Sombra de la sombra de la sombra de tu sombrero

 

Con la que ha caído y está cayendo, o hay, digo en este país, pero digo, además, en casi toda Europa, a pesar de que dé la sensación, a veces pavorosa, de que todo ese haber queda reflejado a diario en la prensa, digo que de ninguna manera y que en absoluto, que la prensa constituye más bien sombra de la sombra de la sombra de tu sombrero –si no tu cárcel-, pero con muy otra intención que la hermosa de Manolo García en la canción en la que le declaraba la libertad a su amada, único amor fiable. Y digo que no, conocedora además de que la prensa digital es muy distinta cosa a la en papel, que esta tiene virtudes que está lejos de alcanzar la otra. Así, lo que uno lee a las ocho de la mañana, a las diez de la noche permanece en su sitio, el número de noticias, su trascendencia y la opinión sobre ellas, y esto al margen del placer de tocar y oler el papel, del leer lento, en lugar del devorar tragando sin masticar para correr a comerse uno otra cosa con tal de seguir comiendo, viejos hábitos de los que tantos nos desprendemos con desgana, porque, además, no se nos escapan las razones de la sinrazón que están llegando. Y no solo resulta tranquilizadora porque nos regala 24 horas para asumir, o de ninguna manera, la catástrofe que toque, concediéndonos para ello un tiempo humano, sino que nos permite reflexionar mientras leemos y, en ese sentido, no parece pérdida de tiempo, ni ridículo, o sinsentido que no haga tanto que en el bar muchos con conformáramos con el ejemplar de día anterior, el de antier incluso, cuando ‘el de hoy’ se lo había llevado algún cliente o se le había olvidado adquirirlo al dueño. En lo que me concierne, pienso seguir conformándome, si se diera el caso.

Pero, como sea, en papel o digital, la prensa actual no informa, ni siquiera en el habitual sentido de cada línea editorial a la suya, o nos ofrece su opinión sin más. Grita, alarma, refresca o no el estado de una noticia concreta, cuando no la abandona ardiendo para ceder su the end al albur de la imaginación de cada cual e introducir otras, que bueno será para quien sea que, al  substituir antiguas por nuevas catástrofes, sume un total de menos catástrofe gracias al advenido barullo mental y barullo moral. Nos ofusca con sus muchos colorines, sus copiosas ofertas de nadas, más los ‘participa’, ‘deja tu opinión’ -tu opinión si cae dentro de nuestro plan divino- ”vota’ y hazlo eligiendo entre estas dos papeletas, lee ‘nuestros blogs’, paralelos en simpatías y antipatías compartidas y cómplices, culebrea por los lugares de nuestros males de cada día, porque los bienes, como no los hay, no podemos creártelos, lector, pero espabila, sé ágil, twittea, facebookea y eskupea, con o sin curators que haya; esto y más, que enumerar a quien bien conoce el medio resultaría un fastidio en extremo. Nada de eso es prensa, periodismo, es una tormenta en el desierto con rayos y truenos, después de que la arena nos ha abrasado y cegado los ojos, confundido o arrancado el sentido de la orientación. Hay tantas, tantas noticias, mire usted, que no tenemos noticia que darle.

Así como lo he resumido de breve y de incompleto, con los desaciertos que se me digan, lo percibo y lo perciben muchos, y desde hace tiempo. Por otra parte, estoy convencida de que, si al ciudadano de educación media alta, se le pidiera que nombrara el periódico de mayor calidad de este país, diría sin dudar que precisamente El País, y aun llegando a sostener que se trata de un diario serio, progresista y tan veraz como se puede serlo, porque la veracidad sin más adenda parece antigualla y que así lo hemos asumido todos, jueces incluidos o muy en especial. Así que he leído dos artículos de ese periódico escritos hace varios días, pero que, sin embargo, siguen ahí, en El País digital. Uno y otro carecen de la trascendencia que se le da habitualmente a cuanto nos obliga a vivir con el alma en vilo, son comentarios a posteriori de situaciones y hechos que han reposado y que el periódico sigue manteniendo en reposo; son opinión, opinión muy marcada. Pero este es un blog también muy tranquilo de escribir y de leer sin más duelos y quebrantos que no sean los manchegos con su huevo revuelto, su chorizo y su tocinito, masticando despacio, como mandaba mamá. Uno de ellos en especial, el de Alberola, subdelegado de El País en la Comunidad Valenciana -que no País Valenciano para empezar a centrar el asunto-, es trivial, chiquitín, como a escala, todo él fallero porque en fallas andamos, pero ya vislumbramos su final, aunque el lector siga manteniendo las distancias y manteniéndose a distancia, a salvo del estrépito y la salvajada que es capaz de sumar un pueblo cuando se divierte a lo grande.

