La jueza y el capo. Dúo Main Tenant

No voy a referirme al Circ du Soleil, ni a ningún otro, tampoco a la capacidad artística de estos dos gimnastas, Nicolas Besnard y Ludivine Furnon, sino al espectáculo particular que acaba de regalarme, no sé si este vídeo, o mi imaginación disfrutando del inaudito silencio de un domingo fallero. El vídeo terminará cayéndose o prohibiéndose mañana o la semana que viene, me ha dicho hace un instante uno de mis ex alumnos, el más pesimista. Le he respondido que no me importa, que los más interesados podrán imaginarlo, como yo hago con las historias que me cuentan.

http://www.youtube.com/watch_popup?v=cWIhXzZT8dE&vq=largeS

La mayoría de nosotros goza con la perfección y la armonía de estas danzas acrobáticas. Desde luego, yo, si me dejo llevar por la magia que alcanza casi siempre al espectador ingenuo. A otros más capaces, ni siquiera estando sumergidos por completo en el espectáculo, se les escapa que él, Nicolas, constituye la fuerza -me gustaría poder decir la fuerza bruta-, resiste y soporta el peso de la compañera, Ludivine, como ocurre siempre con estos dúos gimnásticos, y en otros, y también en tantos terrenos, asuntos y circunstancias fáciles de imaginar o de fantasear.

Pero todo el resto del trabajo corre por cuenta de ella: la capacidad plástica, la armonía, una complicidad establecida con su pareja pero que va mucho más allá de la indispensable complicidad gimnástica, y en la que, en realidad, él no colabora. Es la complicidad de uno consigo mismo, pero madurada y trabajada hasta el logro de que llegue a manifestarse con una apariencia de complicidad real entre ambos, más el añadido del erotismo, la dulzura, la gracia, la sorpresa, cada instante. Si despertamos del embeleso, deja de verse así, dos colaborando en sutil complicidad; no hay sino permanecer solo atentos a la actuación del bailarín, prescindiendo de la de su partner; poco fino en los movimientos, torpe en ocasiones, falto de cuanto le sobra a ella, pura fuerza, nada más y nada menos. Se podrá argüir que es lo razonable, que su labor consiste en eso, a lo que podría contraargumentarse que el de ella bastara, al recrearnos con la gimnasia de sus torsiones y de sus escorzos, sumando la gracia de su cuerpo de mujer. Pero ella pone en cada movimiento, o en cada inmovilidad, un plus de valor añadido. Y sin ese plus, el espectáculo podría ser excelente, pero no sería este espectáculo concreto.

Voy a tomarlo, además, como alegoría, quizá no tan enteramente adecuada y rigurosa como le habría gustado al lector, a mí, pero con todo lo utilizo para un asunto que me mantuvo fascinada a modo de cuento al ir leyéndolo en la prensa y en cuanto se puede en internet, y con una capacidad de fantasía infantil. Dos personajes bailando, una mujer y un hombre, ella representa la justicia, él, el mundo de la delincuencia. Había terminado de leer el cuentito antes de ver esta danza, gracias a un artículo de El País firmado por Javier Martín-Alonso Camacho, pero hoy lo disfruté en youtube, `mi cuento` hecho plasticidad. Me parecía estar viendo danzar a la jueza Alaya y a Javier Guerrero, quien, por fortuna, duerme en prisión. Durante todo el rato, Javier Guerrero y Mercedes Alaya fueron mi particular pareja de bailarines, él con su fuerza, ella con su trabajo, y  también con un plus de valor añadido, tanto en lo que concierne a táctica y estrategia como a desenlace.

La prensa de derechas algo civilizada, en la medida en que puede aplicarse civilizada a la derecha patria, venía manifestándose embobada con esta jueza de cuarenta y tantos años, su capacidad de trabajo y su seriedad, pero en especial con sus atributos de mujer y aspectos más personales, que si guapa, que si elegante, que si severa, que si su mirada seduce y fascina, que si cuatro hijos, que si son contadas sus relaciones sociales y de amistad, que si apenas sonríe, y menos, ríe. Otra prensa más de izquierdas, poca y desaliñada en la expresión, pero más digna y veraz, pasa por encima de sus atributos femeninos y personales para ceñirse a su actuación profesional y a los juicios que le merece a sus colegas y a la gente relacionada con el mundo de la justicia; también a la pertinencia, o falta de ella, al dictar sentencia en este justo momento electoral andaluz y haciendo otras observaciones de índole similar que me interesan mucho y siempre, no ahora.

