Los obispos no saben sintaxis

A la puerta del supermercado en el que suelo comprar, y desde hace varios meses, pide limosna una mujer muy joven, rumana, no gitana rumana. Aclaro este punto porque es habitual confundir a los rumanos con los gitanos procedentes de Rumanía, y sin embargo, tanto por orígenes, como por cultura y lengua son distintos y fáciles de diferenciar. Es una muchacha de aspecto agradable, muy seria, pero con una sonrisa que se le escapa en ocasiones y una capacidad empática poco común, al margen de cualquier nacionalidad; así que, el diálogo fluyó fácil desde el primer momento. Supe que había ido a la escuela en su país, que por entonces le gustaban varias disciplinas pero muy en especial la literatura, que sus profesores le proporcionaban con frecuencia pequeños textos para comentar; por ejemplo, un par de versos. Como no hablo rumano, me costó reconocer, así pronunciados con su fonética natal, los nombres de los autores a los que estudió con mayor dedicación, en vista de lo cual, ya en la tercera charla, sacó del bolsillo del abrigo un trocito muy pequeño de papel doblado donde, con letras mayúsculas, cuidadosas y muy claras, pero trazadas por la mano de alguien con escuela, había escrito una relación de nombres. Así, figuraba, cómo no, el del poeta Mihail Eminescu y, a continuación, el nombre de algunos títulos favoritos, los que copio ahora de aquel trocito de papel tal como los escribió, sin presencia de signo diacrítico alguno porque tal vez pensó, y pensó bien, que me sobraban por desconocerlos:  “Luceafarul“, “Ce te legeni, codrule”  y “Scrisori 5″. También el del dramaturgo Ion Luca Caragiale y el de la poetisa Elena Farago, seguidos de otros que desecho en razón de que voy a muy otra cosa, solo pretendía incluir algo más sobre cómo debió de ser esta personita cuando acudía a la escuela.

Tiene cinco hijos, todos del mismo padre, su compañero -al que nombra ‘marido, pero todavía sin papeles’-, también rumano, vendedor de monedas y pequeños objetos curiosos en el rastro de esta ciudad. Dos de ellos, los de más edad, permanecen en su país a cargo de familiares -el mayor va tan bien en matemáticas, que este año acudirá a una olimpíada-, de los otros tres, los gemelos nacieron en España y ya tienen un año y pico. Mientras mendiga, el padre cuida de los tres, incluso el día en que va al rastro -a veces hace mucho frío en esta ciudad, este año en concreto tuvimos temperaturas gélidas-, les da de comer y los cambia cuantas veces es preciso. “Es muy bueno con los niños’, afirma con una sonrisa de orgullo y satisfacción. _Estás gordita, ¿no estarás embarazada de nuevo?  _Nooo… es que al cuerpo, después de los gemelos, le cuesta volver a su sitio.  _¡Menos mal! A ver si ahora ponéis algún cuidado, deberíais evitar un nuevo embarazo, ¿no?  _Bueno, Dios va diciendo cuantos hijos tendremos. _Sí, Dios dirá lo que tú me digas, pero no estaría de más que, por vuestra parte, tomarais alguna precaución… Días más tarde, surgió de nuevo la conversación, pero esa vez a iniciativa suya, debió rumiar lo que le había dicho con la delicadeza de la que fui capaz y quiso dejarme clara su postura respecto al asunto: _Después de los gemelos, hacen ligadura de trompas, ¿sabes?, pero yo no quise, porque hay que tener los hijos que manda Dios… _Ya, entiendo. Pero, ¿estás segura de que Dios va a darles de comer y va a vestirlos, de que los cobijará y cuidará por ti, si os va mal? Se calló tan amable y tan sonriente, que al punto me pregunté a mí misma, tal como suelo en casos como este o muy parecidos, si no debí haberme callado. Después de que me hubiera confiado, mejor, ratificado, su ciega obstinación religiosa, me marché pensando en que dos días atrás me había dicho que ‘estaba tan seria solo porque debían dos meses del piso compartido con otra familia y querían echarlos’.