Miquel Alberola, salvado por la q -digo, salvado de España, estamos en la Comunidad-, escribe el pasado día 16 en el blog “Suma y sigue” sobre la orgía fallera con el titular ‘Atrapado en fallas’, y dice: “No soy un entusiasta de las Fallas, aunque tampoco un detractor”. Con todas sus letras, confiesa haberse acostumbrado a la catástrofe, y duda entre que haya sido así porque las bandas de música la hacen más soportable, -no dice que son charangas de ritmos militares hoy mismo interpretando más de una vez el himno nacional español y Paquito, el chocolatero, que tanto monta-, o porque la capacidad de adaptación ha salvado al hombre de la extinción, aunque no le encuentro doble explicación a su costumbre que, con franqueza, me parece solo una: salvado por el desfilar eterno de marcar el paso la charanga militar. Luego, afirma rotundo: “Todo lo que me disgusta de las Fallas lo he visto en otras fiestas, por lo que, pese a su especificidad, nada de lo que se les imputa es privativo de ellas.” Este viene a ser, en realidad, el meollo o medula de la cuestión. O Alberola ha estado en escasísimas fiestas populares, o miente, porque, enunciados por él mismo los contras, la mugre del suelo, los ríos de orina -formando charcos o corriendo calle abajo, añado-, los artificieros sin piedad, despiadados, pues, los pirómanos, el imperio del descontrol, el vandalismo, la basura, el hedor, el agobio y el ruido exponencial, parece haber visto las otras fiestas de esta nación desde la perspectiva única de sus fallas, ese error o esa catástrofe. Termina haciendo una tibia llamada de atención en pro de alguna civilización, la que no aplica este Consistorio. Un final conformista, de dejar estar, de qué caray, se trata de las fiestas de mi pueblo: “Detesto el uso político de las Fallas por parte del poder o las imposturas de la oposición, los discursos encendidos a favor y en contra. Prefiero València sin Fallas, pero así la encontré y lo más probable es que así la acabaré dejando”. Ajá,  that’s the question, amigo Alberola, ese conformismo y esa sumisión para con lo bárbaro, que si nos lo robaron todo los gansters de estas pelis, a qué vamos a quejarnos por solo unas fiestas sonrojantes y bárbaras, las fallas una vez al año no hacen daño.

Modestamente, creo que, salvado el estilo -no soy periodista ni escritora-, el amigo Alberola podría haber escrito al modo de las docenas de cartas y de correos que durante años escribí a amigos, y aun a mí misma como sanación, hemos escrito muchos, tanto cuanto nos exigió la estancia en esta cárcel de pólvora y de brutalidad. Por ejemplo:  Espectáculo medieval con cuanto le es propio, la pólvora que vino a añadirse con sus mutilaciones y sus quemaduras como accidentes inevitables, siempre ocultados, silenciados, tanto como las personas que sufrieron un infarto y a las cuales jamás llegó la ambulancia, o llegó tan tarde al domicilio o al hospital, qué le vamos a hacer, es que estamos en fallas y las calles, cortadas, las enormes carpas, algunas dobles, toman toda una plaza durante días a modo de trampa o encerrona mortal. Multitudes por desasnar yendo a donde todos van, estruendo, mugre y pringue de todo tipo, fritanga, hurtos, lágrimas que hace brotar la ignorancia, la superstición, cuando no la idiocia sin más; la iglesia, a lo suyo, el PP, a lo suyo, todos a lo nuestro. Qué coherente resulta que en esta ciudad haya ganado el Partido Popular a pesar del delito. ¡Y más que hubiera, mi señor, que nosotros apenas leemos y, aun leyendo, no nos enteramos! A las seis de la mañana, a las siete, buena parte de la población festera aún deambulaba hoy ebria de tanto bien por calles repletas de basura, de restos de petardos y de cordaes, de latas de bebidas, botellas, plásticos, platos de cartón con sobras de arroz por doquier, pero habrá que sumarle más pólvora, que no pare la fiesta, que se sepa que por aquí andamos nosotros, ellas y ellos jugando con el claxon a ver quién alarma más a los vecinos de cada cual -por unos días, soy el dueño de la calle, soy Iribarne-, gritándose histéricamente, discutiendo y caracoleano sus nadas. A las siete y media, ocho, tras toda una noche en blanco de una ciudadania que, escasa, aun hay, pero que no pudo huir despavorida como en años anteriores, la despertà -¡despierta, València!-, unos veinte minutos, media hora, ‘dura lo que dura, ¿saps?’, media hora, pero para todos, falleros y no, petardo tras petardo de los de despertar, estrellados uno tras otro y por cada uno de los que forman el grupo oferente de casi uno por casal fallero, seis, ocho, diez o más falleritos. Si este no es uno de los pueblos más bárbaros que existen, que se aporten argumentos y datos, no tradiciones. Mañana será nuestro día, digo mañana, martes, porque el mañana pinta cada vez peor para todos y, aparte, qué hacer con aquellos que rehuyeron la escuela y la educación en profundidad para caminar en otra dirección y que no sea de la mano del PP y de los obispos. Esa es la cuestión, y el PP, la Iglesia y la bolsa, así con minúscula por que abarque más, lo saben. Ah, y viva la Pepa, la que le dio el espaldarazo a esta secta por antonomasia: “Nuestra sagrada religión ha de ser no solamente la dominante en España, sino también la única que ha de observarse en todos los dominios de la monarquía.”

