Dejad que los niños vengan sin deberes

Siempre me llama la atención -desconfiada- la capacidad que tienen muchos para decidir qué es lo adecuado y qué no lo es, todos a una cuando les llega la iluminación, tanto en relación a cuestiones menores como a las más relevantes de ellas. He de confesar que, salvo en casos muy determinados, es decir, aquellos a los que llevo una vida dándole vueltas, o respecto a los cuales tuve la oportunidad de probar el acierto o el error en carne propia, o en carne ajena pero próxima, soy una Hamlet viviente. Así, por ejemplo, leí hace un par de días que una de las dos asociaciones de padres más importantes de Francia, la Fédération des Conseils de Parents d’Élèves -FCPE-, junto con l’Institut Coopératif de l’École Moderne -ICEM-, ha invitado a los padres de la nación vecina a hacer una huelga de deberes escolares durante quince días, actitud que naturalmente parece querer importar nuestra CEAPA  -todos sabemos del prestigio que tuvo siempre aquí el y lo extranjero, caiga donde caiga este, pero con preferencia si en la vieja Europa o en USA-, con la finalidad de que los profesores eximan de esa tarea a sus alumnos, suprimiéndolos. Parece que ya desde el año 1956 las autoridades educativas francesas habían hecho llegar a los centros educativos una circular que prohibía encargar deberes escritos a los alumnos de Primaria, aunque, pese a ello, buena parte del profesorado los mantiene en la actualidad. Lo cierto es que parece que una cosa es aprenderse la lección y otra realizar tareas escritas, pero, llegada a tan sutil especificación, sentí cierta pereza que me impidió seguir investigando. Como sea, juzgan esas dos prestigiosas asociaciones que la realización de deberes escolares en casa genera injusticia, en tanto que hay niños que cuentan con la ayuda de sus padres y otros que carecen de ella y que, aun disponiendo de padres dispuestos a tan ingrata tarea, ‘agobia’ a padres como a hijos.

Los motivos de la huelga son varios, pero podrían resumirse en que el trabajo en casa se percibe como “una forma de subcontratación pedagógica para las familias” que estresa a padres y alumnos y que genera conflictos familiares diarios, alegando que, además del ya indicado acentuar las desigualdades entre los niños, tampoco está probada su utilidad: “Il faut que les enfants montrent à la maison ce qu’ils ont fait en classe, pas qu’ils montrent en classe ce qu’ils ont fait à la maison” (Los niños deben mostrar en casa lo que hicieron en clase, no en clase lo que hicieron en casa). Bueno, cualquier profesor lo complicaría aun más, precisando que los chicos deben mostrar en clase lo que hicieron en casa, y en esta, enseñar lo de clase, sobre todo cuando cayó una buena nota, ocasión en la que son ellos, los niños, los más interesados en hacerlo o, por contra, los más reacios, por ejemplo, si se trata de firmar la nota con la que uno de sus profesores pone sobre aviso a los papás respecto a que el portador de la misma no trabaja, pero ni en clase ni en casa, amén de que se le deben varios de esos partes de guerra firmados y cuñados. O así ha venido siendo durante tanto tiempo, que ya no recuerdo.

Intenté averiguar si este debate se refiere solo a Nivel Primario, casi igual al español, es decir, de los seis a los doce años aproximadamente, o también a lo que vendría a ser la Secundaria Obligatoria, nuestra ESO, pero fracasé en mi búsqueda en internet aunque, por lo leído, entiendo que compete al nivel de Primaria en especial. Por otra parte, en un comunicado oficial, Luc Chatel, el ministro francés de Educación Nacional, juzga demagógica la actitud de estas dos importantes asociaciones: “Ce type d’initiative malheureuse abime la notion même de mérite républicain”. “Avec le pédagogisme, le renoncement à l’effort est l’un des grands maux qui ont trop longtemps affaibli notre École”. Pues eso, señor ministro, que usted a lo suyo, s’il vous plaît, a buenas horas se le ocurre mentar y valorar el esfuerzo.

Tenemos centrado el asunto sobre el cual, como sobre tantos otros, mientras leía me iba diciendo: No sé, por una parte, me resulta extraño y me molesta todo esto como una patada en el plexo solar, pero por otra, bien podría ser, querida, que estés, como en tantas otras cuestiones, patéticamente anticuada y convencida por tus muy discutibles dogmas personales; a lo mejor esa gente va por el buen camino. Pues nada, directa al blog a espiar las culpas, o convences a alguien de que la FCPE y el ICEM yerran por más franceses que los sepamos, o te actualizas -reciclas, mejor, conviene ser riguroso en el uso del lenguaje-, defendiendo el invento.