La última vez, hace unos días, al llegar a casa aún pensando en Mirela, a la que había dejado no hacía ni media hora como tantos otros días, Nancy, la mujer uruguaya que me ayuda en la faena doméstica, me abrió la puerta. De pronto, se me iluminó más aun aquel viejo convencimiento que suelo traducirme como ‘malditas religiones, malditas sectas, cómo puede ser tan distinto el producto cuando no terciaron dogmas y catecismos medievales en la infancia escolar de las personas, de las mujeres en este caso’. Nancy lleva unos siete años en este país, tiene cuarenta y tantos y dos hijos mayores de edad pero que aún estudian, que para eso se vino a España precisamente cuando tuvo muy claro que en su propio país empezaban a ponérseles las cosas muy difíciles para lograrlo. Es una mujer voluminosa, guapa, inteligente y alegre, y esto a pesar de que el paso que dio le costó, además, el compañero de una vida, al que perdió, junto con la mitad del dinero de la venta de su casa en Uruguay, la que le había confiado para ocuparse de los chicos y para cuando pudieran venirse todos a reunirse con ella, en cuanto lograra, ella precisamente, desbrozar el camino, instalarse lo imprescindible. Y lo perdió. Y fue así por el enamoramiento grande, súbito e incontenible con el que casi siempre tropiezan los varones cuando la dieta sexual los confunde y les hace perder la categoría de adultos, esposos y padres responsables, etapa bien asumida ya, por fortuna, etapa superada. Puedo mantener con esta mujer, que militó tanto en su juventud en la clandestinidad, interminables charlas sobre política nacional, internacional, distintas culturas, música o literatura; en realidad, en algunos aspectos y en muchas cuestiones con placer y satisfacción mayores que, entre otros, los más de mis conocidos o  excompañeros, y casi como con alguno de mis amigos. Contarle sobre Mirela es no tener que hablar porque, una vez iniciado el asunto con un comentario o una lamentación, surge la complicidad de quienes viven convencidos del efecto castrador de cualquier religión con el fanatismo que le es propio.

Fue ella, precisamente, y ya hace un par de años, la que me puso al tanto de cómo funcionaba su país, su escuela y su universidad, qué desprestigiada estaba la religión entre la ciudadanía, cómo se educaba y se vivía al margen de la menor influencia. Tanto dijo y aportó a mi muy superficial conocimiento en ese aspecto de Uruguay, que me fui directa a un par de enciclopedias en papel, después a wikipedia por ser más fiable el medio. Bueno, de acuerdo, no, pero me resulta tan simpática y me fío tan poco en ocasiones de los refrendos de las diversas autoridades académicas… Desde luego, al menos respecto a religión y educación, pero venían a decir lo mismo unos y otros. Qué envidia y qué manera de cáerseme la baba mirando a Uruguay, cuánto me gusta el ser humano que es Nancy, la madre que la parió, y de la que tanto me cuenta, el padre que colaboró en aquel embarazo, también militante en la clandestinidad, su forma de gozar Nancy el amor en cualquiera de sus variantes, el sexo, el cocinar para sus hijos y sus amigos cuando el descanso le permite hacerlo, cebar el mate. Su manera de ser, por otra parte, es teutona en lo que respecta a cumplir horarios de vida, de trabajo, de compromisos y de plazos y pagos y ahorros, y también para apacentar su propia angustia cuando los resultados se tuercen algo.

Religión:
http://es.wikipedia.org/wiki/Uruguay#Religi.C3.B3n

Educación:
http://es.wikipedia.org/wiki/Educaci%C3%B3n_en_Uruguay

Todo esto que he contado, y algo más que lo haría interminable, mis convencimientos sobre los dueños de los rebaños de las iglesias, esas jerarquías, se asocia casi siempre inconsciente a tantos pareceres como lecturas, pero muy en especial a un fragmento de Fernando Pessoa del Livro do Desassossego, Pessoa, tan próximo a mi ser y estar en el mundo su lengua y su morriña. O melancolía o murria o añoranza o nostalgia, palabras; la sensación, el sentimiento, el estado de ánimo, tan varios y diversos como ellas y que, sin embargo, los sospecho parecidos o casi idénticos entre quienes tenemos la sensibilidad gallego-portuguesa compartida del Atlántico en la piel y en la punta de la lengua.

Pessoa no escribe en este caso concreto sobre religión, sino sobre ocultismo y sociedades secretas. Y sin embargo, y desde la primera vez que lo leí, hace tanto que ni recuerdo esa vez, pensé en la religión, y además en la que mejor conozco, la católica, feroz en su poder, capacidad y logros en desdichas, y aun tragedias, cosechadas en este país que somos y desde hace ya tanto tiempo, que empieza uno a considerar urgente que entre todos y sin tregua trabajemos esa piedra para deteriorarla con la velocidad del rayo, de hoy para mañana como tarde, haciéndonos arenisca, lluvia torrencial, gota a gota, tormenta y tempestad o mil soles ardiendo.