El delegado de El País en la Comunidad, Josep Torrent, por su parte, este salvado de España por el Pep, el Josep, en el pertinente blog, “La plaza redonda”, de ninguna manera más de lo mismo, sino sobre los valencianos atrapados por el voto, pero en el titular están presentes las fallas: “Oferentes, frívolos y sectarios”, 16 de marzo también. Pep Torrent, o sea en Josep, aprovecha el perofrenar para ir algo más lejos, no a lo político, solo a la política del PP, ambiciosillo que es el señor delegado de El País : “Aquí estamos, hemos vuelto perofrenar; aunque, en realidad, nunca nos habíamos ido. Los valencianos somos así, gentes de rancias costumbres que gustamos de quejarnos de Madrid, siempre que en Madrid no mande la derecha, claro. Madrid, ya se sabe, es una elipsis de España. Pero de España nadie se lamenta en esta tierra porque –ya lo dice el primer verso del himno de la Comunidad Valenciana- aquí estamos perofrenar, y porque, además, como sistemáticamente constata el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), a ser más españoles que nadie no nos gana ni Murcia, por un decir. Así que nos lamentamos de Madrid.”  Perofrenar. ‘Per ofrenar’ son las dos primeras palabras del estribillo del himno oficial valenciano, que dice así: Per ofrenar noves glòries a Espanya/ tots a una veu, germans, vingau./ ¡Ja en el taller i en el camp remoregen/ càntics d’amor, himnes de pau!  Es decir: Para ofrendar nuevas glorias a España/ todos a la vez, hermanos, venid/ ¡Ya en el taller y en el campo resuenan/ cantos de amor, himnos de paz!

Me digo que qué más se podría pedir como disección sintetizada de ‘lo valenciano’, en especial por la acertadísima ironía, a excepción de la que dejó hecha el autor de “Nosaltres, els valencians”, el ensayo del muy lúcido Joan Fuster, publicado ya hace 50 años y sin que la mayor parte de la valencianía, o de los valencianos sin más, sepa del libro, pero ni el nombre, y quienes el nombre, o les ha llegado como carga escolar con sus dos renglones, o han querido leerlo pero se les atragantó a escasas páginas del intento. Así que vuelvo a El País, a su delegado en la Comunidad, a en Josep Torrent. La ironía es un arma, la palabra lo es, aunque anden de capa caída los cantores y sus públicos, pero es la ironía de Torrent todo su equipaje. El delegado de El País en la Comunidad pensará probablemente respecto al País Valenciano lo que Miquel Alberola respecto a València en fallas: “Así lo encontré y lo más probable es que así lo acabaré dejando”; soy un periodista de El País. Quiero suponer por lo leído que así será. Es decir, esta es la nueva situación, ciudadanos, las urnas los han puesto de nuevo en el poder y, automáticamente, tal que siempre dijeron los políticos del PP, todos admitimos que son no culpables, salvados por las urnas, pues. Lo que hubo, aquella sucesión de escándalos de absoluta corrupción, el habernos vaciado la casa y aun haberla hipotecado para las próximas décadas, una sentencia exculpando a uno de los más enlodados capos del poder, todo lo asume Alberto Fabra, como al parecer asumieron los jueces, porque los señoritos pueden, y aun deben, poseer los bienes de todos, incluida la escuela, el hospital, los fármacos, los servicios públicos en general, pero no solo, sino a las propias personas, profesores y maestros, médicos y enfermeros, policías y bomberos y a todo el resto, a aquellos que serán privados de sus servicios. Lo asume El País, lo asume en su nombre Torrent.

¿Qué adjetivo conviene a los que todo lo asumen con tal de que su vida no cambie y aun mejore si es posible, Mare de Déu, con tal de poder seguir disfrutando los privilegios, los que obtuvieron, aunque por vía otra, bien distinta a la de los maestros, los médicos, los bomberos? Servidora lo sabe desde que se hizo adulta, la prensa seria y responsable, El País, los jueces y tantos otros, no. Falleros a lo suyo, la prensa en general, El País, mecen cómplices, junto con tantos y tanto que hubo y que hay, a una ciudadanía ya de por sí dormida. Allanemos el camino a lo que sea que venga, que los nombres y los adjetivos ya los pondrán, como siempre fue, generaciones venideras de otros hombres, caso de que ‘hombre’ conviniera aún para denominar a esos seres que han de venir y que le pondrán nombre a algunos de los horrores pasados, los que los habrán engendrado a ellos mismos.

 

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