Empecé por bucear en los contenidos de esos dos sitios que, como ocurre siempre en la red de redes, me empujaron a su vez a bucear en muchos otros. ¡Larmoyants!  No, no digo los sitios, son sitios de excelencia, digo las declaraciones de los papás, más mamás que papás, que no sé por qué extraña razón quienes nos hemos dedicado a ese negocio sabemos que suelen ser ellas las que, con diferencia abisal, se preocupan -también- por la marcha escolar de los retoños. Quien se decía al borde del ataque de nervios por culpa de sus deberes, quien confesaba rupturas de pareja a causa de más de lo mismo, quienes no tenían palabras para describir el grado de estrés del alumno, ese rey o reina de la casa, su sentirse al borde de la enfermedad, y quienes, sin una brizna de tiempo ya para pormenorizar los problemas, se limitaban a alentar a los promotores de tan excelente idea, llegada a su conocimiento en el momento preciso en que las fuerzas andaban a punto de abandonarlos, a dar ese paso que un día, a ser posible el siguiente, vendría a mejorar su calidad de vida, creo recordar que a extremos inimaginables.

Esta clase de asunto, en lugar de trabajarlo conforme mandan los cánones, es decir, con un método riguroso y la bibiografía ad hoc, suelo despacharlos a base de recuerdos, imágenes y destellos en la sombra referidos a mi niñez, en este caso también niñez con deberes, mi papel de madre de niño con deberes, más tarde, de profesora que manda, o que no manda, deberes durante décadas y en diversas ciudades y ambientes, una vida, más el coligo que soy en la actualidad, la abuela de dos preciosidades de siete años y dos y medio respectivamente.

Mi infancia con deberes transcurrió junto a la de dos hermanos con deberes, los papás a lo suyo. Lo suyo solían ser actividades de lo más diverso, pero, en fin, si quiero evocar qué hacían ellos y qué nosotros mientras andábamos a la tarea de pensar en ponernos a hacer los deberes, lo que duraba casi desde que llegábamos del colegio hasta que nos acostábamos -excepto cuando llegaba el buen tiempo, tiempo glorioso de bajar a patinar, por ejemplo, pero no solo, vigilados por una chica o por mi madre, aunque los más de los meses transcurrieran haciendo deberes y deberes-, aparte de recordar a mi hermana con el estómago descansando sobre el asiento de una silla, las piernas en alto y el libro en el suelo, repitiendo día tras día, a modo de letanía bajita, pero no tanto que no se oyera: “¡Qué asco de deberes!”, recuerdo que tanto su exclamación como nuestro andar a los deberes no alcanzaban a generar en mi padre un pestañeo, menos le interrumpían la lectura, ni se daba por aludida mi madre, a la suya también, esta de insistir en que merendáramos, por favor, cuanto antes, que se nos iba a juntar merienda y cena. Por supuesto, ni a uno ni a otro se les pasaba por la cabeza sentarse a hacernos los deberes, o a hacerlos con nosotros, visto lo cual, hacíamos lo que podíamos o lo que buenamente Dios nos daba a entender. En cualquier caso, recuerdo excepciones gloriosas, en concreto la de la tarde en que, habiéndome observado mi padre llorosa y desesperada delante de un libro de latín por la obligación ineludible de aprenderme ¡las cinco declinaciones!, obligación impuesta en forma de orden despistada de un pariente gratuito de refuerzo por la proximidad del examen de ingreso y primero de bachiller, a punto de cumplir los diez años yo, dio en exclamar con ese tono inconfundible del que manda: _Dile a Luis de mi parte que nos fuimos a cenar fuera y que las declinaciones se quedan para otro día. Poneos el abrigo que se hace tarde, son las ocho_. Un auténtico irresponsable se pensará, pero recuerdo que ni siquiera Luis se enfadó, y aun, y a saber cómo y por qué, cuando en el examen ‘por libre’ se me preguntó el pretérito imperfecto de indicativo de la voz pasiva del verbo ‘amo’, respondí segurísima con aquello de ‘amabar, amabaris-re, amabatur’, etc., al parecer lo adecuado y propio, así como recuerdo con nitidez que aquella noche a la que me refiero, y muchas otras que me callo, nos fuimos a cenar a un lugar que tenía reservados al aire libre compartimentados que se llamaba ‘Alfredín’, cuyas tortillas de patata y jamón ibérico se conocían en varias leguas a la redonda.