F. Javier Guerrero, ex director general de Trabajo de la Junta de Andalucía, encarna ese mundo de pícaros por todo lo alto, de maleantes, de capos que conforman las redes ladronas y mafiosas que andan en los gobiernos con una frecuencia que pasma, y con cotas de no creer en el caso del PP, pero que en otros ocasionales y concretos alcanzan a todos los partidos, al PSOE en este. Simpático, afable, chulo, borracho, putero, sus propios correligionarios lo han dicho, que no todos son Blascos y Cotinos  -“¿Usted cree que una persona de la capacidad intelectual que yo tengo puede ser cocainómano y alcohólico?”, dirigido a la jueza Alaya-, pero también exhibicionista cocainómano -“Cuando salíamos por las tardes, yo pedía un gin-tonic, el chófer una coca… coooola”-, dispensador infatigable de lo que se terciara, aun de piropos a las mujeres, esa tradición torera que algún día juzgaremos tan salvaje como otras, benefactor de todos, amigos, colegas, familia, incluida la política, vecinos, chófer, criados, empresas de cualquier pobrecillo en general, puede que incluso de enemigos simpatizantes de otros partidos caídos en desgracia laboral. No sabía decir que no el pobre, vivía derramando lluvias benéficas sobre todo dios y a cuenta de todos los andaluces, millones de euros de fondos públicos. Algo como el PP del País Valenciano, y no solo el valenciano, pero cómo decirlo, con más salero andaluz, menos ascesis y dolor sobrellevado al estilo Camps. Y sobre todo, y muy en especial y por fortuna, con muy otro desenlace. Condena y cárcel

¿Qué o quién me inspiró para que viera mi propio cuento mientras observaba a los gimnastas? Un artículo en el diario El País de Javier Martín-Alonso Camacho, cuyo particular mirada y sarcasmo se derrama ya en el titulo: “Un golfo tierno”.  Tres párrafos en especial hicieron mis delicias:

“Desde el primer instante, Alaya había dejado hablar a Guerrero para que tomara confianza en su asiento de acusado. En los recesos, ambos compartieron animadas charlas y hasta risas ante la estupefacción de los presentes. El inculpado no dejó una sola pregunta sin contestar. Locuaz, divirtió a una sala pendiente de la eterna lista de delitos que implicaban sus aseveraciones”.

“La juez hizo el esfuerzo inverso a Guerrero. Durante los primeros días, aparcó su carácter incisivo y controvertido e hizo gala de una cortesía extrema con el acusado. También con los letrados, a pesar de que las tensiones son habituales en su juzgado, y no solo a través de escritos. Todo eran buenas palabras y la corrección fue extrema.”

“Hasta la escena final, en la que con 20 letrados expectantes, la juez, vestida de blanco de pies a cabeza, le dio el auto de prisión al secretario judicial y este al abogado de Guerrero. Por unos instantes, nadie le habló a Guerrero, que ya había entendido que saldría esposado. La juez presenció impertérrita la breve escena y no pronunció palabra (…). Entonces ella abandonó la sala sin haberle mirado durante esos escasos minutos. Se acabó la química.” La química entre el chulo incapaz de decir que no a nadie y la juez, una complicidad que duró el tiempo de la danza, interpretada por un juez, no, por una jueza. El plus añadido.

 

 

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Un comentario en “La jueza y el capo. Dúo Main Tenant

  1. ¡Qué capacidad descriptiva! ¡Que perfección en el lenguaje! Que manera tan sutil e inteligente de ir de la descripción de una danza a la descripción de lo más miserable de esta sociedad, la corrupción. Y que imparcialidad y buen tono, junto con un elegante feminismo, seño. Me quito el sombrero, bueno, en mi caso, siendo marela como soy, me quito los cuernos en gesto de respeto y admiración.

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