Querrían que Pasionaria fuera la Dolores de la copla

 

No creo en la casualidad. Siempre que reflexiono sobre un asunto que se ha puesto de moda de repente y exploro buscando el manantial do mana la razón o explicación del mismo, siempre encuentro, si no toda la razón, buena parte; al menos, una buena explicación.

Leí hace un par de días en El País un artículo de Santos Juliá Díaz, «Cuando Dolores era ‘nuestro secretario general’», nuevo exégeta que se venía a sumar a tantos otros cobijados por ese periódico con motivo del informe del académico Ignacio Bosque Muñoz: “Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer”. Mientras lo iba leyendo, algo con lo que estoy muy familiarizada -por todo mío como reacción- se puso en funcionamiento. Podría llamarse nerviosismo, contrariedad, desazón o chivatito de aviso. Pero, ¿por qué, gran Dios, me decía, si por fortuna este señor viene a decir casi o más o menos lo que me decía yo misma hace unos días, y aun tecleé en el texto “No te veo, mujer”, es decir, que la lengua cambia en la medida en que cambia la realidad de lo por ella mentado, nunca al revés? Pues que no, que no había manera de convencerme. Así que lo leí de nuevo concentrándome como una niña buena y buscando motivos para la disconformidad, si es que los había.

Para empezar, anoté mentalmente que no me gustaba que un señor nacido en Ferrol del Caudillo -soy gallega y me consta que Ferrol fue mucho Ferrol- de padre militar del bando nacional y que, encima y además, según tengo entendido, fue cura, hubiera tomado a Pasionaria a modo de ejemplo para dejar claro lo que bien sé y acabo de verbalizar, que la lengua no cambia la tozuda realidad, que es esta la que cambia la lengua. ¡Ay pero y sin embargo! Porque, en muy segundo plano, más bien al fondo, había otra mujer, Mª Dolores Cospedal, rebautizada por ella misma como Mª Dolores de Cospedal. En fin, ocurre que estas dos Dolores, una de ellas, “Secretario General” en su día, la otra, gozosamente en el de hoy, “Secretaria General”, le vienen bien a Santos Juliá para probarnos que, en efecto, la lengua cambió allí donde el cargo de la una y de la otra pasó de excepcional a extraordinario. Pero no vaya a lanzar las campanas al vuelo el señor Bosque pretendiéndolo habitual: en este caso, la rareza en tiempos de Pasionaria de que una mujer lo fuera, secretaria general de un partido político, frente a la rareza disminuida de que hoy lo sea otra. Puesta a contarlo todo tal que pasó por mi mente femenina, confieso que me desagradó en extremo, no el que ambas contaran con el denominador común de llamarse Dolores, tampoco el hecho de ver al PP sentadito en el mismo pupitre que el PC, pelillos a la mar, sino el hecho de que, así representada la mujer por el articulista para probarnos su progreso en lo que concierne a igualdad, lo juzgara servidora tan poco pertinente. Como si tuviera la extraña sensación de que, limitada a esos dos simbólicos ejemplos, más me pareciera haber retrocedido que avanzado la mujer, aunque no ignoro que esta es una valoración subjetiva e inferida a partir de convicciones muy personales acerca de la capacidad intelectual, lingüística, ética y hasta estética de la una y de la otra, Pasionaria y Cospedal. En todo caso, me reñí, hasta me elevé la voz como no suelo: el ejemplo está bien muy traído, mujer, ve que Pasionaria era solo ‘secretario’ y Cospedal, ‘secretaria’, el que a ti te parezca menos persona esta que aquella qué tendrá que ver, tramposa, con el camino hecho hacia la igualdad de la mujer y su reflejo en la lengua.

