujones más, busqué lo que juzgué lo mejor de lo mejor en negocios de ese tipo, y lo hice, ingresarla. Seguí adelante con mi vida, pero siempre que iba a visitarla y siempre que dejaba de hacerlo, recordaba que ese tramo anterior a doblar la esquina de la vida lo habían pasado mis abuelos sentados en una amplia galería gallega viendo regresar los pesqueros, curioseando con interés la trayectoria del vuelo de las gaviotas, la playa, el mar y la gente que pasaba, alzaba la vista y saludaba, charlando con sus hijas, o mirando cómo enredaba alguno de sus nietos. Comparaba aquella manera de vivir sus últimos años con la de mi madre, recluida en el interior de un convento de patio circular con jardín reconvertido en una máquina de hacer dinero con ancianos, objeto de todo tipo de mercadería, no seres humanos a los que se les proporciona el bienestar que se deriva de la satisfacción de los deseos atendidos, o desatendidos al amor de las palabras adecuadas, y me decía que estábamos equivocándolo todo. O casi todo.

Recordé estas cosas y otras de índole similar un par de días antes de deslizar la vista por un titular de prensa: El FMI pide bajar pensiones por “el riesgo de que la gente viva más de lo esperado”. ¿Puede vivir la gente más de lo esperado? ¿Lo esperado por quién? Ciertas líneas concretas del cuerpo del texto constituyen una especie de aclaración para los más desconcertados por la noticia, con la intención, sin duda, de propinar ese golpe definitivo en la cabeza con el que se remata a un conejo, y rezan: “Es lo que los economistas bajo la batuta del español José Viñals llaman “riesgo de longevidad”. Y dan una cifra para poner en contexto. “Si el promedio de vida aumenta tres años más de lo previsto para 2050, el coste del envejecimiento -que ya es enorme para los Gobiernos, las empresas, aseguradoras y particulares- aumentaría un 50% en las economía avanzadas, tomando como referencia el PIB de 2010”.

Entre los más de setecientos comentarios que habían dejado los lectores, dos de ellos, brevísimos, me hicieron reír con la boca pequeña. Uno decía: Puede hablar con toda confianza y sin eufemismos, estamos en familia… El otro: Podrían empezar por “liquidar” a su directora, Christine Lagarde. Entre lo recordado, acudieron a mi memoria novelas, ensayos, cine, aquella película de 1973, Green Soylent, “Cuando el destino nos alcance”. En un Nueva York de unos cuarenta millones de habitantes, los más viven hacinados y en la miseria, alimentándose en exclusiva de Soylent Green; la elite, sin embargo, tiene acceso a carne, verdura y fruta y goza de lujos de los que no tiene noticia el resto, como el jabón de tocador o las sábanas. Un policía, Thorn, que solo ha conocido ese mundo en el que creció, y un anciano, Roth, superviviente de otra época, sospechan que detrás del Soylent Green puede haber un misterio por desvelar. Lo hay. Esa especie de alimento que fabrica la Corporación Soylent es mitad químico, mitad orgánico, e imaginar de dónde procede esta mitad es un ejercicio de sordidez y degradación que conviene hacer.

Pero lo que ocupa a diario la mayor parte de mi imaginación no es la experiencia de lo que fue, el recuerdo de cómo vivieron mis abuelos, mis padres, los habitantes de Nueva York en esa película, sino el giro inquietante que ha dado nuestra vida tal como la concebíamos los más de los europeos, y en período de tiempo tan corto, que no hemos podido reaccionar, menos, entender qué es lo que ha pasado y está pasando. Desde luego, yo no lo entiendo, aunque tenga mis teorías de andar por casa, fruto del tiempo dedicado a leer cuanto parece relacionado con el asunto, con la intención de acercarme al meollo de una posible nueva versión, actualización y puesta a punto de aquella película en la que participamos ahora los europeos en especial, mientras, en paralelo, se nos pasa una serie mediática de terror por capítulos, el cine dentro del cine, para inocular la dosis adecuada, altita, de pavor a nuestra ya mermada capacidad de razonamiento. Alguien nos sirve el miedo a través de los medios de comunicación y, al tiempo, ese alguien produce un terror razonable.