El texto de Pessoa, en el que no falta la dosis de burla -y de rigurosa exactitud al tiempo-, esa que resulta imprescindible para que lo diabólico que está al acecho de la debilidad que somos no siga engulléndosenos sin fatiga y tiempo tras tiempo, vade retro, Satana, es el que sigue:

“Tive sempre uma repugnância quase física pelas coisas secretas -intrigas, diplomacia, sociedades secretas, ocultismo. Sobretudo me incomodaram sempre estas duas últimas coisas-, a pretensão que têm certos homens, de que, por entendimentos com Deuses ou Mestres ou Demiurgos, sabem -lá entre eles, exclusos todos nós outros – os grandes segredos que são os caboucos do mundo.

Não posso crer que isso seja assim. Posso crer que alguém o julgue assim. Por que não estará essa gente toda doida, ou iludida? Por serem vários? Mas há alucinações colectivas.

O que sobretudo me impressiona, nesses mestres e sabedores do invisível, é que, quando escrevem para nos contar ou sugerir os seus mistérios, escrevem todos mal. Ofende-me o entendimento que um homem seja capaz de dominar o Diabo e não seja capaz de dominar a língua portuguesa. Por que há o comércio com os demónios ser mais fácil que o comércio com a gramática? Quem, através de longos exercícios de atenção e de vontade, consegue, conforme diz, ter visões astrais, por que não pode, com menor dispêndio de uma coisa e de outra, ter a visão da sintaxe? Que há no dogma e ritual da Alta Magia que impeça alguém de escrever, já não digo com clareza, pois pode ser que a obscuridade seja da lei oculta, mas ao menos com elegância e fluidez, pois no próprio abstruso as pode haver? Por que há-de gastar-se toda a energia da alma no estudo da linguagem dos Deuses, e não há-de sobrar um reles bocado com que se estude a cor e o ritmo da linguagem dos homens?

Desconfio dos mestres que o não podem ser primários. São para mim como aqueles poetas estranhos que são incapazes de escrever como os outros. Aceito que sejam estranhos; gostara, porém, que me provassem que o são por superioridade ao normal e não por impotência dele.

Dizem que há grandes matemáticos que erram adições simples; mas aqui a comparação não é com errar, mas com desconhecer. Aceito que um grande matemático some dois e dois para dar cinco: é um acto de distracção, e a todos nós pode suceder. O que não aceito é que não saiba o que é somar, ou como se soma. E é este o caso dos mestres do oculto, na sua formidável maioria.”

Papas, cardenales, primados, patriarcas, rabinos, arzobispos, obispos, presbíteros, diáconos, abades, vicarios, mulás o ulemas incluso, o talibanes que sean, sínodos todos y proclamas ignoran la sintaxis de las lenguas. “Ofende-me o entendimento que um homem seja capaz de dominar o Diabo e não seja capaz de dominar a língua portuguesa” -Me ofende que el entendimiento de un hombre sea capaz de dominar al Diablo y no sea capaz de dominar la lengua portuguesa-.  No hay que confundir la erudición de los escritos de todos ellos, sus citas y referencias, su conocimiento y dominio del latín, del sánscrito y lenguas muertas que atesoren avaros, ya que le han prestado todos ellos “el obsequio pleno de su intelecto y de su voluntad y dando voluntario asentamiento a la revelación hecha por Él”, con la sintaxis, ese pantallazo al cerebro mientras late, y que se traduce, si hay salud, en forma de sujeto, verbo y predicado muy fáciles de entender. Es cierto, no dominan el portugués ni ninguna otra lengua, y en los más de los casos, ni literalmente diciendo y entendiendo yo, sin ir más lejos. Y lo peor, tampoco las hablan, farfullan extraños y secretos subdialectos a extinguir por confusos, desacreditados, chapuceros, falaces, faltos de vida, henchidos de muerte y desnudos de la caridad con la que enmascaran su mutilación, esa que se refleja en su mala sintaxis. Porque son tullidos del amor, amor a lo que está y resulta próximo al ser que somos. Al prójimo, que dicen ellos.

Hace cinco días que Mirela no está en el lugar de costumbre. Tengo que rezar un padrenuestro por ella y los suyos.

 

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