Como madre de niño con deberes, las cosas cambiaron mucho, es verdad. Tanto su padre como yo nos lo rifábamos o pasábamos, a fin de echarle una o ambas manos, ora en matemáticas, ora en lengua castellana, catalana, inglesa, bien en ciencias naturales. Debió de ser la reacción instintiva de uno y otro ante una filosofía muy extendida por entonces, diría que triunfante en la escuela, también pública en este caso, consistente en aquel alegre ‘laissez faire, laissez passer’ que venía causando estragos, sobre todo entre los padres, lo que sin remedio repercute en los hijos. Aún recuerdo una reunión escolar, a la que acudí en calidad de mamá, centrada en qué hacer en clase con nuestros chiquitines, que debían de andar por los seis años, y que, al parecer, a pesar del nivel intelectivo alto del grupo, se resistían a permanecer en ella tal que deseaba la maestra, callados y trabajando como ordenaba. Uno de los padres propuso, con enorme éxito en la consideración de los demás, y tras horas debatiendo, al punto de que quedó aprobada la propuesta en primera instancia, echar mano de ‘refuerzos negativos’, pero, como se me hacía tarde tarde y no se terminaba de especificar la naturaleza de tan negativo refuerzo, me levanté nerviosa para irme, eso sí, dejándoles, a modo de cortés contribución, una sugerencia, la de que se probara a incrustarles astillitas debajo de las uñas a todos y cada uno de los muy irresponsables alumnos, lo que, según supe más tarde, se desconsideró por refuerzo pelín excesivo. No lo entendí entonces, porque a mí, la verdad, ‘refuerzo negativo’ siempre me sonó a algo parecido a lo de las astillas que  propuse, que hay que ver lo que tiene querer huir como del demonio de ciertas expresiones con refuerzo verbal al tiempo, y total para permanecer con terquedad en lo de toda la vida, en este caso, simple y deleznable castigo, castigo grande a poder ser.

Como profesora, excepto quizá durante los primeros cursos, mis alumnos, chicos de sobre doce a dieciséis años -pero aun trabajé con menores y mayores de esas edades-, solían acudir a clase, los más, con los deberes por hacer, algunos con casi uno de los tres, seis o diez ejercicios que les había indicado, aunque recuerdo perfectamente tener que, en lugar de pedirlos a uno de ellos en particular, haberme visto obligada a rogar: ‘A ver, que levante la mano quien haya hecho alguno de los ejercicios’. Como con cierta frecuencia no existía ese mirlo blanco, me quedaban diversas salidas o actitudes frente a la desobediencia y haraganería generales. 1. Enfadarme en extremo. Funcionaba bien porque solían temer esa emoción de su profesora, confieso que impostada, pero con una impecable puesta en escena, en ocasiones, elevando el volumen de voz, tan desagradable que resulta para todos, golpeando la mesa con un libro, incluso lanzando sobre ella con la fuerza de que soy capaz,  y desde el lugar de la pizarra ante la que permanecía, las llaves de las aulas, de manera que, al día siguiente, alguien traía hecha parte de la tarea. 2. Ridiculizarlos. Era muy buena en tan penosa tarea, porque solía conocer su vida mejor que la mía propia, qué pensaban, qué hacían cuando no estaban en clase, sus preocupaciones, afanes y demás, aparte de que hablaba, sigo hablando, su propia jerga casi tan bien como ellos mismos. Funcionaba bastante mejor, así que al día siguiente muchos habían hecho buena parte de los deberes indicados. 3. Forzar en la clase un silencio brutalmente espeso y duradero, roto el cual, seguía mirándolos fijamente mientras les decía: Queridos, sabéis que así no es. Me hago cargo de que muchos no tenéis en casa siquiera un sitio donde trabajar, que estáis preocupados por mamá o por papá, ya que alguno de los dos andará sin trabajo, o andará enfermo, o desaparecido, además de que, cuando discuten entre ellos, gritan y no hay dios que los aguante, os hundís, y no hay manera, ya no de hacer los deberes, sino de vivir, así que os vais a la calle cuantas veces sea preciso. De todas formas, vamos a ver qué podríamos hacer… La cosa de los deberes solía resolverse así en parte a partir de los días siguientes, pero iba a mejor durante casi todo el resto del curso, ya que contábamos con las bibliotecas, la casa del compañero que sí tenía su propio rincón para trabajar, al tiempo que unos padres más civilizados o algo más amorosos, ‘pasar’ de los problemas de los papás cuanto se pudiera y más, cerrarle los ojos a buena parte de la tensión existente en muchos de los hogares, poniéndose, de acuerdo con mi literal indicación, orejeras de burro para seguir caminando. También quedaba hablar la profesora con alguno de sus progenitores, en especial con ellos, los varones, y así me hice experta en papás. Alabar la tarea de quienes la hacían, ni digo cuando bien, disculparla cuando no, exigir, a cambio, lectura y ‘comentario personal’ del poema aquel, cuya métrica se había pedido averiguar en casa sin que hubiera habido ni modo ni manera. En fin … la tira de soluciones que terminaban por funcionar, si no a pleno rendimiento, el suficiente, y eso sí, trabajar caso por caso, pero no solo en cuanto a deberes, sino a actitudes y conductas, la vida de cada uno que siempre conviene considerar así. Desde luego, la enseñanza iba teniendo poco que ver con lo que había sido pocos años atrás en este país, esencialmente por la extensión de la enseñanza obligatoria hasta los dieciséis años, la democratización de la educación, una igualdad que siempre hubo que cumplir a la baja en razón de problemas inherentes a las clases trabajadoras de casi todos los niveles, en especial a los de las más modestas, y no solo en cuanto a recursos materiales, sino sobre todo en razón de que ni los políticos, ni sus políticas, ni al parecer siquiera los ciudadanos de un país europeo, están interesados profunda y seriamente en la educación de los niños. A día de hoy, parece que ni siquiera en Francia.