Los más sesudos de quienes teorizan, se pronuncian sobre el asunto o analizan la película de la que somos protagonistas con la intención de ponerlo a nuestro alcance, tratando datos, interpretando conflictos y brindando soluciones, arúspices a examinar las vísceras de los peores y más feroces animales, podrían dividirse en dos grandes conjuntos o grupos, como suele ocurrir siempre que se juega fuerte. El grupo de los ortodoxos, muy apegados al dato y a las señales que envían los mercados, sus frecuentadores, la Bolsa, el BCE  -“¿Cuál es el precio que paga Estados Unidos por su amor al capitalismo?” (De Capitalismo: una historia de amor. Michael Moore). Inimaginable, Michael, pero olvidas a Europa, receptora y remedadora de tanto amor, al FMI y demás altísimas instancias e instituciones, ese tinglado de la antigua farsa que tanto me aburre y en el que no creo… Perdón, ¿cómo no voy a creer, si nos está matando? Quería decir que me lo sé tan disfrazado siempre de otra cosa, que lo asocio con la amada de Pedro Salinas, a la que el poeta suplicaba: Quítate ya los trajes, las señas, los retratos; yo no te quiero así, disfrazada de otra, hija siempre de algo. Te quiero pura, libre, irreductible: tú. ¡Cómo entiendo a Salinas! Yo también los quiero así a ellos, desnudos. Pero desnudar a una mujer, a un varón, en el sentido que se quiera, deseo o amor por medio, es fácil, carece de mérito, desnudar al FMI, al BCE y a tantos otros es muy otra historia; con todo, es el deseo enfebrecido de ese desnudo el que de verdad turba mi raciocinio, mi sentido común y todos los demás hasta el desvanecimiento, por amorosa fatiga insatisfecha.

Los ortodoxos, pues, quienes se pronuncian respecto a lo que sea tal que si se lo creyeran, qué digo, creyéndoselo, porque es su fe la que multiplica el pan de sus haberes y el poder con el que ya contaban en la empresita a la que se lo entregaron todo. Toda esta gente que, no solo parece hablar en serio de economía, deudas, índice Dow Jones de Sostenibilidad y tanto y tanto en la misma línea, sino que podría hacerlo sobre el Eje del Mal y el Eje del Bien, Sión y Palestina, USA e Irán -el precio que tiene cada uno de los países europeos, no su valor, lo ignora-, sobre regímenes adelgazantes si se terciara, cuánto mata el tabaco y al céntimo, la gaita a la que hubiera de enfrentarse y que jamás constituirá reto para ninguna de sus capacidades. Más que por lo que trata, que de paso, por cómo lo trata, rotunda y decididamente y sin manifestar un ápice de duda respecto a sus convencimientos, que son previos, echan para atrás.