Sin embargo, de pronto, me asaltó un recuerdo y con él una sospecha tremenda. Pilar Primo de Rivera, de la misma generación que Pasionaria, que en 1934 organizó la Sección Femenina, ¿no fue “Delegada Nacional” de la misma durante más de cuarenta años? ¿No fue asimismo “Procuradora en Cortes” de todas las legislaturas del celebérrimo y nunca bastante loado Régimen o Era Franquista hasta que murió -dicen- de la muerte natural de la que morimos los más, del susto de sabernos viejos, su creador, el ferrolano Franco? ¿No fue incluso “Consejera del Movimiento” -en realidad nos movíamos poquito, pero así es la lengua impuesta-, por designación directa del propio dictador? ¡Y es que eran ‘mucho hombre’ aquellas mujeres de Falange y de la Sección Femenina, acostumbraba a decir mi madre! Porque, si mal no recuerdo, incluso fue “Presidenta” de la Asociación de “Veteranas” de dicha Sección Femenina desde 1977 y hasta su muerte, Nueva Andadura, que se llamó el inventito, la que sigue andando Cospedal y tantas otras y otros. Que me diga Santos Juliá que, cada una a su manera, se preocuparon por ellas mismas y además por todas las féminas, la una y la otra, doña Dolores Ibárruri Gómez y doña Pilar Primo de Rivera, aunque muy otra cuestión fuera que puntualizáramos que aquella, para liberarlas del cetro y el peso muerto del varón, y esta, para ahondar en su sometimiento cuanto pudo y más.

Pero llegó lo peor. Una frase vulgar atribuida a quienes quiero ignorar, camaradas comunistas de Pasionaria, no tan leales camaradas, pero qué duda cabe, machotes en aquello de despreciar lo que envidiaban y les jodía, una frase que la nombraba en la intimidad, poniendo así a su “Secretario General” en su sitio de toda la vida, y que se me plantaba ahora entre el artículo de Juliá y mi fe en el autor: “Vieja puta”. Indaguen, es vox populi. Es decir, ¿habría mala fe en aquel impropio ‘secretario’, justo referido a su, vaya por Dios, secretaria general? ¿Carece el ruso de distinción de género en substantivos y adjetivos, es decir, fue mal interpretado y peor traducido el nombre que designaba el cargo? Me temo que la gramática rusa también distingue. ¿Burla? ¿Machismo comunista en estado puro, tan similar al de los fascistas, y no solo, a poco que se haya tratado con unos y con otros? Chi lo sa… Aunque Vázquez Montalban dejó escrito un ensayo, “Pasionaria y los siete enanitos”, Planeta, 1995, por si Santos Juliá quiere hallar reflejo en alguno de ellos. Fueron muchos los que se buscaron y algunos los que se reconocieron:  “¡Oooh, es una niña!” ¡Blancanieves!

En todo caso, Juliá, esta mujer que soy no se fía en exceso de usted. ¿Sabe por qué? La enumeración es fastidiosamente larga. Por ferrolano de nacimiento en el peor Ferrol, por excura, por hijo de militar rebelde con el régimen que los ciudadanos españoles se habían otorgado, el legalmente reconocido, la II República; porque llama español al castellano, y ello porque, como de tantas otras cosas, algunos se apropiaron de la lengua de todos para someter a las demás, lenguas asimismo españolas, quizá para poder verlas tan humilladas como quiso Pilar Primo de Rivera con las mujeres, tan distintas a sus iguales, las de sus querencias, las que militaban y estaban a otra altura, la suya. Y porque usted, pese a los mentís, ha colaborado con quienes pretenden que en nuestra Guerra Civil se mató tanto en un bando como el otro, aunque en ese sentido nada tengo que añadir porque nada menos que Vicenç Navarro, en un artículo publicado hace dos años escasos en el diario El Plural, lo deja dicho, y lo deja dicho a su manera habitual, clara, alta y definitiva. Repáselo, si no, el lector curioso, no tiene pérdida: «La oposición de Santos Juliá a la ley de la Memoria Histórica»

Al dramaturgo y político Martínez de la Rosa, granadino, sus enemigos, tanto coetáneos como otros que llegaron después, incluido un catedrático chistoso que tuve en la Facultad de Lenguas Románicas de la Universidad de Oviedo -allá cuando los maestros Alarcos Llorach y José Luis Pensado- de cuyo nombre privaré al lector curioso, era un mindundi, lo llamaban Rosita la Pastelera por experto en componendas y transacciones, virtudes de enorme actualidad, las que jamás adornan a quienes no pastelean, verbi gratia, los bien nacidos, y por más valor práctico que se les encuentre a aquellos, precio que se les pague y laureles que les caigan en la cabeza por escribir sobre la lengua y la igualdad que las mujeres van logrando, sobre la guerra, sobre la paz, sobre la pobreza y la riqueza… En suma, sobre cuanto bien venga al mercado.

 

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