En la actualidad, mi hijo y mis nietos, siete y dos años y medio respectivamente, a miles de kilómetros, que en este país los Corcuera y los Guindos jamás manifestaron interés por los científicos -‘los experimentos, en casa y con gaseosa’, frase que le inspiró a José Luis Corcuera, electricista y ministro de Interior, Eugenio d’Ors, según cuenta una leyenda internetera, pero no precisamente para aplicarla a la investigación y a este país-, me llega mucho de los deberes del mayorcito, quien acude a una escuela pública alemana del barrio en el que vive, en su clase, codo a codo con niños de diversas edades, condición y nacionalidad, solo dos son alemanes, el resto, cada uno de su padre y de su madre, mismo el mío también la tiene alemana. Pues bien, a tan tierna edad, sabe latín y sabe griego, ya que su padre, rebelde y terco a mis consejos en su momento, se negó, tanto en el Instituto como a mi vera, a aprender lenguas tan prácticas, decidiéndose a estudiarlas hace solo un par de años junto con su propia criatura. De ese trabajo, suele enviarme vídeos, en concreto en el de ayer con el chiquillo sumando y restando, haciendo los deberes de la escuela, pero verbalizándolos en latín con su padre, ya que en alemán decía aburrirse, al menos era lo que me escribía su padre.

¿Ya está? Pues prácticamente. ¿Podría ser, las alturas a las que volamos de la barbarie, que los padres cerraran el pico en lo esencial para dejar que maestros y profesores trabajen en paz con su prole, que bastante tiene tan esforzada gente con la brutalidad que conlleva ser políticos algunos, esa gente que, no obstante parecer de hábito, amén de poco leída, ajena a la educación y a la cultura de un país, dicta planes de estudio a los maestros o les ordena cómo hacer los deberes los alumnos y, de ser preciso, no solo a los maestros, sino a la madre santísima de la República Marianne, en nuestro país, paloma virgen metamorfoseada gaviota, y gaviota carroñera? Digo yo, en lugar de querer rajar al maestro ese papá o esa mamá cuando le parece constatar que se le ha hecho analizar morfosintácticamente un texto vastísimo a su chiquitín, cuando el texto con que el que lo pilló no era sino una traducción del Hallelujah de Cohen que aquel le facilitó, a pesar de que el chiquitín de su alma jurara por lo más sagrado ser la tarea ordenada por el profesor.

Existe en castellano un cultismo de padre y muy señor mío y de origen griego que recoge el drae. No esperábamos menos, no todo ha de ser inglés.

psitacismo.

(Del gr. ψιττακός, papagayo, e -ismo).

1. m. Método de enseñanza basado exclusivamente en el ejercicio de la memoria.

Siempre he relacionado psitacismo con logorrea, que no recoge el drae, pero sí en cambio verborrea -y por supuesto muchas otras -rea, a saber: gonorrea, blenorrea, leucorrea, broncorrea, amenorrea, espermatorrea, diarrea y piorrea, pero que nadie vaya a confundir, no vayamos a liarla con los obispos o con Ruíz-Gallardón-. Pues que, en fin, no imagina nadie a qué punto esta gravísima patología causa estragos entre la población, sea esta francesa o española, de no mediar el individuo que, al convertirse en padre o madre, se convierte al tiempo en pater amantísimo y por lo mismo respetuosísimo con el delicado trabajo de orfebrería de quienes educan a sus hijos, los maestros. Parece ser causado el psitacismo por neuronas de rendimiento bajo sensibles a cantos, no precisamente de sirenas, sino imbuidos por contagio o intoxicación aguda de pensamiento débil y muy contadas y aun nulas lecturas.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s