El grupo de los heterodoxos se reconoce porque el respetable, junto con los integrantes del grupo anterior, finge ignorarlos o despreciarlos, tildando a los más relevantes de ellos en la intimidad de sus hogares, a modo de desahogo, de viejos perroflautas, marxistas trasnochados o poetas, al tiempo de cargarlos con un sambenito cualquiera, su madre fue corista o su padre, fascista, invertir los atributos les vale asimismo a esos bachilleres. Pero hubo, sin embargo, un tiempo glorioso e ido en que los iconoclastas escandalizaban… También se puede proceder a su reconocimiento por el hecho de que hablan alguna de las alegres lenguas francas que entiende un tonto, mientras que los ortodoxos son gotas de agua, los cromos repetidos de la infancia que había que cambiar. Así, a modo de botón de muestra en nuestro mundo político, Soraya Sáenz de Santamaría, ministra, vicepresidenta y portavoz del Gobierno español, este que hay ahora, pero que, y no es de despreciar, la sabemos casada con un señor que “tiene una retranca bárbara” -hay que creerlo, fue confidencia al diario El Mundo de la portavocía in person, al efecto fotografiada dicha portavocía para la portada del mismo diario en negligé, portada que impactó a otras señoras y señores con su propia retranca-, es idéntica a cualquiera del grupo. Soraya no argumenta, suda, no habla, escupe cartuchos de palabras que no llegan a explotar. Pero no me refiero en especial a políticos, sino a analistas, ensayistas, pedagogos, técnicos de cualquier campo, de los de cinco cursos en la universidad, de los de tres, de ninguno, catedráticos y peritos, economistas que pasaban por allí, de preferencia, extranjeros, pero valen madrileños y catalanes, editorialistas de reputados diarios en grave apuro económico, jóvenes formadores de opinión de prestigio de toda la vida, y sin paradoja, en fin… un nombre, el nombre, trabajado con alguna anterioridad. Los individuos de uno y otro grupo, por otra parte, en cuanto abren la boca, son identificados de inmediato por lingüistas ad hoc, quienes, pasándose deontologías por la primera expresión disfemística que se les ocurre, los fichan ipso facto ipso. ¿Cómo? El fino oído del lingüista cazador capta las preferencias de unos y de otros -todo muy científico, of course-, según elección léxica, sintagmas de uso recurrente, utilización o aparcamiento de perífrasis verbales, aspectuales como modales, ordenación en la oración de sus elementos, i.e., que haya sintaxis o que no la haya. Los dejan clasificados al efecto que convenga. No se les despista uno.

Regresemos al principio, a la ancianidad que fue con sus pensiones y sus residencias, a los siete mil millones de personas de humanidad contante y sonante que somos, exceso productor que obliga a vivir adosados y sudorosos, con las molestias derivadas para la gente refinada, como molestó aquella especie de bienestar relativo que dicen que hubo y del que hasta nos jactábamos los trabajadores europeos, ¡estúpidos bocazas!, mientras que muchos de los que vivían obsesionados con multiplicar y multiplicar sus bienes hubieron de levantar su campamento, empresa y aun empresas, para plantarlo, y conste que hay varias maneras de plantar, en la provincia china cuyos esclavos les resultaron más empáticos y baratos, en países de América Latina, en la India, en Europa Oriental…  O que urdieron de sol a sol fórmulas para empaquetar hipotecas, y no solo, y enviarlas a fecundos y fértiles parqués. Llegadas a este punto las cosas, esa desigualdad en el esfuerzo, no hubo remedio otro que pensar en algo más eficaz que ampliara horizontes, y es fácil de entender que para materializarlo tuviera el inquieto todopoderoso que seleccionar a los mejores, aquellos que ya habían liquidado dos o tres bancos del tamaño del Titanic, a su padre o a su madre, personalmente, no delegando el riesgo en otros, los que habían defraudado a millones de personas, a un país, pequeño que fuera, en fin, una carrera, una experiencia, un perfil. Se echó mano de políticos que habían disfrutado de altísimos cargos, mejor cargo heredable; sin ir más lejos y a modo de ejemplo también casero en miniatura, un inefable Carlos Fabra cualquiera, un Rafael Blasco, quizá algún juez que a poder ser contara con una experiencia en la política y en la trata de blancas y de menores, un puñado de gente selectísima.

Reunidos, prestas sus huestes, un total en torno al 10% de la población -me salen las cuentas de haber aplicado cifras del propio Vicenç Navarro a un estudio referido al PP del País Valenciano, y ese 10% lo explica casi todo-, dicen que, tras haber analizado la situación, a modo de ensayo o dramatización del statu quo, el más despierto de ellos, llevándose las manos con solemnidad a la cabeza, exclamó: ¡Pero qué enorme disparate, hay que ver lo bien que vive todo dios, viven casi como yo!, asintiendo el resto vivamente. El paso siguiente fue pergeñar, rapidito, un proyecto, un procedimiento, un plan -no es gente quisquillosa tampoco con el lenguaje-, para resolvernos de golpe todo problema o, en castizo, apañarnos el asunto. Leamos, al respecto en parte, el fragmento de un artículo reciente del profesor Vicenç Navarro en el diario Público hace un par de días, “El euro nunca estuvo en peligro”. Aunque el profesor Navarro tiene una trayectoria vasta, me limitaré a señalar que es coautor de aquel librito que leímos todos, “Hay alternativas”, catedrático de Economía Aplicada en la Universidad de Barcelona y de Ciencias Políticas y Sociales en la Pompeu Fabra, un abuelo perroflauta marxista, que diría Guindos, Merkozy, Soraya, Obama, Mariano, Aguirre y tanto otro en la intimidad del salón, callo los nombres de la cúspide jerárquica, pero son individuos que huelen a petróleo y al perfume con el que aspiran a dejar de oler a petróleo y lo nauseabundo de sus derivados, armas, guerras, hambrunas, infecciones, crisis para dar y tomar… Perdón, decía que dice el Prof. Navarro:

“No son los mercados financieros los que determinan el nivel de los intereses de la deuda pública. Este nivel es más una variable política que económica. Y puede modificarse fácilmente mediante la intervención del BCE. Este, que es en la práctica un lobby de la banca, modula sus intervenciones con el objetivo de alcanzar lo que desea, como la privatización de los servicios, la desregulación de los mercados laborales, la eliminación de los convenios colectivos y otras medidas que, en realidad, tienen poco que ver con la fortaleza del euro, y mucho que ver con los intereses empresariales de la banca y otros elementos del capital financiero. Baste sólo con leer las declaraciones del Presidente del BCE, Mario Draghi (que fue Vicepresidente del Banco Goldman Sachs) a la revista Wall Street Journal (24.02.12) en el que, con toda claridad y contundencia, indica que “LA EUROPA SOCIAL ES INVIABLE”, SEÑALANDO QUE LA ERA DE LA EUROPA SOCIAL HA TERMINADO. Todas las condiciones que el BCE está poniendo a España para que intervenga es que reduzca más y más el Estado del Bienestar, instrucciones que el gobierno Rajoy está cumpliendo a pies juntillas” (todas las mayúsculas son mías)

Hay que seguir leyendo en esta dirección pero, en suma, nada de conflictos y pesares, residencias, blancas galerías gallegas, problemas inherentes a la vejez y a la juventud, proyectos estresantes de vida, tiempo para la reflexión inútil, disparates; se interviene de inmediato para corregir o, mejor, solventar todo problema, y con la audacia, la eficacia y la valentía que se dan por supuestas en quienes conducen el tráfico de unos quinientos millones de europeos y siete mil millones de cabezas de ganado desorientados. Su función: descargarnos de bagatelas, nonadas y fruslerías, de conflictos irresolubles, de cargas familiares, la de cargar consigo mismo uno. Se están ocupando de todo ello en su conjunto. Se me ocurre un consejo, eso sí, el que me doy en la piel de mis descendientes: a la gente de a pie le convendría regresar a índices de analfabetismo más razonables y acordes con la nueva situación, el nuevo orden que substituye al orden anterior -de hecho, muchos, de a pie como de lujosa aeronave, cursaron ya esta asignatura, aunque no lo digan y su puesto de trabajo y su prestigio lo desmientan-, hacernos algo más saludablemente brutos con el fin de poder enfrentarnos en situación de igualdad a los congéneres, en especial  a los que se adaptan de un día para otro a lo que sea y que vayan a acercársenos para disputarnos cualquier cosita de esas de necesidad vital. Creen a la mayor brevedad los expertos en planes de estudios, si es que aún no andan en ello, los bachilleratos idóneos o de excelencia, los currículos pertinentes.

 

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